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QUINTA LECCIÓN:

LOS JUECES Y LA FUERZA DE SANSÓN

 

I. INTRODUCCIÓN

¿Quiénes son los jueces?

Gedeón, Déborah y Sansón fueron personajes sobresalientes en la historia de Israel. Se trata de algunos de los caudillos a los que los libros históricos de la Escritura denominan con el nombre de jueces. Gedeón y Déborah fueron sumamente fieles a Dios, no así Sansón, que sobresalió más bien por su vida viciosa, la cual terminó en ruina. Porque nunca es igual la respuesta de todos los hombres a la misión encomendada, ya que Dios respeta la libertad de cada uno.

Como lo hemos dicho varias veces en este curso, el Señor realiza sus proezas por medio de los hombres y mujeres que le son fieles, y todo lo hace por amor a su pueblo. En el camino histórico que Israel emprende hacia la Tierra Prometida, aparecen los jueces, la mayoría de ellos arriesgados, valientes, y, sobre todo, llenos de fe. También hoy, el mundo necesita de líderes dotados de cualidades extraordinarias para esta misión; es Dios quien da a cada uno las capacidades necesarias para hacer el bien a los demás, sin miedo a los compromisos o a las dificultades.

Para disponernos a reflexionar esta lección, conviene recitar el salmo 118; éste nos ofrece la alabanza nacida de la gratitud a Dios, que libera a los suyos de la mano de los opresores.

 

II. DIOS NOS ACOMPAÑA

Jos 3, 14-17 Después de 40 años de pruebas y luchas en el desierto, Israel ha vivido una larga jornada de trabajos y purificación. El «40» es un número simbólico que indica la duración de toda una generación; toda una generación de israelitas fue la que se preparó en el desierto para entrar en la tierra esperada. Pero no recorrieron solos este camino, sino que contaban con el Arca de la Alianza, que les acompañaba en todas sus empresas.

El Arca de la Alianza era para el pueblo la prueba fehaciente del poder de Yahvé, signo y presencia del Dios que lo había sacado de Egipto. Su contenido: las Tablas de la ley, el bastón de Aarón y algunos granos de maná; eran las reliquias más preciosas que se conservaban en el Arca, y le daban al pueblo la convicción de que Dios había obrado en su favor.

Comprendamos que también hoy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Padre de Jesucristo, nos acompaña en el caminar de la vida. Él es nuestro refugio y fortaleza. La Iglesia, nuevo pueblo de Dios, cuenta con la presencia real, aunque misteriosa, de Jesucristo Dios en medio de ella. ¿Dónde? En cada Sagrario se encuentra hoy, para nosotros, algo mucho mejor que lo que conservaba Israel en el Arca. En cada Sagrario está el Santísimo Sacramento del Altar, Cuerpo y Sangre de Jesucristo. Es Él nuestro nuevo maná, nuestro alimento; es Él quien cumple su promesa de acompañarnos hasta los últimos días, dándonos fuerzas para la lucha de la vida (cf. Jn 6).

Jos 6, 1-20 La Tierra Prometida no estaba libre, sino que era el territorio en el que habitaban varios pueblos cananeos. Una de las primeras ciudades a las que arribaron los israelitas fue Jericó, amurallada y bien protegida contra los ataques de los enemigos. Dios había señalado a Josué que esta tierra pasaría a ser propiedad de Israel, luego de que éste obedeciera perfectamente a sus planes.

Tal vez puede parecernos que las instrucciones dictadas a Josué son escandalosas y ridículas, pero para Israel tenían gran significado, pues no contaba con ejército ni armas para enfrentar a una ciudad guerrera y amurallada. En apariencia, Dios le pide al pueblo un imposible, pero nunca lo dejó solo en la lucha. Y vence Israel a Jericó por su obediencia a la voluntad divina. De esto es símbolo «el Arca de la Alianza», a la que el pueblo llevaba siempre por delante.

Alcanzar una metaLa conquista de la Tierra Prometida fue difícil, pero por fin, después de 40 años de luchas y sacrificios en el desierto, y de enfrentar a fuerzas superiores, Israel logró la conquista de la herencia divina. Para aludir a la conquista de la tierra prometida, foto de un estudiante graduándose o de personas celebrando algún triunfo… Del mismo modo, para el cristiano no es fácil la conquista de la Patria Celestial. Porque la vida eterna se alcanza con cansancios y sudores: trabajar por la propia conversión es tarea de todos los días, y no siempre los resultados son óptimos. El cincelazo 391 resume con esta idea: «La verdadera felicidad cuesta». No obstante, nunca hay que desesperar, y sobre todo hay que mantener una grande confianza en Dios. Él nos acompaña y nos da las gracias necesarias para perseverar, y nos hace saborear los dulces frutos de mantener una amistad leal con Él.

