TERCERA LECCIÓN:
ABRAHAM CONFÍA EN DIOS
I. INTRODUCCIÓN
El amor de Dios es efusivo, necesita darse a toda costa. Por eso, a pesar de las continuas infidelidades humanas, Dios busca hombres y mujeres que confíen en Él, que tengan fe. Esto fue lo que sucedió con Abraham, a quien Dios eligió para empezar con él un «nuevo pueblo». Pero, ¿qué es la fe?
A través del ejemplo de Abraham, el «padre de la fe», aclaramos el significado verdadero de la fe, distinguiéndola de la simple creencia, la superstición o el sentimentalismo superficial.
El salmo 23, conocido como el salmo del «Buen Pastor», puede servirnos muy bien para orar y disponernos a meditar profundamente sobre la fe. Es la oración del hombre que confía en el Señor, su Pastor, que conduce a los suyos por caminos seguros, hasta su presencia. Después de rezar el salmo, pidamos: «Concédenos Señor, la suficiente sensibilidad a tu Palabra, para que podamos entender cómo podemos dirigirnos a Ti. Aumenta nuestra confianza en Ti y de ese modo nos abandonemos enteramente a tu voluntad. Amén». (Ave María y Gloria).
I. ¿QUÉ ES LA FE?
Gn 12, 1-5 Dios nunca se cansa de buscar al hombre, su creatura predilecta, y esto, a pesar de su rechazo y constantes infidelidades. El primer hombre, Adán, no tuvo confianza en Dios y rompió las relaciones de amistad. Para reanudar nuevamente este diálogo, Dios buscó a alguien que confiara plenamente en él, y Abraham fue ese hombre.
Dios pidió a Abraham: «Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre y anda a la tierra que yo te mostraré». Aquella era una experiencia única y maravillosa, pero al mismo tiempo, incierta y riesgosa. No obstante que ya era viejo –tenía setenta y cinco años cuando Dios lo llamó– Abraham partió para atender la promesa. Sabía que quien lo llamaba era el Dios bueno en quien se puede confiar; y que le pedía esto para darle lo que anheló toda su vida: tierra y descendencia.
En Abraham encontramos la fe auténtica que Dios quiere, y necesaria para la edificación del «nuevo pueblo». Pero es muy bello constatar que hoy también existen personas con una fe tan enorme que son capaces de mover las conciencias de pueblos enteros, y Dios quiere que cada uno de nosotros alcance una fe así, limpia, pura e inquebrantable.
– La fe es la respuesta a la llamada de Dios
Abraham no partió de su tierra por iniciativa propia, sino por responder a la llamada imperativa y exigente de Dios. No atendió a los ruidos del vacío, sino a la voz amorosa de su Creador, que le prometía todo lo que él podía anhelar. Abraham tuvo una confianza muy grande, creyó en las promesas divinas y se abandonó en Dios, sabiendo que no quedaría defraudado.
De ese modo, Dios inicia una nueva relación con el hombre; ha encontrado a alguien dispuesto y confiado, en quien fundamentará al nuevo pueblo. Son precisamente estas cualidades las que agradan a Dios, más que cualquier obra buena.
La confianza en Dios es una de las dimensiones más importantes de la fe, pues nos da la posibilidad de captar el misterio divino. Digamos que, por la confianza, uno es capaz de «saltar la barda» como lo haría un niño que está seguro de que su padre lo «cachará en sus brazos», porque lo ama y no permitirá que se lastime.
Otra idea fundamental obre la confianza la da el Cincelazo 1107: «La confianza en Dios nos capacita para entender la verdad». No hay quien pueda entender ni a Dios ni a sus designios si antes no se ha depositado en Él toda la confianza; una vez que se ha puesto todo en sus manos, es más fácil entender sus caminos.
– La fe es un movimiento «dinámico» al servicio de Dios
En Gn 12, 1- 5 hay verbos de movimiento: dejar, salir, partir y andar. Todo ello revela que la fe implica, ante todo, movimiento. Nunca puede uno quedarse «con los brazos cruzados» después de haber recibido el llamado de Dios. Su misma Palabra hace sentir el urgente deseo de responder.
