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No se puede evangelizar si no se encuentra a Dios en la Sagrada Escritura

P. Demetrio Vargas G., msp

P. Demetrio VargasAnte los estragos que ocasionan los principales problemas de nuestras sociedades, se hace necesaria la reflexión que nos ayude a encontrar soluciones. Éstas, claro está, no las podemos esperar de algún grupo de personas en particular; ni de los gobernantes, ni sólo de los políticos o de los jerarcas de la Iglesia, como tampoco podemos atribuir a estos grupos la culpa de todo lo que pasa. Todos estos grupos también tienen su parte en la búsqueda de tales soluciones, y quizás más que otros por el oficio que desempeñan. Estas soluciones sí se pueden esperar de las personas que tengan conciencia de sus responsabilidad, y que se deciden a no buscar que los demás aporten lo suyo para aportar lo propio; de quienes en su mente se dibuja la idea de estar hartos de ver una situación en la que ya no se puede vivir y que es necesario cambiar porque sólo así podrán encontrar la coherencia la fe y las obras.

Predicar la PalabraEn esta difícil tarea de cambio debemos estar empeñados todos, pero sobre todo quienes tienen es sus manos la oportunidad de escribir la historia con sus actos por la importancia del puesto que ocupan. No se trata de estar buscando culpables de la situación, sino de encontrar soluciones con aportaciones de todos. El quejarse unos de otros no nos ayuda en nada, al contrario, hace que nazcan o se desarrollen resentimientos y, por lo mismo, mayor distanciamiento entre las personas y aumento de los problemas. Frenar el desarrollo o el progreso de los demás, tan sólo porque no lo sentimos nuestro, es aislarse del mundo con el consiguiente retraso de todos. Pero, ¿cómo lograr que en el intento no gane la ambición y la búsqueda de la satisfacción de los propios intereses? Nuestros esfuerzos no se justificarían con las satisfacciones personales o de pequeños grupos. Ése es de por sí el principal problema. Lo que hace falta es la formación de las conciencias, pues sólo así, siendo conscientes de nuestra realidad, podremos trabajar en ella sin limitarla a nuestro propio espacio.

El Documento de Aparecida tiene muchas propuestas para esta difícil tarea. Cabe subrayar aquí que las propuestas de Aparecida están dirigidas sobre todo a los miembros de la Iglesia:
«Al iniciar la nueva etapa que la Iglesia misionera de América Latina y El Caribe se dispone a emprender, a partir de esta V Conferencia General en Aparecida, es condición indispensable el conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios. Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y la meditación de la Palabra: que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vea que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf. Jn 6, 63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo? Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la Palabra de Dios.»

En efecto, ¿cómo podría ser la Iglesia portadora de propuestas de cambio o de soluciones si no las buscara en al Palabra de Dios? Pero no puede ser lícito conformarse con leer la Palabra de Dios en la Eucaristía sin que, quienes la oyen, no sepan de dónde viene. Es necesario descubrir en la palabra de Dios no un simple texto al que hay que aplicarle toda una serie de normas exegéticas para hacer que diga lo que queremos, sino, como Dice el Documento de Aparecida, «…un conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios. Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y la meditación de la Palabra…»

Quien se acerca así a la Palabra de Dios educa su conciencia, la hace transparente y la prepara para actuar de modo diferente. Ya no piensa sólo en sí mismo ni se perdona tan fácilmente sus errores, sino que trasforma su vida en una aceptación del Bien para todos, porque vive para todos y no sólo para sí. Por eso, la reunión del Pueblo de Dios en torno a la Eucaristía debería ser también una reunión en torno a la Palabra de Dios, esto es, en torno a la Biblia y no sólo a la «hojita dominical» que transcribe sólo las lecturas del día, y que muy pocas veces se repasa después. Es en el momento de la Eucaristía donde el Pastor puede enseñar a su Rebaño a alimentarse; a encontrar el modo de comunicarse con Dios en su Palabra. Esto generaría un cambio radical en todos. La vida cambia en los que meditan la Palabra de Dios y se alimentan con los Sacramentos. Ellos tienen asegurada su participación en la búsqueda de soluciones para los principales problemas de nuestras sociedades. No son los que tienen una experiencia de Dios mediante su Palabra y los sacramentos quienes cometen fraudes o envenenan a sus hermanos con toda clase de vicios, o cometen cualquier maldad en contra de los demás, lo hacen quienes no tienen esa experiencia de fe o quienes la hacen a medias.

Para cambiar es preciso encontrar a Dios, que vive dentro de cada uno, y el mejor modo de descubrirlo es su Palabra y sus Sacramentos.

 

 

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