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OCTAVA LECCIÓN:

EL HIJO DE DIOS NACE DE LA VIRGEN MARÍA

 

I. INTRODUCCIÓN

El Mesías esperado por los siglos irrumpe en la historia para lograr la nueva y definitiva alianza: Dios está con nosotros. El nacimiento de Jesucristo viene a colmar los profundos anhelos de amor, paz y justicia que laten en el corazón de cada se humano, y Dios, el Padre de Jesús y Padre nuestro nos invita a recordar con amor y apertura este misterio de redención.

El «Magníficat», que es el canto de alabanza de la Santísima Virgen María, es la pieza sálmica que nos introduce, como ninguna otra oración, en la comprensión del misterio de la Encarnación. Oremos a través del Magníficat y bendigamos al Señor por haberse fijado en María para ser colaboradora de su plan de salvación. Nos uniremos en esta alabanza al Padre porque en su amor y misericordia infinita nos ha dado a Jesucristo como Salvador. Después decimos esta oración: «Te damos gracias Señor por el don de la vida que nos concedes, haznos humildes y sencillos para que podamos reconocerte y servirte en los hermanos. Amén.» (Ave María y Gloria).

 

II. EL TIEMPO DE LAS «PROMESAS»

En la lección anterior: «Los profetas hablan en nombre de Dios», hemos tomado conciencia de que Dios no se fija en nuestras virtudes o méritos para llamarnos a colaborar con Él, sino que lo hace por su infinita bondad. Precisamente, uno de los aspectos del mensaje profético es el anuncio de la paz y la esperanza para el pecador arrepentido. La Alianza nueva que Dios pactaría con los hombres y que traería fuerzas para vivir en el cumplimiento de la voluntad divina es la promesa que vemos cumplirse en esta lección.

Is 7, 14 Las promesas de la venida de un Mesías Salvador fueron haciéndose cada vez más insistentes. Ahora es Isaías quien anuncia que el Mesías nacería de una virgen, y el Magisterio de la Iglesia ha reconocido que en esta profecía está prefigurada la Encarnación de Jesús en el seno purísimo de la Virgen María.

Ya desde el principio, Dios había prometido salvar a Adán y Eva de las terribles consecuencias del pecado (cf. Gn 3, 15). Abraham recibió como premio a su fe otra promesa, aquella con la que inicia propiamente la salvación universal: Dios lo bendecirá a él y a todos los pueblos de la tierra. En esta Historia de la Salvación participan hombres como Abraham, los gigantes de la fe que colaboran con Dios. A David, por ejemplo, Dios también le hizo una promesa, la de mantener a su descendencia siempre delante de Él, y esto por medio de un reinado perpetuo.

Todos en Israel eran concientes de lo anunciado en las Escrituras, y cada cual daba su propia interpretación a las promesas. Los oprimidos, sedientos de justicia, deseaban ver en su Mesías a un caudillo poderoso y magnífico que los liberaría de la miseria. Los sacerdotes y fariseos lo imaginaban como el rey deslumbrante de gloria venido de lo alto, el cual se instalaría en el templo para gobernar. En fin, cada quien se hacía su propia idea del Mesías de acuerdo a su gusto o a su conveniencia.

Sólo los anawim, es decir, los «pobres de Yahvé», oraban y se purificaban en el silencio, esperando a su Salvador. Ellos no pretendían comprender a fondo el misterio del Mesías, pero entendían bien que la pureza de vida era necesaria para recibirlo.

 

III. SE CUMPLEN LAS PROMESAS

Lc 1, 26-27 De la casta de David vendría el Mesías, conforme a la promesa que Dios hizo al rey. La elegida para dar cumplimiento a las promesas fue una joven virgen de Nazaret, cuyo nombre es María. Ella, pertenecía al grupo de los «pobres de Yahvé», y no poniendo su confianza en cosas superfluas se fiaba totalmente de Dios esperando esa intervención liberadora que haría una sociedad más justa y fraterna.

Es importante aclarar que de ninguna manera el concepto: «pobre de Yahvé» es una exaltación de la pobreza material o «miseria» en la que viven tantos seres humanos y que ofende a su dignidad de personas. Se refiere más bien al desapego, el desprendimiento con respecto de los bienes –materiales, de estudios, cultura, prestigio, talentos…–, el cual es necesario para poder recibir todo lo que Dios quiere darnos. Los «pobres de Yahvé» son felices no por no tener nada, sino porque están en condición de abrirse al Reino de Dios.

Así se entiende que también muchos «ricos» son «pobres de Yahvé» si viven en esa actitud de desapego de las cosas materiales a pesar de poseerlas, superando el peligro constante de poner en ellas nuestro corazón.