Jos 24, 24 Una vez que tomaron posesión de la tierra, las doce tribus de Israel se la repartieron equitativamente. No tenían gobierno en común que los unificara; su única ley era la ley divina, que había quedado grabada en las tablas de piedra. Las tribus estaban unidas en el Dios al que servían y obedecían, al mismo tiempo que se mantenían como pueblo fuerte y vigoroso. La prosperidad y la paz acompañaban a los Israelitas, y ellos debían reconocer que no fueron «otros dioses» sino Yahvé el los llevaba adelante; Él, que prometió a Abraham una Tierra; Él, que condujo al pueblo en medio del desierto; Él, que ahora hace posible la posesión de esta Tierra anhelada. Por eso Josué hace exhortaciones fuertes en este capítulo.

Este versículo muestra la respuesta del pueblo que libremente quiere depender de Dios, pues entiende que es eso lo que le ha llevado a la victoria. Ésta es una gran lección para los hombres que sacrifican su fe por mantener un buen trabajo, o unas buenas relaciones con algunas personas, pues su interés primordial es conseguir comodidades o alcanzar puestos públicos, dejando a Dios en último lugar. Si el mundo va en decadencia se debe a la infidelidad de muchos que, diciéndose cristianos, no ponen en práctica los valores morales y de la fe. Para que pueda superarse este tipo de situaciones es necesario que haya un fuerte conocimiento de la palabra de Dios, y una auténtica confianza en Él.

III. LAS OBRAS DE LOS JUECES

El libro de los Jueces narra los pormenores del arribo de los israelitas a las tierras cananeas. Esta etapa de la Historia de la Salvación se distingue por la participación de caudillos que, si bien no constituían en modo alguno un gobierno estructurado, hicieron las veces de «líderes nacionales» que lograron unificar a las tribus para conquistar su heredad.

Lo mismo que en el libro de Josué, el tono bélico que prevalece en el libro de los Jueces. Es importante tener presente el contexto cultural de los pueblos antiguos para conocer el trasfondo de estos relatos bélicos: la guerra era algo normal y se luchaba para sobrevivir, para tener mejores territorios, pastizales y ganados. El pueblo sometido debía, la mayor parte de las veces, renunciar a sus costumbres, a su religiosidad y asumir las del pueblo invasor. Por eso, los israelitas concebían a sus adversarios como enviados del mal, paganos que les arrancarían lo que consideraban más valioso: la fe en el único Dios. Los jueces tenían como misión ayudar a los israelitas a liberarse de la opresión de los otros pueblos, a fin de que el pueblo permaneciera fiel a la Alianza.

Lo anterior puede desconcertar a muchos si no se comprende que, en aquél tiempo, Dios se reveló a través de un pueblo que tenía una cultura, un lenguaje y una mentalidad que no habían sido aún educadas del todo; no se puede esperar que Israel sea ya un pueblo con principios morales bien sólidos. A continuación entramos en detalles.

Jue 2, 11-19 La visión de conjunto que describen estos versículos sirve como introducción a toda la historia de los jueces. Prosperidad y decadencia son realidades alternadas en la historia de Israel. Lo que marca la diferencia entre una y otra es la fidelidad a Dios. Dios es la fuerza de los que confían en Él. Cuando el hombre lucha por mantenerse fiel a la voluntad del Señor cuenta siempre con sus bendiciones y goza de su favor; pero cuando decide vivir al margen de Dios, las cosas son muy distintas.

Después de dejar el desierto, Israel tiene una tierra rica, buena y no le falta nada. En estas circunstancias, se vuelve mediocre, conformista y, por lo tanto, débil; cae nuevamente en la idolatría, lo que tendrá consecuencias funestas. En esta historia se refleja la de tantas personas que se apartan de Dios cuando logran progresar económica, intelectual, políticamente. Es interesante notar que allá donde hay cierta superación social o laboral, generalmente, los hombres se alejan de Dios y creen que lo que tienen es fruto de sus propios esfuerzos. Es entonces cuando todo viene abajo, como lo experimentó Israel, que alejado de Dios se volvió frágil.