Se debe comprender que tener fe no es la simple aceptación pasiva de las verdades de la Iglesia, no es una simple creencia ni es cosa de ingenuos sentimentalistas, como muchos piensan. Por el contrario, la fe es, por esencia, una actitud que mueve a estar en constante diálogo con Dios para poder realizar esa misión redentora que Él mismo nos participa.
Tampoco se debe confundir la fe con la actitud de los que dicen: «Yo aquí tengo mi Virgencita»; «yo voy a misa cuando me nace»; «de vez en cuando me voy de peregrinación…». Si estas respuestas no brotan de un corazón que todos los días vive un proceso de conversión, no se tiene verdadera fe. Porque la fe no es sólo sentimiento, sino la aceptación razonada de la propuesta de Dios a vivir a nuestra vida de un modo diferente. De nada sirven las creencias y devociones si no se está dispuesto a ponerse en marcha y a «hacer» lo que Dios pide. Recordemos las palabras de de Santiago Apóstol: «Una fe sin obras es una fe muerta» (2,17).
Así se comprende por qué de la respuesta que da una persona puede llegar la bendición de Dios para muchas otras. Dios participa sus propios proyectos para salvar al mundo, pero es necesario creer en las promesas divinas: «En ti serán benditas todas las naciones de la tierra». El Cincelazo 1096 dice: «Todos los que nos ponemos en las manos de Dios, asumimos un papel primordial en la historia de la humanidad. La felicidad de muchos depende de nuestra entrega a Dios».
II. LA FE EXIGE RUPTURAS
Abraham no hubiera podido responder a Dios si no hubiera estado dispuesto a renunciar a su vida cómoda y a sus antiguas creencias; siendo un hombre instalado en la riqueza y la abundancia, lo arriesgó todo para atender a la voz de Dios.
Al cristiano de hoy Dios le pide también dejar tantas y tantas cosas que impiden la relación con Él; hay falsos dioses roban el tiempo que se debe dedicar al Dios verdadero. No se puede tener fe y no querer desprenderse de lo que más gusta. Muchas veces, se tienen los «diositos» propios, a los que se rinde culto y no se quiere abandonar: para unos es el dinero, para otros la fama, la moda, la pereza, los vicios, las diversiones. Son muchas las cosas que pueden atar a una persona e impedirle que siga el llamado de Dios a una vida de fe.
Gen 15, 5 – 6 No obstante que Dios le hace promesas difíciles de creer, Abraham sabe que Él no puede equivocarse o engañarlo; Él le ha prometido una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y como las arenas de las playas. Humanamente, la promesa se presentaba imposible de realizar, pero para Abraham, el hombre de la fe, es la motivación para seguir adelante. Su corazón es todavía capaz de esperar lo imposible, pues no es tan viejo como para cerrarse a esta invitación a formar un pueblo numeroso.
¿Acaso no hemos sabido también hoy de personas que estaban en una dificultad humanamente imposible de solucionar, y por su fe lograron superarla? Muchos que padecían enfermedades incurables, y que luego sanaron milagrosamente, pueden dar testimonio, pues son un bello ejemplo de lo que se puede alcanzar con la fe: por ella, muchos han sanado, muchos esclavos han sido liberados, muchos han alcanzado empresas humanamente imposibles.
Gen 18, 9 - 15 Pasados veinticinco años de peregrinar por el desierto, Dios se revela a Abraham. Lo hace por medio de tres ángeles que preludian: por fin se cumplirán las promesas. Sara, la mujer de Abraham, se sorprendió tanto que echó a reír, pues no creyó que, siendo tan vieja, aún podía tener un hijo. ¡Y es que no era para menos! Si esperó durante veinticinco años y nunca pudo concebir, ¿podía hacerlo ahora? Pero ella olvidó lo fundamental: ¿hay algo imposible para Dios? (v.14).
