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CUARTA LECCIÓN:

DIOS LIBERA A SU PUEBLO Y HACE UNA ALIANZA CON ÉL (PRIMERA PARTE)


I. INTRODUCCIÓN

La experiencia de la esclavitud de los hebreos en Egipto no sólo es un acontecimiento clave para la constitución del pueblo de Israel, sino una lección para todos los cristianos. A través de ella entendemos que Dios nunca se olvida de los oprimidos y marginados. Él los levanta y anima para que recobren su dignidad y puedan, de ahí en adelante, ser el pueblo de su pertenencia.

El salmo 5 es la súplica de un hombre perseguido y atribulado que pone en Dios toda su confianza; oremos con él haciendo nuestras estas palabras. Después pidamos: «Concédenos, Señor, tu Santo Espíritu para que podamos liberarnos de tantas esclavitudes y defectos. Especialmente te pedimos por todos aquellos hermanos nuestros que viven ignorando tu amor infinito en la pobreza material y espiritual. Ponemos todo esto en tus manos confiando en la intercesión de tu Madre Santísima, la Virgen María (Ave María y Gloria).

 

I. LOS OPRIMIDOS DE LA TIERRA

Ex 8, 1-14 La Historia de Salvación continúa en Egipto. Recordemos que José, «El Soñador», había hecho llegar a todos sus hermanos, con sus familias, a esta tierra de abundancia, pues en toda la región azotaba una cruda sequía. Pasados cientos de años, los israelitas se multiplicaron y expandieron por todo el país de Egipto, a tal punto que se despertó el celo de un nuevo faraón. Él vio con malos ojos a este pueblo extranjero, así que de ahí en adelante los egipcios hicieron caer sobre los israelitas los trabajos más duros y humillantes, a fin de frenar su crecimiento.

Lo anterior no es sólo cosa del pasado, sino un fenómeno común en la historia de la humanidad; los poderosos someten a los más débiles y los toman por esclavos. Así, durante siglos y siglos, millones han vivido sometidos a distintas formas de esclavitud y opresión, muriendo como animales, sin conocer su dignidad y su vocación a la libertad.

Muchos coinciden en que, hoy en día, el «tráfico de personas» es la forma más cruel de esclavitud. Estadísticas recientes reportan que no es posible calcular cuántas personas son traficadas anualmente, pero se estima un promedio de 700, 000 personas, y la mayoría de ellos, son usados en el mercado de la explotación sexual.

También son conocidas otras vejaciones contra la dignidad humana, como es el hecho de que los países desarrollados presten dinero a los llamados del «tercer mundo» a condición que éstos reduzcan sus índices de natalidad. ¡Tienen miedo –como el faraón– del crecimiento de los más débiles!

 

II. LA MALDAD NO CONOCE LÍMITES

Ex 1, 15 – 16 Faraón llegó al extremo de ordenar a unas parteras que malograran los partos de las mujeres hebreas, pues de este modo reduciría la población de los extraños que amenazaban sus intereses. Pero estas mujeres no hicieron caso de la orden de faraón, y tuvieron compasión del pueblo oprimido; su conciencia les hacía entender que atentar contra la vida de los indefensos es un crimen incalificable. Dios premió la valentía de aquellas mujeres que desafiaron el sistema asesino, concediéndoles numerosa descendencia.

Estos hechos demuestran que cuando se tiene fe se tiene también valor para actuar con decisión, aun cuando una autoridad injusta amenace. ¡Cuántas madres y padres, cuantos cristianos omisos, cuántos políticos, médicos, enfermeras y otros asistentes de abortos deben aprender esta lección!

Faraón, al ver el fracaso de su plan, tomó una decisión más radical: echar al río a todos los recién nacidos. Es que quienes llegan a embriagarse de poder consideran ser los dueños de los demás. Pero olvidan que Dios contempla todas estas cosas.

 

III. Y DIOS ¿QUÉ HACE PARA LIBRAR AL QUE SUFRE?

Ex 2, 1-10 Dios se ríe de la astucia de los malvados. Hizo crecer en la misma casa del faraón que oprimía a los israelitas al futuro libertador de los esclavos, Moisés. Este nombre significa: «sacado de las aguas». Muchos niños hebreos habían sido muertos en el río Nilo, pero sólo a uno fue salvado en una acción providencial.

El hecho de ser «sacado de las aguas» nos da una idea magnífica de la misión de este niño. Significa que fue sacado del destino común de muerte y esclavitud que tenían todos los hebreos. Moisés es el hebreo rescatado que iba a conocer lo que es la libertad; creció en el palacio de faraón y recibió una educación especial que nunca hubiera tenido en su propia familia. ¡Dios preparaba en lo oculto la salvación de su pueblo! Los Santos Padres compararon la acción de «sacar de las aguas» como una acción liberadora. Es «volver a la vida», «devolver la libertad».