Lc 1, 28-38 La palabra «alégrate» le reveló a María la bondad del gran acontecimiento que estaba por venir. El calificativo: «llena de gracia», hablaba ya de la predilección gratuita de Dios por ella.

Esta joven sencilla de Nazaret, que había consagrado su vida en espera del Mesías, recibe la corona a su fidelidad y pureza. El Altísimo le pide ser colaboradora en su plan de redención. Él elige a los corazones limpios y sencillos que han purificado su vida en la oración. Sólo ellos pueden hacer esta experiencia, porque la pureza de vida permite al hombre acoger los dones divinos con docilidad. El cincelazo no. 1171 nos lo afirma: «Ver a Dios o no verlo, depende de la pureza de nuestra vida».

El Ángel Gabriel también anuncia a María el modo como se iba a realizar el acontecimiento salvador: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti» (v. 35). En adelante, María será el bellísimo templo del Espíritu Santo en el que el Salvador fijó su morada. Así entendemos el título de María como «Arca de la Alianza». Y a la propuesta divina, María responde: «Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí lo que has dicho» (v. 38). Este «sí», generoso, no sólo fue una aceptación personal; María, que representa lo mejor de nuestra raza, lo dijo en nombre de toda la humanidad.

Al momento de proclamar su «hágase» el Hijo de Dios se encarna en el vientre virginal de María. La Encarnación del Hijo de Dios es el misterio más grande de su amor pues, de este modo, se solidariza con nosotros, asumiendo nuestra débil naturaleza. Jesús se hace hombre, nace a través de un parto normal y su madre lo amamanta. Este abajamiento de Dios le permitirá apropiarse de todo lo humano para así poder redimirlo.

Lc 1, 46-48 Este texto es parte de la bella oración conocida como el «Magníficat», de María (vv. 46-55). Es la alabanza de la Madre de Dios a nombre de todos los hombres (v. 48). Ella y la humanidad entera desbordan de alegría por ser sujetos de predilección divina. Es de notar la humildad de María, que nunca se envanece en sí misma, sino que todo lo reconoce y lo agradece a Dios.

La humanidad festeja la gloria de Dios en la experiencia única de María, la criatura a la que Dios elevó y acercó a sí mismo para poder en ella comunicarse con nosotros. La concepción virginal del Hijo de Dios lleva la historia a su plenitud. El Antiguo Testamento queda concluido, las ansias del pueblo de Israel han sido satisfechas con la venida del Salvador.

 

IV. NACIMIENTO E INFANCIA DEL SALVADOR

Lc 2, 6-17 Desde su nacimiento, el Hijo de Dios abrazó la pobreza en toda la extensión de la palabra. Ahora tenemos la seguridad de que no despreciará la pobreza y miseria de nuestro corazón, pues está dispuesto a aceptarlo todo por nosotros.

La Navidad del Señor no debe convertirse sólo un recuerdo de algo que pasó hace más de dos mil años; hay que vivirla como una propuesta seria y exigente también para los hombres de hoy.

Hoy en día, aún hay millones de personas en el mundo que celebran la Navidad. Incluso entre los ateos y los incrédulos hay quienes se sienten impelidos por la fuerza de esta fiesta universal. Lamentablemente, el consumismo y la mercadotecnia han enturbiado el verdadero sentido de este tiempo de paz y alegría verdaderas, pero el cristiano reconoce que no hay alegría más grande que tener a Dios con nosotros, ni paz más profunda que la de saber que Jesús se ha hecho hombre para perdonar nuestros pecados.

Para celebrar auténticamente la Navidad, el texto nos da la clave: «Gracia y Paz a los hombres de buena voluntad» (v. 14). Sí, lo que se necesita es buena voluntad y disposición para que Jesús nazca en el corazón. Santa Teresita del niño Jesús, en su «Historia de un alma», nos habla de que el Señor transformó su vida en una Navidad: «Después de aquella noche bendita, nunca fui vencida en ningún combate. Recibí el gozo de recibir al Dios fuerte y poderoso... En un instante, lo que no había podido hacer en diez años, Jesús lo hizo contentándose con mi buena voluntad, que jamás me faltó».

Esta buena voluntad es la misma que estaba en el corazón de los pastores, también «pobres de Yahvé» que, al enterarse del nacimiento del Salvador, fueron «apresuradamente» a ver al Recién Nacido. Al contrario de todo esto, los poderosos de ese tiempo –reyes, doctores y gobernantes– ¡ni se enteraron del suceso! Permanecieron ajenos porque Dios ha ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has mostrado a los pequeñitos (cf. Lc 10, 21).

