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SEGUNDA LECCIÓN:

LOS HOMBRES ROMPEN CON DIOS

 

I. INTRODUCCIÓN

Es muy provechoso comenzar el estudio de la Escritura pidiendo el auxilio de Dios mediante la oración. Al rezar un salmo, por ejemplo, sintonizamos con los sentimientos del pueblo que recibió la revelación divina. Mediante los salmos, el antiguo Pueblo de Dios alababa a su Creador, le suplicaba favores y le daba gracias. Los salmos son oraciones que quedaron plasmadas en la Escritura para que nosotros las aprovechemos.
Busquemos en nuestra Biblia el Salmo 101, cuya temática concuerda con el tema de la lección que estudiaremos a continuación. Es necesario aprender a hacer un alto en nuestra vida para poner nuestra conciencia delante de Dios, pidiéndole que nos haga entender la gravedad de nuestras faltas y que nos dé fuerzas para luchar contra todo lo que pueda apartarnos de Él.
Después de rezar el bello Salmo 101, hagamos esta oración: «Te pido, Señor, que me concedas la humildad para reconocer siempre la infinita misericordia que tienes para conmigo, pecador (a). Hazme fuerte para luchar contra lo malo, tomando tu Palabra como medio para nunca apartarme de Ti» (Ave María y Gloria).

 

I. EL PECADO ORIGINAL Y SUS CONSECUENCIAS

A continuación reflexionaremos en el tema del pecado. ¿Qué es el pecado? ¿Cómo tuvo su origen? ¿Cómo fue que se rompió el plan que Dios tenía para hacer feliz al hombre? ¿Cuáles son las consecuencias que el pecado deja en nosotros? Descubriremos también que, al mismo tiempo que el hombre reflexiona sobre el pecado, se descubre la infinita misericordia que Dios tiene para quienes lo cometen, a pesar de su obstinación en el mal.

Gn 3, 8 Entre Dios y sus hijos, Adán y Eva, había una relación tan íntima y amistosa que éstos podían mirarlo «cara a cara», pues no había nada que se interpusiera entre ellos y su Creador. «Dios platicaba con el hombre todos los días a la hora de la brisa de la tarde». Pero, ¿qué sucedió después?

Gen 3, 8-10 Una de aquellas tardes en las que Dios bajaba a platicar con su criatura predilecta, ésta ya no se encontraba. El jardín estaba solitario y triste. Dios hizo oír su voz llamando a Adán, y él no contestaba porque tenía miedo y estaba escondido. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué de pronto una relación tan limpia y amistosa se había roto?
adan y evaRecordemos que Dios había creado al hombre a su imagen y semejanza, es decir, le había participado su inteligencia y libertad para que con ellas eligiera, si así lo quería, el amor de su Creador. Dios no quería al hombre como un esclavo o un juguete, sino que lo amaba y lo respetaba, y quiso que colaborara con Él en el trabajo de la creación. Dios no dio el habla a las piedras, sino al hombre, es decir que le dio la capacidad de relacionarse con Dios y con sus semejantes.
¿Se necesitan más pruebas para demostrar que Dios ama al hombre? Por supuesto que las hay, pero son suficientes las que se han mencionado para demostrar que Dios no quiere nuestra infelicidad; al contrario: ya en el principio el hombre compartía la felicidad de Dios.
Los problemas comenzaron cuando el hombre tuvo que reconocerse limitado: su soberbia no se lo permitió. El Maligno lo engañó haciéndole creer que su grandeza no tenía límites, y que el mentiroso era Dios. El hombre se olvidó de su condición de criatura y de que sólo a Dios, que es el Creador, le están sometidas las leyes; que sólo Él es la absoluta Libertad.
El «árbol de la ciencia del bien y del mal» significa nuestra libertad. Aunque es grande –pues el hombre es el único ser que escapa al determinismo de la naturaleza–, tiene límites, los cuales debemos reconocer y respetar. De otro modo, nos atribuimos el papel que sólo le corresponde a Dios. Ésa fue la falta de Adán: al «comer del árbol prohibido» abusó de su libertad, arrogándose una grandeza que no tenía de por sí, sino que le había sido dada por Dios, a quien desafió con este acto.
Así pues, pecar es romper nuestra relación con Dios en un abuso de libertad, y éste es también el origen del mal moral que hay en el mundo. El pecado tiene muchas consecuencias nefastas. Una de ellas es hacerse una imagen falsa Dios, verlo como un Dios vengativo, castigador, opresor... Todos los ateos teóricos han desgastado su vida en una lucha contra algo que no es Dios. A Él, ni lo conocen.
Otra de las consecuencias de romper la amistad con Dios es verlo con un terrible miedo y vivir –absurdamente– «escondiéndose» de Él: muchos, por no conocer la palabra de Dios, consideran que sus pecados son tan graves que ya no alcanzan su perdón. Ignoran que Dios es… ¡misericordioso!