Pensemos que esta historia se repite día con día, por ejemplo, en las vidas de todos aquellos que primero sufren hundidos en el pecado, y luego viven conversiones radicales. El mismo hecho de haber «probado el polvo» hace de muchos grandes caudillos, una vez que han encontrado su conversión, su verdadera libertad. Por supuesto que éste no es el único ejemplo. También tenemos a los grandes héroes de todos los tiempos, cuya muerte, causada por su propia fidelidad al evangelio, ha dado la alegría a muchos otros. Los mártires son el testimonio de que esto es verdad, y de que Dios nos llama a todos a ser libres, para luego poder liberar a los demás.

 

IV. DIOS PREPARA UN LIBERTADOR

Ex 2, 11-15 Hay un dicho popular que asegura: «si te metes de redentor, saldrás crucificado». Algo así pasó con la vida de Moisés y pasa con todo el que se decide a trabajar por el bien de los demás.

Moisés llevaba una vida tranquila, «de palacio», cuando tuvo un encuentro con sus hermanos hebreos y comprobó sus penosos trabajos. Pudo darse cuenta de que trabajaban en condiciones muy precarias: subalimentados, sin vivienda digna, sin educación y lo peor, condenados a vivir así para siempre. En este estado de cosas, la conciencia del pueblo era casi nula; tampoco había quién respondiera en nombre de estos oprimidos.

El pobre y el humillado llegan a acostumbrarse a lo malo y aún a lo miserable, sin darse cuenta de que son pisoteados, pero los auténticos líderes lo perciben y no lo toleran. El pobre cae cada vez más en un estado pesimista, que le hace incapaz de lograr una vida mejor; no cree que pueda salir de esta situación ni siquiera que pueda mejorar. Pero el líder se apresta a encontrar una solución. Eso fue Moisés para Israel.

Moisés vio cómo un egipcio golpeaba a un hebreo; de inmediato, en un arranque de indignación, mató al egipcio. Lo anterior es una cosa que debe juzgarse en su contexto: estamos hablando de una humanidad primitiva, que aun no se había perfeccionado en su modo de «arreglar las cuentas». No debe escandalizarnos este acto de Moisés. Lo que sí es para escandalizarse es la barbarie en la que vive el «evolucionado» hombre del siglo XXI: ajustes de cuentas, decapitados, invasiones y devastaciones que ni siquiera merecen el nombre de guerras… ¡y pensar que ahora se conocen no sólo la ley de Moisés y el derecho, sino documentos tan bien acabados como la Carta Universal de los Derechos Humanos! Y el hombre de hoy no mata por defender al hermano ¿por qué motivo lo hace? Sólo por hambre de poder.

Volvamos a Moisés. Lo que hizo por defender a un oprimido le es echado en cara, sin considerar que se trata de un palaciego que pelea por un esclavo. A pesar de que nunca vivió entre sus pobres hermanos, Moisés experimento amor a su raza; no cerró los ojos ante los abusos que se cometían ni renegó de su origen. Pero en este momento, Moisés comprobó, amargamente, por qué su pueblo vivía en esas condiciones: los pobres viven oprimidos porque entre ellos mismos no logran la comunión ni la unidad, que los haría fuertes para vencer en la lucha. En realidad, los pobres no son siempre «víctimas inocentes». Entre ellos también hay maldad, violencia e irresponsabilidad, que los hace perder la confianza en sí mismos y en los demás pobres. ¿Acaso no es triste constatar, también hoy, que entre la misma gente humilde hay quien desprecia a sus hermanos por sentirse «superior»? ¿Acaso no hemos visto que algunos, apenas tienen un cargo insignificante lo utilizan para el desprecio y perjuicio de otros, olvidando su propio origen?

Realmente era dramática la situación de Israel en Egipto. Este no era momento para hacer nada; no había modo de sacar al pueblo de esta penosa realidad. Moisés prefirió huir, pero no sabía que sólo salía de la corte de Faraón, no de los planes de Dios. Le esperaba un «tiempo de formación» para consumar sus anhelos de liberar a aquellos pobres.

 

V. MOISÉS ESCUCHA EL LLAMADO DE DIOS

Ex 3, 7 -1-10 Aquél era un largo período de esclavitud y desesperación que los israelitas sufrían, cosa que Dios no sólo no ignoraba, sino que además preparaba su salvación. Para esto fue preparando a su siervo Moisés, quien llevaría adelante la empresa.Conviene que subrayemos las afirmaciones divinas que aparecen en este texto: «He visto», «He escuchado», «Yo conozco sus sufrimientos», «El clamor llegó hasta Mí». Son palabras que nos muestran a un Dios que está presente de un modo especial en los momentos más difíciles.

