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¿Es bueno tener amuletos? |
P. Donato Ramírez
«No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; Yo Soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto; abre tu boca y Yo la saciaré» (Sal 81, 10-11).
Muchos objetos han sido empleados como amuletos, buscando la manera de procurar un bien personal o alejar un encantamiento maligno. En la oficina y el negocio, en la entrada de las casas, en la cartera, como llavero, en el coche, se utilizan para la buena suerte o también para obtener una felicidad fácil; para que las cosas salgan bien, para que no le hagan «ojo» al niño; para conseguir novia(o); para evitar «salación» o maleficios; para llenarse de «energía positiva» y vibraciones cósmicas; para evitar el estrés; para alcanzar un grado de «conciencia superior»; para evitar enfermedades y un sin fin de cosas más.
Del latín amuletum, esta voz de origen semítico emparentada con la voz árabe jamalet, significa lo que es llevado (jamala, llevar). Generalmente cuando una persona decide portar un amuleto lo hace con el propósito de alcanzar su realización plena, busca una respuesta a sus problemas. Esta práctica es errónea, porque se da poder a los objetos de forma arbitraria ya que, por sí mismos no lo pueden tener. Se confía en la eficacia de pócimas, perfumes, recetas, ungüentos; cristales, pirámides magnéticas, herraduras, ojo de venado, velas; plantas (zempazúchitl, ajos, sávila), animales (patas de conejo, orejas), limpias con huevo; el primer diente caído de un niño, huesos; piedras y metales como anillos, aretes y pulseras que los jóvenes exhiben perforándose la oreja, el ombligo, los labios, etc. Se vive pues, una religiosidad individual, sin compromiso concreto, que se genera como resultado de la mezcla entre antiguas supersticiones populares con la brujería y, ahora también, con elementos de la llamada «Nueva Era».
Y es que resulta más fácil colocar una herradura en la puerta de la casa, que participar activamente en el sacramento de la confesión o la misa (que implica un trato relacional con la Comunidad del Pueblo de Dios); es más sencillo cargar una pata de conejo en la bolsa que hacer un acto de piedad o de asistencia a un semejante necesitado.
El portador del amuleto puede quedar vacunado y tranquilo, se ha hecho un dios a su medida, que le proporcionará bienestar fácil, barato y todo en paz. Pero una religiosidad que no compromete a cambiar de vida, es inútil y hasta enajenante, pues se enfoca al provecho individual, en función del propio egoísmo.

Por otro lado, algunos llegan a criticar a los católicos por la devoción a objetos religiosos (escapularios, medallas, crucifijos, etc.), argumentando que no son más que supersticiones. Pero la diferencia entre un amuleto y un objeto religioso es abismal. Los objetos religiosos hacen que el fiel desarrolle su fe buscando un encuentro con Dios a través de las cosas sensibles para llegar a las invisibles (Dios creador... de todo lo visible y lo invisible).
Ya en el AT, se tenía la piadosa costumbre de portar o llevar objetos sagrados que hicieran pensar en Dios y recordaran sus mandamientos. En Ex 13, 9. 16; Deut 6, 8; 11, 18 había ordenado Moisés a los hijos de Israel: «Pon estas Palabras mías en tu corazón y en tu alma, que sean para ti como una señal ligada a tu mano, un signo puesto en medio de tu frente». Los judíos del tiempo de Jesucristo tomaron al pie de la letra tal recomendación y escribían en pedacitos de pergamino cuatro pasajes importantes de la Ley (Ex 13, 1-10; 11-16; Deut. 6, 4-9; 11, 13-21), introduciéndolos en cajitas de piel y por medio de correas las ataban sobre la frente y el brazo izquierdo.
La liturgia de la Iglesia, los sacramentales, la catequesis, las devociones populares y los objetos sagrados son medios para acercarse a Dios y pretenden desarrollar diversas formas de piedad y devoción entre los fieles para su edificación en la fe y, por tanto, para su vida práctica. Son punto de partida para el comportamiento ético y moral de la persona, ayudando a vivir en la virtud, abiertos a Dios y a su voluntad que se manifiesta en los acontecimientos de la vida.
Es cierto que sólo de Dios proceden todas las bendiciones, pero los objetos sagrados ayudan a meditar, a rezar y a pensar en Él:
1. El rezo del Rosario es totalmente evangélico (cf. Lc 1, 28. 42), porque en cada Misterio se contempla un episodio bíblico de la vida de Cristo nuestro Señor. Para ello se necesita «contar» cada Ave María. Las «cuentas» del Rosario son un objeto práctico que ayudan a no distraerse y a concentrarse en la oración. Al mismo tiempo es testimonio que invita a que las personas que nos rodean también lo hagan. Si sólo se pone en el retrovisor del coche como objeto de ornato, no ayuda a crecer en la fe; mucho menos, si se hace con intención supersticiosa.