Gen 3, 11-12 Otra consecuencia del pecado es la división que causa entre los hombres. Esto lo encontramos en un hecho significativo: Adán y Eva se amaban y respetaban antes de caer en el pecado, y después de él, Adán no reconoce su culpa, sino que se la da a Eva y la repudia. Fácilmente podemos descubrir en nuestra propia experiencia personal que nos comportamos como Adán: ¡no nos gusta reconocer nuestros pecados! ¡Eso es cosa que nos molesta y nos humilla! Antes bien, buscamos culpables a nuestro alrededor, y perdemos el amor por ellos.  Muchos sacerdotes consideran que lo que dice un penitente en confesión no son los pecados propios, sino ajenos.
Adán y Eva, más que ser personajes históricos, son para nosotros la representación de una humanidad que se desvió de los planes de Dios, con lo cual sembró en su seno la división. Todo pecado que una persona comete, por pequeño que sea, tiene una repercusión social.

Gen 3, 4- 5 Hemos dicho que el pecado es un abuso de la libertad que Dios nos ha dado, y que tuvo su origen en atender al engaño del Maligno, representado por la serpiente.
El Demonio es una criatura envidiosa de la felicidad del hombre, que quiere inyectarle su odio mortal y su amargura. Es Apocalipsis lo llama «el Acusador», que al verse privado de la luz, instiga y engaña al hombre a revelarse contra Dios para que él tampoco la alcance.
Por eso el Demonio presentó al hombre la posibilidad de «liberarse», haciéndole creer que podía poseer los atributos de Dios y ser igual a Él. El primer pecado del hombre consistió en creer tales cosas, y dudar de lo que le había dicho Dios. En adelante, todo pecado tiene como base la desobediencia a Dios y la falta de confianza en Él. En esto consiste la soberbia, que nos hace preferirnos a nosotros mismos en lugar de Dios; despreciamos a Dios olvidando que somos criaturas necesitadas de ayuda para conseguir nuestro propio bien.

Gen 3, 6 Este versículo nos narra cómo se consumó el pecado. La raíz del mal está en irse apartando de Dios poco a poco. El pecado que cometieron Adán y Eva no fue haber tenido una relación sexual, como muchos piensan –pues con anterioridad Dios había bendecido la unión de la pareja: «Sean fecundos y multiplíquense» (Gn 1, 28) –; más bien, el pecado fue la soberbia. Rechazar a Dios es la actitud con la que el hombre quiere independizarse porque siente que Dios le estorba para ser feliz: «El soberbio es el que en la práctica dice al Señor: ¡Quítate, porque yo solo puedo hacerlo!»  Y es que cada vez que el hombre comete un pecado, le dice a Dios: ¡Me estorbas! ¡Yo quiero ser y Tú no me dejas ser! Debemos comprender a estas alturas que el pecado va más allá de un simple quebrantamiento de la ley de Dios; es, sobre todo, no querer considerar a Dios, no querer que se inmiscuya en nuestro plan de vida.

Gen 3, 16- 17 La sentencia que Dios dicta al hombre y a la mujer nos muestra que la relación amistosa con ellos estaba rota. El hombre ya no es más el rey de la creación. Su desnudez y su vergüenza le hicieron comprender que sólo era una criatura desvalida que había rechazado a su propio Creador, y que el Demonio le engañó. Sin embargo, Dios no maldijo al hombre. Es verdad que en adelante éste tendrá que cargar con el peso de su propia naturaleza, y con la responsabilidad de asumir la lucha de la vida y sus exigencias, pero Dios permaneció abierto a la reconciliación. En la desnudez de Adán y Eva está representada la miseria, la debilidad, la fragilidad del hombre que vive lejos de Dios, que se hace tremendamente más palpable y cruel en quien se ha entregado al pecado.

