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SÉPTIMA LECCIÓN:

LOS PROFETAS HABLAN EN NOMBRE DE DIOS

 

I. INTRODUCCIÓN

En la Sagrada Escritura y la Tradición cristiana en general, el profeta no es un brujo ni un visionario del futuro, sino alguien llamado por Dios para anunciar sus maravillas y denunciar todo tipo de violaciones a su santa ley. En una palabra, profeta es la persona llamada por Dios para hablar en su nombre. Todo bautizado está llamado a cumplir esta misión en el mundo, no sólo denunciando errores e injusticias, sino también anunciando el amor de Dios para los hombres (cf. 1 P 2, 9).

A través de esta lección, los profetas del Antiguo Testamento volverán a hablarnos con la palabra de Dios, siempre actual, sacudiendo nuestras conciencias y nuestros corazones. El Salmo 2 es la plegaria del orante que experimenta conflictos por tratar de ser fiel al Señor, y es óptima para disponer nuestros corazones al mensaje de los profetas. Después de recitarlo, digamos también: «Señor, te pedimos que nos llenes de tu Santo Espíritu para que todo lo que nos participas podamos llevarlo a los demás».

 

II. QUIÉN ES UN PROFETA

Como ya se dijo arriba, el profeta es el enviado de Dios que, a lo largo de la Historia de la Salvación, representa la voz autorizada para anunciar sus mensajes y corregir las fallas de su pueblo. Por excelencia, los cristianos estamos llamados a ser los profetas de hoy, porque Dios ha constituido a su Iglesia como el pueblo elegido para anunciar sus maravillas (cf. 1 P 2, 9).

Los profetas del Antiguo Testamento iluminan nuestro caminar, pues son ellos los hermanos mayores y maestros en el difícil arte de la profecía. Escuchemos las enseñanzas que nos dan los textos vocacionales de dos de ellos, Jeremías e Isaías.

Jer 1, 4-10 Ser profeta no es cosa que parta de la iniciativa humana, sino de un llamado especial de Dios: Él es el autor de toda vocación, y el hombre debe responder (1 P 3, 20-22).

La vocación es una dimensión humana importantísima, pues de la vivencia de la misma depende la felicidad particular y comunitaria, al tratarse de una iniciativa divina en favor de los hombres. El profeta es un ser desarraigado de sí mismo y del mundo para ser de Dios. El profeta, como ser humano que es, experimenta sus límites y carencias (v. 6). No obstante, ésta es la voluntad del Señor: valerse del hombre para salvar al hombre.
«Irás a donde yo te mande... » (v. 7). No hay límites ni horizontes para la labor profética.

Los límites del profeta son los límites del mundo. La flojera y el ocio de muchos bautizados demuestran la carencia de amor a Dios y al prójimo, lo que mata el espíritu profético. El profeta ha de estar absolutamente disponible para hacer no su voluntad, sino la voluntad Del que lo envía: «como el barro en las manos del alfarero» (cf. Jr 18, 6).

Curiosamente, en el v. 10 se insiste especialmente en que Jeremías está llamado a emprender obras de destrucción y emitir oráculos que le acarrearán grandes sufrimientos; también edificará y plantará, lo que implica que gozará los frutos de una vida nueva. Esto produce esperanza en el profeta: Dios va a formar un pueblo nuevo a partir de las ruinas que quedarán como consecuencia de la profecía.

Jer 15, 16-21 La condición de Jeremías de formar parte del pueblo es la doble fuente de su sufrimiento, porque sufre con él y porque tiene que estar separado de él. Pero Dios no sólo no acepta los reclamos de Jeremías, sino que le exige que comprenda que es necesario que esté en oposición a su pueblo. El Señor le promete a su enviado que estará con él en todo instante, pero esto no garantiza que no tendrá sufrimientos (v. 20).

El profeta tiene que dejar de quejarse y seguir avanzando en su proceso de conversión. Ésta es la pedagogía de Dios: no deja en paz a sus amigos, siempre les exige una mayor entrega. Santa Teresa de Ávila dirá que es por eso que «Dios tiene pocos amigos».