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2. El portar el signo sagrado de la Cruz en el pecho es llevar el instrumento con que mataron a Cristo. En realidad es el signo más grande del amor de Dios, que muere por la salvación de los hombres: «habiendo amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). «El lenguaje de la cruz no deja de ser locura para los que se pierden» (1 Cor 1, 17). Al portar un crucifijo se forja, consciente o inconscientemente, una espiritualidad sobre el misterio y el valor salvífico del sacrificio, del servicio, de la atención desinteresada, del trato caritativo, de la paciencia en las aflicciones, y de la consagración de todos nuestros actos a Dios.
3. El Escapulario simboliza el vínculo especial de los cristianos con María, Madre del Señor (cf. Hch 1, 14); por eso es un signo externo y sensible que expresa la confianza en su maternal protección y el deseo de seguir su ejemplo de donación a Cristo y a los demás (cf. Lc 1, 38). Así se ha transformado en un signo mariano por excelencia. Por eso el Papa Juan Pablo II dice: «También yo llevo sobre mi corazón, desde hace tanto tiempo, el Escapulario del Carmen».
4. Las estampitas de los santos y sus imágenes no están prohibidas en la Biblia, al contrario, son recomendadas (cf. Ex 25, 18; Num 21, 8; 1 Re 6, 23-29; 7, 25-29. 36), porque son un poderoso recordatorio de los preceptos cristianos. Ayudan a las personas sencillas a seguir por un camino simple, pero a su alcance, los misterios de Dios a través de estos sus siervos, por su memoria e intercesión (cf. Hech 5, 12-16; 9, 1-19). Esta actitud contemplativa de la mente y del corazón lleva a admirar la experiencia de fe de estos «hermanos mayores», desarrollando así una intimidad de relaciones espirituales que incrementan cada vez más la comunión con Cristo, con la Iglesia y con los semejantes. Así por ejemplo, la imagen de la «Última Cena», automáticamente lleva a pensar en la santa Misa y en la Pasión del Señor, y esto es ya hacer oración.

4. El agua bendita es un sacramental, recuerda a los fieles que su bautismo es una consagración en el mundo (cf. Mt 3, 13; Lc 3, 21; Jn 1, 29). El agua nos invita a purificarnos constantemente. Mu-chos creen que por recibir la aspersión con ella quedan instantáneamente benditos o «limpios». La bendición de Dios sólo la recibe quien tiene suficiente disposición a cumplir los mandamientos y un deseo constante de conversión, acompañada de una vida sacra-mental.
Sin un conocimiento previo de su significado profundo y a falta de instrucción, tanto doctrinal como evangelizadora, todos estos objetos religiosos pueden llegar a verse como «amuletos». Aún los mismos sacramentos pueden ser considerados sólo como ritos con poder para preservar del mal, o como defensa activa o pasiva, confundiendo la idea misma que se tiene de Dios. Así se cae en el más bajo grado de culto religioso: el fetichismo. Nadie puede dar lo que no tiene, y la materia inerme o muerta, por sí misma, no puede proporcionar ningún cambio o beneficio sobrenatural. Quien desea verdadero bienestar debe abrirse a la gracia de Dios y al Evangelio.
La Biblia no prohíbe el uso de signos sensibles para llegar más fácilmente a Dios. De hecho, muchas personas que no tienen acceso al conocimiento de la palabra de Dios y de la doctrina de la Iglesia (por diversos motivos: no saben leer, no tienen tiempo de asistir a los oficios religiosos, no existen ministros suficientes que les enseñen, viven en lugares de difícil acceso y muy apartados, etc.), mediante el uso de objetos sagrados, descubren la manera de vivir un cristianismo, quizá incipiente y rudimentario, pero sincero.
Esto no debe tranquilizar las conciencias de quienes, se supone, poseemos un conocimiento de las verdades de la fe. La piedad popular no está exenta de altas dosis de fanatismo, celo excesivo, búsqueda de la emoción y el sentimiento, no siempre se da una verdadera y auténtica devoción. Nos corresponde realizar un trabajo incansable por lograr que todo cristiano tenga un mínimo de cultura religiosa, buscando todos los medios al alcance. El ver a alguna persona que no sabe persignarse, que no se arrodilla ante el Santísimo y pasa de largo, que no conoce el significado de los de los signos y movimientos corporales que se hacen en la Misa, etc., debe cuestionarnos sobre lo que hemos hecho a este respecto. Sólo la Nueva Evangelización contrarrestará el avance de este neopaganismo que, por ignorancia y engaño, se propaga en todos los ambientes de nuestra sociedad.
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