| Por qué y por qué | ||||||||||||||||||||||||
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El otro texto es de la Carta a los Efesios 5, 23 y tampoco aparece un sentido denigrante para la mujer, al contrario, es de exaltación, pues la compara a la Iglesia, por la cual Cristo se entregó a la muerte. No se puede ver en estos textos algún sentido antifeminista. Un texto más a comentar, es de la carta a los Gálatas 3, 27-28: «Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo, ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo». Este texto hace una gran aportación en favor de la mujer, y es que la presenta unida a Cristo en la Iglesia, es decir, que también ella es miembro de la Iglesia y en virtud de su unión con Cristo es igual al varón. De esto se desprende que la mujer recibe la gracia de la misma manera que la recibe el hombre y que puede ser tan fiel como él. De hecho es en esa posibilidad de mantenerse fiel a la gracia donde se da la grandeza de la mujer.
El Derecho Canónico El Canon 230 dice que todos los seglares pueden ejercer una serie de ministerios como el ser lectores, cantores e incluso, si la necesidad lo requiere, poder presidir la oración de los fieles, bautizar y administrar la comunión, todo con el pertinente encargo de las autoridades eclesiásticas. El parágrafo 2º habla de los laicos en general y estos pueden ser hombres o mujeres. Esto establece la igualdad litúrgica del hombre y la mujer, es decir, se ejercita el sacerdocio común. Conclusión Por lo anteriormente dicho, podemos concluir que la Iglesia no ve cercana la posibilidad de ordenar mujeres para el ministerio por la razón fundamental de que Cristo escogió a sus Apóstoles tan sólo entre los varones. La práctica que ha mantenido siempre la Iglesia ha sido de apego al cumplimiento fiel de la voluntad del Señor. Uno de los más grandes teólogos de la Iglesia de nuestro tiempo, J. Ratzinger dice: «El sacerdocio es un sacramento. Esto significa que no se trata de una profesión que está a disposición de la Iglesia, sino que es algo previo a ella, de lo que no puede disponer a su antojo». Es necesario distinguir entre función ministerial y honor personal. El sacerdocio no se otorga como un honor sino como un servicio a Dios y a la Iglesia. El único honor es mantenerse fiel a la gracia y, es en esto, en lo que la mujer es igual que el hombre; con ello tiene la oportunidad de alcanzar lugares mucho más elevados que los ministros. Termino esta brevísima exposición con las palabras del Papa Juan Pablo II en su carta apostólica Acta Apostólica Sedis, en el número 4 dice: «En virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos, declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia». |
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