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SEXTA LECCIÓN:

DAVID, EL REY SEGÚN EL CORAZÓN DE DIOS

 

I. INTRODUCCIÓN

Como consecuencia del pecado original, existe en la naturaleza del hombre una gran flaqueza que es necesario reconocer para comenzar a vivir bajo la mirada de Dios. La Historia de la Salvación nos muestra que también quien es grande a los ojos de Dios es vulnerable, sujeto de fracasos y graves pecados. Pero ante este cuadro triste de nuestra realidad, brilla la misericordia de Dios, que está atento y dispuesto a levantar de sus caídas a los que en Él confían, mucho más que en señalarlos como culpables.

Empecemos esta lección diciendo: «Permítenos, Señor, entrar en el misterio de tu amor y misericordia reconociendo que somos pecadores y que necesitamos de Ti; así, junto con todos los bienaventurados podremos cantar tus maravillas al mundo. Amén». (Ave María y Gloria).

 

II. EL PUEBLO PIDE UN REY

1Sam 8, 5-22 Israel se ha cansado de ser dirigido por el anciano Samuel y teme que sus hijos ocupen su puesto, pues son malvados. Este pueblo cree que teniendo un rey asegurará su porvenir, un rey como lo tienen las demás naciones. En cierta forma, el pueblo no rechaza a Dios, sino que pide un rey porque piensa que un gobierno «de brazo fuerte» lo unificará y lo encaminará a su prosperidad.

Dios nunca se niega al progreso, y va a concederle este deseo a Israel. Pero antes, le advertirá que nada es perfecto y que no le conviene olvidarse de que Él dirige su destino. Por eso le mostrará las desventajas de todo gobierno humano. Primeramente, si un gobernante llega a cerrarse a los consejos divinos se convierte en tirano que toma por esclavo al pueblo. Pensemos que ésta es una experiencia que se comprueba en la historia los sistemas totalitarios –como el comunismo, que se desarraiga de la religión y acaba con libertad de iniciativas personales convirtiendo las sociedades en organizaciones destructoras de los derechos humanos–. Gandhi decía que «una política sin religión es porquería». No obstante estas advertencias, el pueblo quiso tener un rey para que lo encabezara en los combates y peleara por él.

1Sam 9, 11-27; 10, 1-3 Saúl era un muchacho pobre y sencillo que buscaba las burras extraviadas de su padre cuando fue llamado por Samuel para ser ungido como rey de Israel. Desde aquel día, el espíritu de Yahvé permaneció en él, y Saúl condujo al pueblo a numerosas conquistas. Grandes fueron las victorias que Saúl obtuvo porque se mostró dócil a los planes de Dios. Con el reinado de Saúl, el pueblo de Israel comienza una nueva etapa en su historia.

Hay que comprender que el profeta Samuel representaba toda una tradición antigua que no quería que Israel tuviera un rey, lo que aparentemente negaba a Dios. En cambio, los reyes representan el ala progresista, la iniciativa del hombre para lograr una forma más justa de gobierno. Pero para evitarle un fracaso al pueblo, Dios va a reservarse el derecho de elegir al rey de acuerdo a su corazón y gran sabiduría.

La humildad va a ser el criterio que Dios utiliza para elegir sus representantes, pues es la virtud que ayuda el hombre a confiar en Él: «El humilde está abierto a la mirada del Señor y goza de su ayuda. El soberbio se cierra a su mirada y es impotente para hacer el bien» (Czo. 347). Es por ello que, cuando Saúl se olvida de ser fiel al Señor que lo eligió, deja de ser un instrumento valioso. Su pecado consistió en desconfiar del poder de Dios que lo llevaba a la victoria. Ante la presión de muerte de los filisteos, el rey se dejó llevar por criterios humanos y acabó por convertirse en el primer obstáculo de las conquistas de Israel (cf. 1 Sm 13, 5- 14). Con todo esto, y a pesar de ser el rey, Dios le retirará su favor y buscará a otro que esté a su servicio.