Is 6, 1-8 El llamado que recibe Isaías se da en el marco del Templo y en el contexto de un pueblo endurecido en lo religioso. El texto desarrolla en etapas la experiencia: 1) una visión de la gloria de Dios que le hace testigo de la santidad divina. 2) Una purificación que le hace el Señor al profeta, con lo que le concede estar ante su presencia sin ser destruido. 3) La llamada formal a la misión, que se expresa mediante la disponibilidad total. De esta forma queda patente que la vocación profética parte de una experiencia espiritual tan intensa, que sólo así se explica la actitud del profeta ante el pueblo.

Los profetas son los portavoces de Dios, pues Él los envía; mediante ellos hace sentir su presencia y comunica su voluntad. Los profetas viven el drama de la dureza de sus contemporáneos, por un lado, y la exigencia de la misión que tienen, por el otro. Es tan vivo el lazo que se crea con Dios, que es imposible sustraerse a Él.

La experiencia del profeta le permite conocer a Dios de una forma siempre nueva pero, por ser su vocación de orden personal, los demás no siempre van a poder entender a los profetas, a pesar de que siempre son necesarios.

 

Profeta es quien muestra el culto que agrada a Dios

Jer 7, 1-11 Los fanáticos de la religión no son las personas que buscan frecuentemente las cosas de Dios y entregan a su servicio con sinceridad, sino los que dicen que creen en Él y viven haciendo lo contrario de lo que pide su doctrina, hundidos en la mediocridad religiosa.
Jeremías condena esta situación y compara a Israel con Siló, el centro de culto del reino del Norte desde tiempos de Josué (v. 12; cf. Jos 18, 1; Jue 21, 19). De la misma manera que aquel santuario no pudo salvar a Israel de la invasión asiria (722 a. C.), tampoco el santuario de Jerusalén es garantía de invulnerabilidad para Judá. El motivo de esto es la insinceridad del pueblo de Dios.

El profeta critica fuertemente el Templo y todo lo que se relaciona con él porque los de su pueblo asistían a este lugar para ofrecer, de vez en cuando, algunas víctimas, pero fuera del templo vivían entre borracheras e infidelidades de toda índole. La misma crítica vale para este tiempo: ésta no es la religión que agrada a Dios.

No caben en la casa de Dios quienes viven mal y fingen honradez. Lo que quiere el Señor es amor y conocimiento de su palabra, y no devociones vacías. Pero quede bien claro que lo anterior no significa que a Dios le dé igual si asistimos al templo o no. En su sentido más profundo «asistir al templo» es la expresión de una práctica sincera de la fe y de la comunión entre hermanos. Rechazar el templo es rechazar la voluntad de Dios, que quiso instituir «el templo» con esta finalidad (cf. 2 S 7, 12-13).

Os 6, 6; Is 1, 11-17 Oseas e Isaías expresan una temática propia del mensaje profético: Dios no acepta el culto vacío de justicia (cf. Am 5, 21-24; Sal 40, 6-7). El mal generalmente empieza por una religión pervertida, por eso el Señor manifiesta un profundo rechazo al culto con las manos llenas de sangre. Dios espera que el pueblo recapacite sobre su proceder y busque la purificación, y junto con ella, la justicia y bienestar social. La relación entre religión y justicia social es indisoluble, porque estas dos dimensiones arman el tejido de la sociedad humana. La justicia y la solidaridad con el necesitado requieren de una sensibilidad que sólo la vivencia sincera de la religión puede dar; de lo contrario, la sociedad se deshumaniza, y esto descompone el ambiente en sus mismas raíces.

Pero hay que aclarar que de ninguna manera son condenables las devociones en sí mismas: ¡son valiosos recursos para las almas animosas que buscan llenarse de Dios y servir mejor! Lo que condena la palabra de los profetas son aquellas prácticas que no pasan de ser actos vacíos que desfiguran el rostro de la verdadera religión. En no pocos ambientes, por ejemplo, se corre el peligro de convertir los sacramentales como el agua bendita y las bendiciones en general en buenos «tapa conciencias», supersticiones que nos impiden crecer en la fe.