Para Dios no importan las razas, lenguas, ideologías o condición social. Él se da a conocer a los sencillos. Por eso los únicos sabios que participaron de esta alegría fueron aquellos que vinieron desde Oriente para adorar al Salvador. Ellos sí reconocieron en Él al Rey de todas las naciones, pues eran pobres en el sentido que venimos diciendo.

Dios se vale de todos los medios para atraer la atención de los hombres; en el caso de los Sabios de Oriente, Dios se valió de los «astros» para llevarlos al encuentro de Jesús. Se piensa que ellos eran astrólogos –en aquél tiempo los astrólogos eran también astrónomos, pues la ciencia empírica no estaba definida como lo está hoy– o sacerdotes persas, cuya su vida se vio iluminada por una Luz mayor que la de todos los astros del universo. Muchos científicos deberían entender esta gran lección de humildad, porque la verdadera ciencia no se opone a la religión. La honesta contemplación de las criaturas lleva inequívocamente a la contemplación de Dios, su Creador (cf. Sb 13, 1-9; Rm 1, 19).

Mt 2, 13-23 Todo el capítulo segundo de Mateo nos habla de los sufrimientos que enfrenta la Sagrada Familia por ser Jesús objeto de una atroz persecución. Herodes, un rey mezquino, temía que le fuera arrebatado su trono; ¡pero el Hijo de Dios no venía por una cosa tan insignificante! No obstante, la matanza de tantos niños inocentes nos habla de la sevicia de este infeliz hombre que tiembla de miedo ante el Salvador.

La persecución contra Jesús es cosa que nunca ha desaparecido de este mundo. Desde su nacimiento hasta nuestros días, siempre ha habido poderosos como Herodes –gobernantes corruptos, medios de comunicación al servicio de los que pagan mejor, ideólogos ateos, líderes con dobles intenciones…– que se incomodan frente a la misión del redentor, y pretenden que pueden destruirlo. Miles de inocentes han derramado su sangre por el anuncio de la salvación, seria amenaza para las potestades del mal y para los que las sirven.

Pero el amor es más fuerte que la muerte, como dice el Cantar (8, 6), y el mensaje de salvación no ha podido ser acallado. Más aún: se verifica que a lo largo de la historia las pruebas y dificultades maduran la fe de los pueblos y Dios Padre nunca abandona a sus elegidos. Hay algo más valioso que la vida y esto es el amor y la fidelidad a Dios. Si por este amor y esta fidelidad hay que perder la vida será sólo para recuperarla en plenitud.

Lc 2, 41-52 Este episodio de la infancia de Jesús nos revela su personalidad e independencia para estar «en las cosas del Padre» (v. 49). En realidad, Jesús no «se perdió». Él sabía bien dónde debía estar, pero es del todo comprensible la angustia natural de José y María. El texto también desvela la abismal diferencia de mentalidades entre Jesús y sus padres, y la sublime sumisión de éstos frentes a Jesús. Jesús sabe ya que en todo debe buscar y servir al Padre; y María sabrá, a partir de ahora, que se escapa de sus manos toda posibilidad de decidir en lo concerniente a la misión de su Hijo, que es también el Hijo de Dios. Esto es parte del dolor que el anciano Simeón le profetizó en el Templo (cf. Lc 2, 35), por eso ella, calla, medita, ora. Todo lo guarda en su corazón (cf. Lc 2, 19. 51).

Algunos han querido usar de este texto para mostrar que la Virgen María no es tan valiosa como los católicos pretendemos, pues ni Jesús le hace caso aquí. Esto es un absurdo, pues el Hijo de Dios no puede ser ejemplo de altanería, de ningún modo. Jesús no es un niño grosero o desconsiderado con sus padres, pues el v. 51 aclara que vivió toda su juventud obedeciéndoles. El episodio que aquí aconteció fue sólo para que se pusiera de manifiesto la misión del Hijo de Dios que exige sacrificio y ruptura. Por su parte, José y María vivían, como todo ser humano, en una constante búsqueda. Como personas de fe, les costaba entender siempre los planes de Dios, pero no se oponían a ellos.

Debemos aprender a «encontrar a Jesús en el Templo» –es decir, en el Sagrario íntimo de nuestra conciencia y en la comunión con nuestros hermanos–, si queremos conocerlo cada vez mejor. Los Sacramentos, la interpretación fiel de la palabra de Dios y la oración son los medios principales que en el Templo nos harán encontrar a Jesús.

 

TAREA n.º 9

1. ¿Quiénes son los «pobres de Yahvé»?

2. ¿Quién es para ti el Mesías?

3. ¿Qué sugieres para que nuestra sociedad actual celebre la navidad cristianamente?

 

 

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