 

III. DAVID, EL REY ELEGIDO

1Sam 16, 7-13 En la elección de David se nos descubre la manera en que Dios elige a los suyos. Él prefiere «lo poco» para hacerlo valer delante de los hombres. Jesé y su hijo David son pastores de una pequeña tribu, y viven en el pueblito de Belén. David es el hijo menor de Jesé, aparentemente el menos apto para la misión de rey. ¡Pero Dios no se fija en esas cosas! Él conoce bien lo que elige para llevar a cabo su obra y no juzga las apariencias, sino el corazón del hombre. El v. 7 reitera esta idea: «Yahvé mira el corazón».

San Pablo nos dirá más adelante que: «Dios escoge a los que en el mundo no tienen importancia, son despreciados, de modo que nadie puede sentirse orgulloso delante de Dios» (1 Co 1, 28).

1Sam 17, 26-51 Una vez elegido rey de Israel, David se llenó de la fuerza de Dios y decidió enfrentar al gigante filisteo Goliat. Se dispuso a pelear armado solamente con la fuerza de Dios, seguro y confiado en que Él le daría la victoria.

En el v. 45 encontramos todo un programa de vida para enfrentar a los enemigos de nuestra vida espiritual: «Tu vienes a pelear conmigo armado de jabalina, lanza y espada; yo en cambio, te ataco en nombre de Yahvé, el Dios de los ejércitos de Israel». David alcanzó la victoria porque confió en el poder de Dios.

El primer paso que debe dar una persona para superar dificultades graves es reconocer la superioridad de éstas y su poca fuerza para enfrentarlas. En esto consiste la verdadera humildad: aceptar nuestra debilidad y dejar que el amor de Dios actúe en nosotros. Es interesante ver que los miembros de los grupos de autoayuda –como el de «Alcohólicos Anónimos» (AA), por ejemplo– han descubierto que para poder superar la enfermedad es indispensable, primeramente, aceptar la incapacidad, y, posteriormente, confiar en «el poder superior». Él es Dios, de quien viene la fuerza para vencer lo invencible.

Cuanto mayor sea nuestra confianza en el Señor, mayor será nuestra capacidad de ser «testigos de sus victorias». Seremos como David, que con decisión empuñó la espada en nombre de Dios y cortó la cabeza de Goliat. El triunfo del joven David demuestra que la victoria es de los que confían en Dios. Con ese ánimo y decisión debemos enfrentar el pecado y la tibieza. Santa Teresa afirmaba que para vencer al mal y perseverar en el bien hace falta una determinación que se nutre de la idea fuerza: «Sólo Dios basta para vencer».

1Sam 18, 10-11 Después del triunfo sobre Goliat, David se ganó el aprecio y la simpatía de todo el pueblo. Desde ese momento, Saúl se amargó la existencia. Saúl era todavía rey de Israel, pero David ya había sido ungido en secreto, y era ya más fuerte y famoso porque contaba con el favor de Dios. Ciego de frustración, Saúl comenzó a buscar la manera de acabar con David, porque: «La envidia roe y corroe la raíz de la vida, y termina matándola» (Czo. 873). Debemos aprender la lección, pues nada hay peor que sentir envidia de un elegido de Dios.

2Sam 6, 14-15 A la muerte de Saúl, David fue proclamado oficialmente rey de Israel (1 Sm 31; cf. 2 Sm 5, 1-4); contaba con la asistencia divina en todas sus empresas y encabezó al ejército en numerosas batallas. El nuevo rey era el escogido de Dios, que vino a unir al pueblo dividido y ser el centro visible de su presencia entre los hombres.

Una frase de la Biblia explica la personalidad de David: «Yahvé está contigo» (2 Sm 7, 3). De ahí se explica su fe y su piedad, su celo por el Arca y el culto, su éxito en todo lo que se proponía. Pero la verdadera grandeza de este rey consistía en su profunda confianza y fidelidad a Dios, de quien le venía la unción. ¡David es el hombre según el corazón de Dios! (2 Sm 24, 14). Al mismo tiempo, su presencia convierte a Jerusalén en la ciudad de David, ciudad santa signo de la presencia divina.