 

II. MÁS CONSECUENCIAS DEL PECADO

El dolor que hay en el mundo no es «el castigo de Dios», sino el efecto lógico de haber perdido la amistad divina.

1. Sufrimiento y dolor: Por una idea fuertemente arraigada en el pensamiento popular, fácilmente se le atribuye a Dios cualquier desgracia que padece el hombre, diciendo «es que Dios castigó»… Es verdad que el mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejano al paraíso; las experiencias del mal, el sufrimiento y la injusticia parecen indicarnos que ya no somos «los consentidos», sino que ahora nos debemos enfrentar a las fuerzas de la naturaleza, superiores a las nuestras. Sin embargo, debemos entender y aceptar que lo que sufrimos es causado por nuestros propios errores. Dios no es el que «hace sufrir» al hombre. El dolor tiene una explicación enteramente natural, y Cristo nuestro Señor nos enseñará a vivirlo y a santificarlo, pero no nos liberará de él.

2. Repudio del trabajo: El hombre realizaba en el paraíso un trabajo fácil y agradable, pero ahora tendrá que sacar de la tierra su propio alimento. La Escritura destaca que, luego del pecado, el trabajo se torna fatigoso y pesado. Actualmente observamos que el trabajo hace ricos y poderosos a algunos, pero a otros los hace esclavos para toda la vida; otros más, viven en la miseria porque no quieren trabajar, presos de la pereza u otros vicios.
Unos pocos viven holgadamente, aprovechando los sudores de los demás. Cristo nuestro Señor viene a enseñarnos que el trabajo no es una condena a muerte, sino la posibilidad de colaborar con Dios en la creación que todavía no ha terminado. «Mi Padre trabaja, yo también trabajo» (Jn 5, 17).

3. Muerte: El pecado quitó al hombre la posibilidad de vivir para siempre. Es por ello que, para quien vive la vida sin pensar en Dios, la muerte es una maldición que condena a dejar los bienes, afectos y placeres de este mundo. Pero para quien acepta los trabajos y sufrimientos con la esperanza de una vida superior, la muerte es una liberación, porque Cristo, el Vencedor de la muerte, vino restituirnos la posibilidad de tener la «vida en abundancia». Él es quien quita el pecado del mundo y nos libera también de los efectos del mismo pecado.

 

III. DIOS DECIDE SALVAR AL HOMBRE

Gen 3, 15 Dios nunca maldijo al hombre, pero sí a la serpiente representante del mal y, al hacerlo, también pronunció la promesa de salvación para el hombre: «De la mujer saldrá la victoria final sobre el mal». Dios no quiere que su máxima obra viva hundida, sin esperanza de redención y, en el mismo momento de la sentencia, Él se inclina sobre la miseria humana. Otro gesto de su amor lo notamos en el hecho de que no envió desnudos a los pecadores a la tierra extranjera, sino que «los vistió» para que salieran del paraíso con dignidad.
Este texto es muy importante, pues hace notar que Dios no es de ninguna manera un juez implacable y castigador, sino el Creador amoroso que no podía dejarnos solos, a pesar de haber sido rechazado por nosotros. Dice el Cincelazo no. 20: «A pesar de nuestras infidelidades que rechazan las manifestaciones del amor divino, el Señor busca siempre ocasiones para volver a empezar». Este pensamiento resume toda la Historia de la Salvación. La misericordia de Dios es más grande que toda la maldad humana.
En la mujer a la que se alude en estos versículos, la Iglesia ha vislumbrado por siempre a la Virgen María, «Vencedora del Mal», la que aplasta a la serpiente, la que con su generoso «sí» aceptó la salvación para todos los hombres. Así como por una mujer había entrado el pecado al mundo, también por una mujer, María, «entró la salvación al mundo».