Este texto viene a hacernos reflexionar sobre una idea importante: «el tiempo de Dios no coincide con el tiempo de los hombres». Cualquier mujer, igual que Sara se hubiera reído de tal anuncio; cualquiera se hubiera cansado de esperar inútilmente confiando en una promesa dicha hacía tanto tiempo. Y es que muchas veces queremos que pronto se realicen las promesas divinas. Fácilmente llegamos incluso a lanzar expresiones como: «a mí Dios no me escucha; no se acuerda de mí». El cristiano verdadero, en cambio, sabe que tarde o temprano, en el momento justo, se realizarán las bendiciones prometidas. El silencio y las pruebas sufridas son proporcionales a las bendiciones esperadas. San Francisco de Asís exclamaba: « ¡Tanto bien espero, que las dificultades, el silencio y las pruebas son para mí una alegría!»
Gen 18, 20- 33 Abraham fue capaz de orar por dos ciudades perdidas irremediablemente en la maldad. El Padre de la fe ruega, suplica, insiste sin conseguir lo que desea; Dios está decidido a acabar con estas ciudades por no encontrar en ellas siquiera diez justos que pudieran ser motivo de salvación. Aparentemente, la oración de Abraham fue inútil y estéril, pero fue de tal modo insistente que acabó conformando su voluntad con la voluntad divina.
Hemos de aprender que la oración no debe verse como una herramienta para convencer a Dios y hacerlo cambiar de parecer; antes bien, hemos de estar dispuestos a que la oración nos cambie, nos transforme. El orante sincero se dispone a acoger la voluntad de Dios mediante la oración, a aceptar lo que Él disponga, y a comprender que sus designios son misteriosos, pero nunca se equivoca.
En la oración de Abraham, las expresiones como: «No se enoje mi Señor», «perdone mi atrevimiento», vienen a indicarnos una más de las condiciones que debe tener la oración para que ésta sea escuchada: la humildad. El poder de la oración depende de todo lo humilde y confiada sea ésta. Los grandes ante Dios son aquellos que piden con humildad y con fe, pues son ellos los que logran los favores de Dios. Con la oración abrimos las puertas a la gracia divina, que quiere actuar en nosotros.
¿Qué más diremos de la oración? La oración es la súplica de un corazón lastimado al contemplar la miseria y dolor humanos. Ella es el medio principal por el que se convierten los alejados de Dios. Mucha razón tenía san Carlos Borromeo al decir que las «las almas se salvan de rodillas».
Pero hay que tener presente que Dios nos dará lo que necesitamos justo cuando lo necesitamos, pues con la oración no transformamos la voluntad de Dios, ya lo hemos dicho, sino que nos preparamos para entenderla y cumplirla en su momento. No nos desanimemos cuando parezca que Dios no nos cumple rápidamente lo que pedimos. Recordemos la experiencia de Santa Mónica, que pidió por más de veinte años, y aparentemente sin resultado, por la conversión de su hijo Agustín. Pero valió la pena esperar tanto, pues cuando Agustín se convirtió, no sólo aceptó a Jesús, sino que llegó a ser un gran santo.
III. LAS PRUEBAS HACEN MADURAR LA FE
Gen 22, 1-18
Después de un tiempo Dios quiso probar a Abraham. ¿Por qué Dios prueba al hombre? ¿Acaso no conoce de antemano sus convicciones, su capacidad y la medida de su amor? Claro que sí. Dios no permite que pasemos por pruebas porque quiere saber lo que haremos, sino para que nosotros maduremos y seamos cada vez más fuertes. Él conoce nuestra capacidad, y a nadie prueba por encima de su capacidad.
El escritor sagrado describe la medida de la fe de Abraham por medio de este texto que a los occidentales del siglo XXI puede parecernos simplemente abominable, pero hay que ubicarnos en el contexto para poderlo entender.
Lo que parece una petición salvaje e inhumana obedece a la manera como los antiguos cananeos se relacionaban con la divinidad. Ellos solían sacrificar a sus hijos en la creencia de que así agradaban a sus dioses (cf. 2 Re 3, 26). Abraham, que era un cananeo, hace aquí una experiencia hermosa, en la cual dejará atrás su «falsa imagen» de Dios. Se dará cuenta de que no hay dioses, sino un único Señor, y que Él es Padre. Abraham aprenderá que Dios lo llama a él a consolidarse como padre, de su hijo, Isaac, y de la fe de toda su descendencia (cf. 1 Mc 2, 52; Eclo. 44, 20; Sb 10, 5; Sgo. 2, 21). Además, por él fueron benditas todas las naciones.