La fidelidad probada de David es recompensada por Dios con una promesa de alianza perpetua, un trono perpetuo: la familia de David iba a estar siempre ante la vista de Dios. Un «hijo de David» iba a prolongar su reinado. De este modo David es un eslabón muy importante en la Historia de la Salvación. Recordemos que Jesús, por la familia de José, es auténtico hijo de David, y la Virgen María, con toda razón, será llamada la «Torre de David».

2Sam 7, 14-15 Una de las principales cualidades de David era su alegría; la convicción de la presencia divina en el Arca le proporcionaba salud y gozo, y alababa a Dios cantando, bailando, aplaudiendo… Él es el poeta-músico de Dios, que bailaba para Él con todas sus fuerzas, porque sabía que todo es poco para manifestarle su agradecimiento.

Que esta actitud del rey David nos lleve a revisar nuestra oración y nuestra participación en la oración, el culto, los sacramentos. ¿Nos llena de gozo recibirlos? Recordemos que la alegría verdadera es fruto del encuentro con Dios. Es impensable y absurdo que haya cristianos tristes y vencidos. El hombre de Dios, como David, es un hombre alegre por excelencia. San Felipe Neri y Santa Teresa coincidían en decir que «la tristeza es el triunfo del Maligno», y San Ignacio de Loyola afirmaba: «Donde reina la alegría allí reina Dios, y donde siempre hay tristeza con seguridad está Satanás».

 

IV. EL PECADO DE DAVID

2Sam 11, 1-17 Estando David en el culmen de su reinado, de su fama, de su poder, y en pleno gozo de la bendición divina, vino a caer en un gravísimo pecado, lo que prueba que aun los grandes ante Dios, cuando se descuidan, tienen sus tropiezos.

Sucedió «en el tiempo que los reyes salen a campaña» pero David no salió. Prefirió quedarse en el palacio, en lugar de salir a ganar conquistas para su pueblo.
La Escritura narra los detalles. David se acostó con una mujer casada dejándola embarazada, y, para cubrir su falta, mandó eliminar al marido de esta mujer. ¡Qué bajo había caído el rey David!

Dos cosas aprendemos de esta situación: en primer lugar, que la causa del pecado de David fue la pereza. Un sabio dicho afirma que la pereza es la madre de todos los vicios. El incumplimiento de nuestras obligaciones, la irresponsabilidad y la mediocridad de vida son la antesala de fallas más graves. «El ocio es el campo de batalla donde siempre gana el Demonio» (Czo. I, 887).

En segundo lugar, es evidente también que si no decidimos cortar de tajo una situación pecaminosa, caeremos irremediablemente en una más grave. El Demonio está al acecho, como león rugiente, y espera un descuido para filtrarse en nuestra vida y llevarnos al fracaso (cf. 1Pe 5, 8- 9).

2Sam 12, 1-9 Muchas veces se puede actuar con suprema astucia si se está decidido a cometer una falta para saciar un deseo desordenado, pero a Dios no lo podemos engañar. Esto fue lo que ocurrió con David, cuyo pecado quedó oculto a los ojos de los hombres pero no a los de Dios, quien valiéndose del profeta Natán descubre al rey la gravedad de su falta. La historia sencilla que plantea Natán a David es suficiente para hacerlo volver a su identidad de Ungido; rápidamente se da cuenta David de que ha ofendido a Yahvé.

El pecado hizo que David perdiera su pureza de corazón y su justicia para con el prójimo. Se trata nada menos que de alguien a quien Dios había mirado con especial predilección: ¡cuánto nos revela este suceso sobre la miseria del hombre! No obstante que Dios mire con especial misericordia a alguno de los suyos, éste puede fallar si se descuida y se entrega a los vicios, aunque sean pequeños.