El libro de Josué atribuye esta situación a que también Dios «vuelve la espalda» a quien lo rechaza (v. 14); sin embargo, ante la desesperanza de su pueblo hace surgir caudillos –que la historia de Israel conoció como «jueces»– que lo sacaran adelante. Después de la muerte de Josué hubo 15 jueces; la concepción de juez en aquel tiempo era distinta de la actual. El juez que refiere el relato bíblico era un líder que encabezaba a su pueblo en las campañas militares contra los enemigos, pero que, en algunos casos, también se encargaba de resolver cuestiones difíciles al interior de la comunidad. Esta potestad no era dinástica sino más bien carismática, por ello los jueces sólo aparecían en la historia cuando la comunidad se veía enfrentada a situaciones difíciles. Pero cada vez que moría un juez, el pueblo volvía a su antigua condición de pecado (v. 19).

Jc 4, 4-16 Cuando los israelitas estaban bajo la opresión de Jabín, rey de los cananeos, suplicaron al Señor que los ayudara. En aquel tiempo Débora, una valiente profetisa, fungía como juez en Israel. Un día, ella mandó llamar a un hombre llamado Barac para que combatiera al frente del ejército que lucharía contra los cananeos. Barac no quiso ir solo y pidió a Débora que los acompañara en la campaña. Así lo hizo Débora y, una vez que sabiamente vislumbró el momento propicio, dio la orden de ataque. Aquel día, los israelitas obtuvieron una sorprendente victoria, y Débora y Barac cantaron alabando a Dios por esta manifestación portentosa de su Providencia.

Las mujeres han tenido un importante papel en la Historia de la Salvación; su aportación generosa en todo aquello que ayuda a mejorar los ambientes sociales es invaluable. Como Débora, las mujeres de fe deben hacerse acompañar de la presencia de Dios, de su Espíritu, y podrán así servir a la humanidad en grande. Un ejemplo es Irena Sendler, enfermera polaca, que durante la Segunda Guerra Mundial ayudó y salvó a más de 2500 niños judíos del Ghetto de Varsovia.

Jc 6, 11-16; 7, 14-22 Dios envía a su Ángel en busca de Gedeón, un hombre fuerte que trabaja a escondidas de los madianitas; éste no estaba de acuerdo con la situación de opresión e injusticia que vivía su pueblo. Gedeón recibe el llamado de Dios para liberar a Israel utilizando toda su fuerza, pero en un primer momento actúa como lo haríamos muchos, anteponiendo nuestros límites. Y sin embargo, Dios sólo responde: «podrás hacerlo porque yo estaré contigo» (v. 16).

Con apenas trescientos hombres, Gedeón arremetió contra los madianitas y obtuvo la victoria sobre el ejército enemigo, gracias a la ayuda de Dios y a su inteligente plan. Este gesto se repite en varios relatos vocacionales de la Sagrada Escritura (cf. Ex 3; Is 6; Jr 1). El denominador común es que quien es llamado experimenta sus límites y carencias, pero, finalmente, responde al saberse acompañado. Dios da señales ciertas de su presencia y da confianza al que camina vacilante. En Él está la garantía de nuestra misión: no vamos fiados en nuestras capacidades humanas, sino en su poder ilimitado. Así que no cabe anteponer el miedo a la llamada que se recibe, pues los cobardes se quedarán siempre al margen de la Historia de la Salvación, como simples espectadores.

 

IV. LOS DONES DE DIOS. HISTORIA DE SANSÓN

Dios nunca nos pide algo sin darnos lo necesario para realizarlo. Todos nosotros tenemos dones, es decir, regalos que Dios nos ha hecho. No hay nadie que haya sido privado de estos regalos, pues del mismo modo que el obrero necesita de sus herramientas, el cristiano necesita de los dones para poder servir. No olvidemos que el bien común depende de cada uno de nosotros.

Cuando el hombre no emplea sus dones para hacer el bien puede causar grandes estragos. Pensemos por ejemplo en los dones que tienen los que se han entregado al reino del mal: inteligencia, sagacidad, valentía y otras muchas cualidades las poseen los traficantes de personas, de armas o de drogas, por poner algún ejemplo. Pero siendo dones tan valiosos, puestos al servicio del mal se convierten en armas mortíferas para la humanidad.

Así que todos tenemos dones, y debemos reconocerlos y ponerlos al servicio, con humildad. Algunos, por «exceso de humildad», se quejan tristemente ante los demás de no haber recibido dones. A estos habría que preguntarles: ¿no tienen vida?, ¿no tienen corazón para amar?, ¿entendimiento para orar o brazos para trabajar? Estas ideas, aparentemente humildes, niegan la Providencia Divina, que da a todos dones y carismas como quiere y cuando quiere, siempre con sabiduría. «La verdadera humildad no consiste en ocultar lo que el Señor nos ha dado, sino en revelar al autor de lo que tenemos» (Czo. 292).