El sufrimiento es una de las experiencias más graves que aqueja a la humanidad; todos lo padecemos de alguno u otro modo; ante él experimentamos nuestra impotencia y nuestros límites. El sufrimiento puede hacer a la persona más dura, conducirla a la angustia y al repliegue sobre sí misma; incluso a la desesperación y a la rebelión en contra de Dios. Pero también puede transformar y llenar de bondad a quien lo vive con sabiduría, porque hace apreciar y discernir lo importante de la vida. Es bien sabido que, con frecuencia, la angustia empuja al hombre a una búsqueda de Dios.

Por todo lo anterior, el cristiano verdadero sabe aprovechar el sufrimiento y el dolor para unirse con Dios mediante la conversión; le ayudan a profundizar el misterio divino y le capacitan para servir eficazmente a los hermanos.Los grandes místicos –como santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz–, encontraron en el sufrimiento un medio de purificación que les permitía lograr una profunda intimidad con Cristo; ésta intimidad, a su vez, los llevó a ser muy eficaces a la hora de reformar el Carmelo. Cuentan los biógrafos del Padre Pío de Pietrelcina, que éste se ofreció a sí mismo como «víctima de holocausto» en reparación de las injusticias de la Segunda Guerra Mundial. Él era un convencido de que los sufrimientos son útiles para purificarse, para dominar el orgullo y hacerse más sensibles a los sufrimientos de los demás, y estar más cerca del Señor.

 

VI. MOISÉS ACTÚA EN FAVOR DE ISRAEL

Ex 3 10-12 Moisés es ya alguien que ha madurado en el silencio del desierto cuando Dios lo llama para salvar a su pueblo. La misión es muy difícil, pero Dios confirma su asistencia a Moisés para que pueda perseverar en las peores dificultades.

Hoy, como entonces, Dios exige nuestra colaboración para liberar a los que están esclavizados en el pecado, que es el origen de las injusticias, pobreza y hambre.

La humanidad clama la ayuda de hombres como Moisés, que la amen y estén dispuestos a liberarla de tantas esclavitudes. Pero sólo habrá hombres que griten el Evangelio –mensaje liberador que hace que todos reconozcan su dignidad– cuando haya verdadera fe. El cristiano no puede ser un cómplice mudo, ni testigo de «brazos cruzados» ante el sufrimiento de los demás; con su palabra y testimonio representa los brazos de la misericordia divina.

Ex 7, 14; 8, 9-11 Una y otra vez Moisés se dirige al faraón para pedirle que deje libre a su pueblo, pero siempre es rechazado. La Escritura destaca un endurecimiento del corazón del faraón, cosa que atrae una serie de calamidades sobre el pueblo que él gobierna. Ante la negativa de faraón, Dios tuvo que utilizar «medidas más fuertes» para liberar; actúa siempre a favor de los suyos.

Una lectura superficial de estos hechos confunde pues, por un lado, se dice que fue Dios quien endureció el corazón de faraón (cf. Ex 7, 3), y, por otro, que su castigo recayó sobre el pueblo egipcio, que ninguna culpa tenía. Pero lo que el autor sagrado expresa mediante su composición literaria es el hecho de que miles de inocentes pagan por causa de la soberbia de los poderosos, ciegos, incapaces de ver a Dios en sus hermanos.

Para no ir tan lejos, hay ejemplos muy cercanos a nosotros de hombres que han dejado cicatrices hondas en sus pueblos; que han devastado lo mismo que hubieron hecho con Egipto aquellas «sietes plagas». Pensemos en sólo algunos de los grandes genocidas del siglo XX: Mao Ze-Dong (en China, 1958-61 con unas 49-78, 000, 000 víctimas); José Stalin (en USSR, 1934-39, con unas 13, 000, 000 víctimas; Adolfo Hitler (Alemania, 1939-1945, con unas12,000,000 víctimas); Saddam Hussein (en Iran y Kurdistan, 1980-1990, 1987-88, con unas 600, 000 víctimas); Slobodan Milosevic (Yugoslavia, 1992-96, con unas 180, 000 víctimas). (Datos aportados por rumboalasestrellas.mforos.com).

No podemos juzgar a los genocidas, pero tampoco es fácil entender estas cosas; es cuestión de emplear criterios de personas que tienen verdadera fe. En la Alemania Nazi, muchos preguntaron: « ¿dónde está Dios?» Y santa Edith Stein, que precisamente murió mártir en Auschwitz, decía: «lo que debemos preguntar es dónde está el hombre».

Al contemplar casos tan patéticos, estamos invitados también a reconsiderar nuestras actitudes cuando nos obstinamos, no queremos oír razones y llegamos a no abusar de algún poder que se nos otorga –sobre los hijos, sobre los empleados, sobre los alumnos, sobre los obreros, etc.–, convirtiéndonos, en los casos menos graves, en «piedras de tropiezo» para muchos.

 

 

 

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