La palabra de Dios le hace cobrar a David conciencia de la gravedad de sus pecados; le proporciona un juicio sereno sobre su actitud y lo invita al arrepentimiento. Las cosas se dieron así porque David no se cerró a reconocer su falta frente al profeta, sino que la reconoció cabalmente y se dolió de su miseria. Hay que aprender la lección.

 

V. EL ARREPENTIMIENTO

2Sam 12, 13 David reconoce humilde y responsablemente su culpa. La actitud de Dios es, sin artificios, la que todo pecador espera de un padre misericordioso: es amor sin límites que busca al hombre para que éste se vuelva a su lado.

No obstante la magnitud de su pecado, Dios perdona a David porque ve en él un arrepentimiento sincero. No hay pecado tan grande que Dios no pueda perdonar, porque su misericordia siempre rebasa nuestro entendimiento y nuestra maldad.

Son muchas las personas que no buscan la reconciliación con Dios porque piensan que sus faltas son tan grandes que no alcanzan perdón, o que Dios los está esperando para cobrarles las ofensas. Otro gran número de personas prefieren seguir en su actitud de pecado por no estar dispuestas a cambiar. En ambos casos falta un conocimiento de la infinita misericordia de Dios, que anima a no dejarnos vencer por el pesimismo frente a nuestra realidad de pecadores ni hacer las paces con el mal.

La compasión y generosidad de Dios nos invitan a postrarnos hacía Él y confesarle nuestras miserias, pidiendo su ayuda para nunca volver a ofenderlo. Santa Teresita del Niño Jesús, muy segura de la misericordia divina, se repetía constantemente «Si yo cometiese todos los pecados del mundo no me detendría en el curso de mi carrera. Con el corazón roto por el arrepentimiento iría a echarme en los brazos de Dios, segura de su perdón».

1Re 3, 9-14 A la muerte de David, su hijo Salomón fue nombrado rey de Israel, y éste fue un magnífico gobernante porque gozaba de sabiduría extraordinaria y gran diplomacia. Su época fue la más esplendorosa de toda la historia de Israel, y en ella se construyó el Templo. El reino de Israel se extendió ampliamente.

Siendo Salomón muy joven queda a cargo de Israel. Temeroso de no poder guiar al pueblo, Salomón se debate en la intranquilidad, y Dios le da la posibilidad de pedir para él lo que quiera. Y antes de pedir riqueza, fama, larga vida o más gloria que David, su padre –como sería lógico–, Salomón pidió que se le concediera sabiduría para poder gobernar con justicia. Dios, conforme a su gran generosidad, da a Salomón más de lo que pide. Así que le concedió no sólo esta sabiduría, sino también prosperidad y riqueza, tanta como no hubo nunca en Israel.

Este hecho nos recuerda la frase evangélica: «Busca primero el reino de Dios y su justicia y lo demás vendrá por añadidura» (Mt 6, 3). Lo mismo que Salomón, un cristiano que se empeña en cumplir con la voluntad de Dios se confía a su Providencia, seguro de que nada puede faltarle. El reino de Dios es el tesoro del cristiano, lo dice el cincelazo 1117: «Estamos convencidos de que Cristo es nuestra riqueza, ¿por qué andar buscando bienes efímeros para satisfacer nuestro egoísmo?» La fe nos da la seguridad de alcanzar el reino de Dios ya en ésta vida.

Para concluir esta lección conviene orar con el salmo 51 y pedir la capacidad de reconocer siempre la gravedad de nuestros pecados. Esto nos dará la disposición necesaria para acoger la infinita misericordia divina.

 

TAREA n.º 7

1. ¿Cuál es el criterio que Dios utiliza para elegir a los reyes de Israel?

2. ¿Qué enseñanza descubres en el debate que hay entre David y Goliat antes de empezar el duelo?

3. Describe con un ejemplo cómo la envidia corroe la existencia de una persona y la hace cometer barbaridades.

4. ¿Cuál debe ser nuestra actitud al convencernos que somos pecadores?

5. ¿Habrá un límite para la misericordia divina?

 

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