Am 5, 21-23 El profeta también habla duramente contra las fiestas que se dicen «religiosas», pero se convierten en puro pretexto para el vicio y el despilfarro. Dios, la Virgen María y los santos no necesitan de bailes y comilonas; de hecho, es el ser humano el que necesita vivir una religiosidad auténtica que se haga acompañar de justicia y caridad.

Los organizadores de las llamadas «fiestas patronales» deberían conocer muy bien este tipo de textos para cuestionarse sobre la autenticidad de sus eventos. Lo que realmente agrada y complace a Dios es la conversión de los feligreses. A propósito de ello, habría que pensar en la manera de corregir el tradicionalismo que no permite dar un buen testimonio del nombre cristiano. Es una tristeza, por ejemplo, que el dinero se «queme» escandalosamente en música, flores y cohetes habiendo tantos hermanos que carecen hasta de lo más indispensable para vivir.

El profeta Oseas insiste con claridad: «El Señor quiere amor y conocimiento de su Palabra» (6 ,6) ¡Ya es hora de que los defensores de «tradiciones» se resuelvan a transformar las parroquias en centros del culto cristiano!

 

Profeta es quien denuncia las injusticias

Am 2, 6-7 Los primeros dos capítulos de Amós contienen oráculos contra las naciones, incluidos Judá e Israel. Más todavía: es a Israel a quien se le imputa el mayor número de crímenes. El Señor muestra su descontento ante tantas maldades y se pronuncia en contra de ese proceder. En este oráculo, Israel es presentado como el pecador más grande. Las acusaciones son más que justas: oprimen a los pobres, viven un culto vacío e hipócrita, se niegan a vivir la enseñanza de los profetas. La injusticia, opresión, promiscuidad e idolatría de este pueblo han llegado al extremo, pues van en contra, incluso, de la misma dignidad humana.

Israel sabía de antemano cómo piensa Dios, pues Él mismo les había dado su ley. No hay entonces modo de justificar su proceder. Se observan aquí la fragilidad y la debilidad humanas: cuando el hombre se deja conducir por sus propios intereses, olvidando el camino trazado por Dios, le sobrevienen el infortunio y la destrucción.

Mi 2, 1-2 Miqueas de Moréset (1, 1) es recordado en la historia de la salvación como el profeta de los agricultores. Fue enviado por Dios para hablar en contra de la infidelidad del pueblo elegido, el cual se había vuelto rebelde y había asumido costumbres paganas. Su predicación debió ser impresionante, pues incluso un siglo después los habitantes de Jerusalén seguían recordando su mensaje.

Con gran expresividad, Miqueas mostró las consecuencias del pecado, el reclamo de la conciencia ante el propio mal. El profeta defendió a la población rural que era víctima de la crueldad de la clase dirigente de su entorno. En su profecía, el Señor habló fuerte a los que se desviaban del camino correcto.

Los hombres prepotentes y egoístas de Israel se creían dueños de las vidas de los demás y sólo velaban por sus propios intereses, confinando a sus hermanos, sin escrúpulo alguno, a la miseria. Pero Dios conoce el corazón de los malvados, y si en ellos no cabe el arrepentimiento y la corrección de sus actos, sufrirán las consecuencias. Tan comprometido está Dios con el hombre que se preocupa por su vida espiritual. Su palabra es una llamada de atención que corrige las actitudes de los que ama, pues no quiere que se pierdan. Y espera con paciencia a que el pueblo pecador cambie.

 

Profeta es quien condena el rechazo a Dios

Jer 2, 12-13 «Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se hicieron sus propias cisternas, pozos rotos que no retienen el agua» (v. 13). El profeta denuncia el rechazo a Dios que acarreará la ruina, porque Israel dejó su gloria, Dios, por refugiarse en seguridades humanas como Egipto y Asiria (v. 18). Hoy también se vive en el mundo el rechazo de Dios, y éste se manifiesta de muchas formas. Una de ellas es el caso concreto de la superstición, que padecen quienes tienen una fe pobre o nula en Dios, precisamente por poner la confianza en quienes no dejan nada que vivifique, y sólo «vacían los bolsillos», abusando del sufrimiento humano.