Jc 13, 2-5 El más famoso de los jueces fue Sansón, a quien Dios entregó un don especialísimo: una fuerza excepcional. Pero Sansón es famoso porque no supo usar su don con inteligencia y, sobre todo, siendo fiel a Dios. Habiendo sido llamado para hacer el bien a Israel, Sansón puso en conflicto a su pueblo contra los Filisteos. Como le gustaba satisfacer todos sus vicios, Sansón terminó siendo una ruina para sí mismo y para Israel.

Ya desde su nacimiento, es evidente el amor especial que Dios tenía pos Sansón. La madre de este caudillo, siendo estéril, recibe el anuncio de un ángel de Dios que le dice que concebirá un hijo a quien debe criar como a un consagrado, pues, le dará la misión de liberar a su pueblo de la opresión filistea.

Y Sansón creció así con el espíritu de Yahvé, y pronto empezó a lucir la fuerza física extraordinaria que poseía. Este don, como todos los que Dios concede, es para realizar el servicio que Él mismo nos pide. Por ello Sansón fue favorecido para que por medio de su fuerza liberara a su pueblo de los filisteos. Pero Sansón tuvo graves defectos en el cumplimiento de su misión, defectos que se acentuaron por no saber amar a Dios. Veamos algunos de ellos:

  • Su pasión por las mujeres metió a Sansón en muchos problemas que lo distrajeron de su misión liberadora. Por principio de cuentas, puso sus ojos en una extranjera a pesar de que la Ley Israelita no le permitía uniones con mujeres paganas (14, 1-3).
  • La fuerza física que poseía le hacía sentirse seguro y capaz de alcanzar cualquier cosa que deseara. Nunca tuvo tiempo para preguntarse: ¿qué quiere Dios de mí? Y así, entre pasiones y deseos superficiales, fue desperdiciando poco a poco el tiempo precioso de su juventud. Esta misma debilidad llevó a Sansón a pleitos y venganzas que irritaron a los filisteos, los cuales decidieron atacar a los israelitas (15, 4-5. 9-16).

Jc 16, 4-31 Sansón va a experimentar la misma moraleja de todo el libro de los jueces pero ahora a nivel personal. Instalado en la fama y en la prosperidad se olvida de su misión y se casa con Dalila, que se va a encargar de sacarle el secreto de su fuerza para venderlo a los filisteos. Al dejarse llevar por sus pasiones y deseos, Sansón desobedece a Dios y pierde su fuerza.

El hombre de hoy, que cree alcanzar la felicidad en las diversiones y vicios, nunca tendrá satisfacción; después de tanto hartarse y llenarse de las cosas del mundo, su superficialidad le hará sentir vacío, ausencia, tedio..., para que por primera vez en su vida se plantee la pregunta ¿es esta la felicidad?

En Sansón se cumple el viejo dicho «se muere como se vive». Siendo él, un hombre apasionado y violento, no pudo tener otro fin (16, 22-31). Engañado y ya sin fuerzas sintió coraje al oír las ofensas y burlas que le hacían. Así que le pidió a Dios la fuerza suficiente para vengarse de los castigadores. Dios le restituyó su fuerza y al grito de «muera yo y todos los filisteos» acabó con su propia vida y la de muchos filisteos, tantos como nunca había matado.

De este modo, terminamos con la vida de Sansón, un hombre consagrado y enriquecido por Dios con muchos dones, pero lleno también de debilidades y defectos que opacaron su misión liberadora. Es la historia de un hombre como cualquiera de nosotros que tiene una misión específica en la comunidad y que viene a cuestionarnos. ¿Qué tanto pongo al servicio de los demás los dones y habilidades que Dios me ha concedido? ¿Qué tanto me he dejado envolver por los vicios y pasiones que empobrecen mi generosidad?

 

TAREA no. 6

1. ¿Qué es lo que unía a las tribus de Israel y por qué las hacía fuertes?

2. Dios otorga a cada uno de nosotros sus dones para ponerlos al servicio de los demás. Describe los carismas que Dios te ha dado y procura interpretar lo que él quiere que te hagas en la vida.

3. Demuestra con un episodio bíblico el dicho «a Dios rogando y con el mazo dando».

4. ¿Qué pasa con el hombre que en situaciones de apuro se acerca a Dios humildemente para pedirle ayuda a sus problemas?

5. ¿Cuál sería la historia de los pueblos si los poderosos utilizaran su inteligencia para ayudar a los más necesitados?

 

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