P. Demetrio Vargas G., msp
Los obispos, reunidos en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, nos han dejado un extraordinario documento en el que nos manifiestan sus conclusiones. Su intención es hacer una renovación de la acción de la Iglesia mediante un «Nuevo Pentecostés». Se trata de hacer de la Iglesia latinoamericana una Iglesia discípula y misionera de Jesucristo. Y es que no podía ser de otra manera, pues ésa es la naturaleza de la Iglesia. La Iglesia sin acción misionera no sería la Iglesia de Jesucristo. Todos los cristianos debemos ser misioneros. Esto lo hemos escuchado muchas veces, sin embargo, debemos evitar que quede como una frase abstracta, cuya concreción no acabe de encontrar forma.
Desde la publicación de este documento, en la mayoría de la Iglesias particulares se está trabajando en su estudio para hacer las respectivas adaptaciones a los planes de pastoral; en algunas parroquias se comienza a tomar conciencia de que es allí donde debe realizarse directamente la acción misionera. Esta acción no puede ser otra que la que el mismo documento expresa: evangelizar.
El anuncio del Evangelio debe iluminar toda actividad humana, para que, la misma, se convierta en una actividad humanizante. El fruto de la evangelización debe ser visible para todos pues de otra manera, ¿cómo podríamos saber que se trata de una obra de Dios? Ahora bien, ¿cómo se puede anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo si antes no se es testigo suyo y luego discípulo? (cf. Lc 1, 2). Se puede uno convertir en maestro de doctrina pero no en auténtico evangelizador si no se pasa por las etapas propuestas por el mismo Evangelio. La enseñanza de la doctrina católica es una tarea relativamente fácil. Pero ser testigo de Jesucristo implica la vida entera y la disposición permanente de estar junto a Jesucristo como discípulo. Entonces hace falta que la permanencia en el discipulado de Jesucristo se haga creíble no por los argumentos, sino por los frutos. Cuando la vida está iluminada por el Evangelio se disfruta realmente, la responsabilidad se vuelve algo cotidiano, lo que parece doctrina idealista se hace realidad palpable. Por eso, la predicación, cuya fuente principal debe ser la palabra de Dios, ha de llevar a los cristianos a una fe vivida. Esto es, a no separar la devoción de la acción. Los problemas tan graves que sufrimos todos –como son el calentamiento global y la irresponsabilidad tan grande de quienes tienen es sus manos mayores posibilidades de acción efectiva–, sólo hablan de una pobre evangelización o de haberla reducido a una catequesis poco efectiva. No se puede llamar evangelizador a quien predica endulzando solamente el oído de algunos, o reduce esta tarea tan grande y noble a un complemento de alguna ceremonia religiosa.
La aplicación de este documento, inspirado por Dios a los Obispos, requiere de muchos días de retiro y meditación personal, de un encuentro con Jesucristo de parte de quienes quieren ser misioneros en la Iglesia; requiere de una meditación profunda y honesta de la palabra de Dios. Requiere que el misionero evangelizador conozca los problemas que debe denunciar y encontrar formas para no alinearse con los que no creen y por ello atentan de muy diversas maneras contra la dignidad de las personas, directa o indirectamente. Requiere de una actitud humilde y servicial de los que deben y quieren ser misioneros. Requiere de renunciar a actitudes extremas como el paternalismo y el despotismo. Requiere, en fin, dejarse conducir por el Espíritu de Dios que sopló en Pentecostés sobre los que quisieron entender bien cuál era la misión que les esperaba. El Nuevo Pentecostés que busca la Iglesia latinoamericana no puede tener sino la misma forma del primero; las mismas exigencias, las mismas actitudes de quienes son llamados a participar en él.