Os 4, 1-7 En su vehemente predicación Oseas no tiene miramientos con nadie: se lanza tanto contra el sacerdote como contra el profeta porque estos no enseñan la palabra de Dios. Su crítica es fortísima contra toda una sociedad que rechaza al Altísimo: «todos por igual me han ofendido pues me ha dejado a Mí, su Gloria, para seguir a sus ídolos, su vergüenza» (v. 7).

La poca preocupación por la enseñanza de su Palabra fue la causa del enojo de Dios para con los sacerdotes y profetas del tiempo de Oseas. Hoy que vivimos los tiempos de la Nueva Alianza, no podemos ignorar que el reclamo del Señor tiene vigencia, pues el sacerdote y el profeta siguen siendo los principales responsables de que los hombres conozcan o no la palabra de Dios. Y esos sacerdotes y profetas somos todos los bautizados en alguna medida –y no sólo los ministros ordenados–, según 1 P 2, 9.

 

Profeta es quien anuncia la Nueva Alianza

Jer 31, 31-34 La antigua Ley había fracasado. Las imposiciones externas no fueron suficientes para lograr la fidelidad del pueblo a Dios. Una y otra vez la Antigua Alianza fue rota. Era necesaria una Alanza Nueva y Eterna. Ésta Alianza es anunciada por Jeremías con una novedad muy especial: será escrita ya no en tablas de piedra sino en los corazones de los hombres. Dios mismo va a transformar los corazones de piedra en corazones de carne (cf. Ez 36, 26). La Nueva Alianza será una alianza interior.

Dios pide también a los cristianos obediencia, pero a diferencia de lo que pasaba con los judíos, éstos cuentan con la ayuda del Espíritu Santo desde el día de su Bautismo. No se puede seguir a Dios sin Dios, es decir, sin contar con su asistencia. También hoy, el hombre que pretenda construir su vida cristiana, apoyándose sólo en sus capacidades y carisma, fracasará en el intento.

La Nueva Alianza consiste en vivir, con la ayuda del Espíritu Santo, la primacía de los valores interiores como la obediencia, el amor y el conocimiento de Dios.

Ez 36, 25-28 Para el hombre bíblico, el corazón representa la sede de la vida psíquica en general: de la inteligencia y la comprensión, de los sentimientos y la voluntad. En la profecía de Ezequiel, la raíz del mal está en el corazón del hombre, que se ha convertido en una piedra: se ha endurecido y ha perdido su capacidad de comprender y de sentir. Pero Dios, en su infinito amor, renovará al hombre, le cambiará ese corazón duro por uno de carne, acompañándolo de un espíritu nuevo. Y es que sólo un corazón capaz de experimentar la compunción es capaz de tomar la decisión de amar.

Esto es lo que Dios desea realizar en cada uno de sus hijos: transformarlos internamente, capacitarlos para acoger la ley divina del amor. Para poder entrar en el Reino de los Cielos se necesita pasar por una purificación, la cual es obra de dos fuerzas complementarias: la de Dios, que da su Espíritu Santo vivificador, y la del hombre, que debe esforzarse día a día en vivir conforme a los valores evangélicos (Mt 5, 8).

Ez 18, 21-27 Este es un texto muy significativo: cuando el hombre reconozca su pecado y se arrepienta de él se hará digno del perdón. Claramente se declara que Dios no desea el sufrimiento ni la muerte de cuantos viven hundidos en el pecado, antes bien, desea su redención. Él no castiga para vengarse; cuando interviene lo hace para corregir. No es Dios quien atrae la desgracia sobre quien vive mal, sino que su propio pecado le condena.

TAREA n.º 8

1. Define al profeta según lo visto en esta lección.

2. ¿Qué contrariedades y dificultades encuentra un profeta en nuestros tiempos?

3. ¿Qué expresa para ti la frase de Jesús: «Nadie es profeta en su tierra»?

 

 

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