Gen 4, 8 Adán y Eva tuvieron muchos hijos. Los primeros, Caín y Abel, ofrecían sacrificios a Dios. Caín, que era labrador, ofrecía sus cultivos, y Abel sacrificaba los primeros nacidos de sus rebaños porque era pastor (cf. Gn 4, 1).
Sucedió que Caín empezó a sentir envidia de Abel, porque las ofrendas que éste ofrecía eran más agradables a Dios. Su rostro se descompuso y deseó el mal para su hermano. Este texto muestra hasta dónde puede llevar al hombre el pecado de envidia. La envidia es «hija» de la soberbia, pues como el hombre se considera bueno, lleno de dones y atributos propios, no puede concebir que otro hombre lo supere; así que empieza la batalla por acabar con todo lo que pueda opacarle. La envidia nunca queda como un sentimiento interior de repulsa, sino que fácilmente genera violencia. Empieza su acción por la palabra, y llega, como en el caso de Caín, al asesinato. No hay que espantarse si de nuestro corazón soberbio brotan estos sentimientos, pero tampoco hay que tolerarlo. ¿Qué hacer? ¿Cuál es el remedio? Hay que entender que la soberbia y la envidia se curan con la humillación.
La humildad que nos hace reconocer que no somos nada ante Dios, y que nuestros dones no nos pertenecen, sino que son bendiciones de Dios con los que tenemos que servir a los demás. El Cincelazo no. 296 nos enseña: «En la medida en que yo me siento más de lo que soy, más y más me aparto de Dios».

Gen 6, 5 Con el paso del tiempo se multiplicaron los pecados en la tierra. Los hombres, obstinados en la maldad y la perversión, hicieron cuanto quisieron, lejos de la voluntad de Dios. Es que el pecado de los primeros padres dejó marcada a toda la descendencia, con una honda inclinación a lo malo. Fue como si el «molde» quedara averiado y, como consecuencia, todos lo que salimos de ese «molde» arrastramos ese «defecto de fábrica». Pero, ¿acaso no cobran una tremenda actualidad estas palabras? ¿Acaso no vemos hoy cumplirse al pie de la letra esta realidad, que Dios ve que por todas partes hay maldad?

Gen 7, 17- 23 La humanidad estaba totalmente corrompida y Dios consideró que la purificación era necesaria, a fin de asegurar el porvenir de su obra. Así que tomó al único justo, Noé, para empezar con él un nuevo pueblo santo, limpio de maldad. Para cuidar su obra predilecta, la Providencia divina se sirve de los acontecimientos y conoce muchos caminos, aun extremos. Dios purifica antes de ver que todo se echa a perder.
Sin embargo, luego de esta purificación los hombres volvieron a sus errores, a la maldad y a la soberbia. Intentaron construir una torre que llegara hasta el cielo para probar, delante de todos, que podían hacer cosas grandes sin ayuda de nadie. Y una vez más, Dios intervino drásticamente para corregir las pretensiones humanas de grandeza y de poder.

Este mismo acontecimiento refleja la experiencia personal: Dios salva, limpia y purifica, y al momento de sentirse limpios, muchos son los que recaen en los mismos errores. El hombre es débil, pues la naturaleza caída ya no es capaz de sostenerse por sí sola en la bondad. Pero la tendencia hacia lo malo nunca debe desanimar al pecador, sino, al contrario, debe concientizarlo: no su puede avanzar sin la ayuda de Dios.
Después de todo, lo peor no es caer, sino permanecer en el error, y hacer las paces con el pesimismo de quien se convence que ya nunca podrá levantarse.
Es anticristiano que una persona, reconociendo sus fallas y defectos, no quiera salir de ellos. Esa conducta niega el poder de Dios, que quiere hacer santos a todos los hombres. Debemos luchar optimistamente contra nuestros defectos, confiando más en el poder de Dios que en nuestras propias fuerzas. Dice el Cincelazo 208: «Los santos no son los que nunca pecaron, sino los que pronto se levantaron confiando en el amor de Dios». Es necesario que en nosotros exista una disposición, «un asco» frente al pecado, pues por medio de él rechazamos a Dios, a quien debemos amar. Conviene que de vez en cuando pidamos perdón a Dios rezando el salmo 51, confiando mucho más en su infinita misericordia.

 

TAREA n.º 3

1. ¿Cómo podrás definir el pecado?

2. ¿Crees que los pecados de Adán, Eva y Caín tienen en común la soberbia y la envidia? ¿Cómo lo explicarías?

3. Enumera los efectos que produjo el pecado de Adán y Eva.

4. Examina las causas y los efectos de algunos pecados que hacen los hombres relacionándolos con los de Adán, Eva y Caín, y el episodio de la torre de Babel.

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