Abraham aprenderá también que lo que Dios más ama es la obediencia, incluso cuando se trata de desprenderse de lo que más se ama en la tierra, con tal de no perderlo a Él. Para eso se necesita confiar en que lo mejor para nosotros es lo que Dios quiere de nosotros.
Porque obedeció a lo que consideraba que agradaría a Dios es que Abraham es grande. A Dios no le agrada que el hombre ame a ninguna criatura por encima de Él, porque cuando se ama a algo a alguien más que a Dios, ése es un amor desordenado, egoísta. Sólo cuando amamos a Dios sobre todas las cosas nuestro amor por las cosas y las personas es un amor equilibrado. Y esto sólo ocurre cuando la persona tiene verdadera confianza en Dios, como Abraham.
Esta historia nos enseña a no apegarnos a las cosas ni a las personas, a saberlas amar y a saber «perder con audacia» para ganar lo verdaderamente valioso. ¿Qué gano Abraham con su desprendimiento? Una fe a toda prueba, y aún cuando pudo haberse preguntado qué pasaría entonces con la promesa de una descendencia numerosa, supera todas estas dudas por la fe. Dios es quien conoce el resto de la historia, hay que confiar.
Es necesario entender, pues, que «las pruebas no son para que nos desesperemos perdiendo la fe sino para potenciar nuestra confianza en el Señor» (Czo. 440). Por lo tanto, en cada dificultad debemos ver una ocasión que Dios nos brinda para aquilatar nuestra fe en Él. A medida que seamos capaces de superar las dificultades, Dios aumentará y consolidará nuestra confianza, de manera que quedemos preparados para las dificultades aún más grandes que aparecerán en la vida.
Nunca debemos desanimarnos, ni aún en los momentos en que aparentemente no hay esperanza, porque, como dice el Czo. 428: «hay que ver en las pruebas un anuncio de gracias especiales que Dios nos va a mandar».
Gen 25, 31- 34
Isaac tuvo dos hijos, Esaú y Jacob. A Esaú le correspondía heredar la bendición paterna por ser el mayor, pero la desdeña, hasta el punto que llegó a cambiarla a su hermano por un plato de comida.
Tal vez podríamos cometer el mismo error. Pensemos cuántas veces y con cuánta facilidad hemos desperdiciado las bendiciones divinas, cambiándolas por cosas materiales. Son muchos los que desdeñan las gracias espirituales, abandonándolas para que no les estorben en sus «proyectos». O ¿acaso son pocos los que se acercan a los sacramentos, a la palabra de Dios y a la oración porque sólo se acuerdan de ellos cuando tienen una necesidad urgente? ¿Acaso no es la mayoría de los católicos la que prefiere la televisión, el fútbol, el cine, el paseo… y de la misa dominical ni se acuerda? ¿Acaso no son muchos los que han puesto en el primer lugar de su vida el dinero, el poder y el desenfreno sexual? No queda tiempo para Dios cuando todos esos ídolos roban el corazón. Desgraciadamente se olvida lo que dice el Cincelazo 752: «Si nos hartamos de los bienes materiales, no queda sitio para los sobrenaturales».
IV. APRENDAMOS DE JOSÉ, «El SOÑADOR»
Una historia similar a la de Abraham es la de José el Soñador, narrada en los capítulos 37 al 46 del Génesis. Él nos enseña que todo lo que Dios permite es por el bien de los que lo aman (Rom 8, 18). Él fue un hombre virtuoso y trabajador, que a pesar de las grandes pruebas y dificultades de la vida, permanece siempre fiel a Dios, y como consecuencia, recibe abundantes bendiciones.
TAREA n.º 4
1. Con tus palabras, elabora una definición de fe
2. Destaca y señala algunos episodios de la vida de Abraham en los que resplandece su fe y su confianza en Dios.
3. ¿Por qué Abraham no logró evitar la destrucción de Sodoma y Gomorra? ¿Cuál habría sido la historia si hubiera habido justos?
4. ¿Crees que la sociedad actual pueda compararse con Sodoma y Gomorra?
5. Señala con los textos bíblicos, algunas virtudes de José «el soñador» y explícalas.