Inquietud Nueva: la revista que lleva a los hogares los valores del Evangelio, promoviendo el amor entre los hombres.

Hace falta una «reforma» que permita avanzar hacia el progreso

P. Demetrio Vargas G., msp

P. Demetrio Vargas

Las discusiones de los últimos días en torno a la que se considera la principal fuente de energía y de ingresos de México, evocan la necesidad de reflexionar sobre cosas que pueden ser causa y consecuencia de muchos males, no solo en nuestro país, ni sólo en el ámbito civil, sino en todos los campos de la actividad humana. Lo que tristemente se asoma en todas estas discusiones no es la búsqueda del bienestar de la sociedad, sino el protagonismo; no el bien de todos, sino los propios intereses; no se busca unirse a apoyar las mejores iniciativas, sino las propias, aunque no sean las mejores. El afán de descartar las opiniones ajenas, tan sólo porque no son las propias, es lo que más se deja ver.

hace faltaLo peor de todo es que, mientras se está en esas discusiones, muchas de ellas estériles, los que sufren las consecuencias son los millones de personas que merecen otro trato por parte de los servidores públicos. Ellos tienen que arreglárselas como puedan para solucionar sus problemas, muchos de ellos provocados porque los que están al frente para gobernar, o deseando llegar a gobernar, no están haciendo o están haciendo mal su trabajo. Mientras se discute si sacar o no el petróleo que se encuentra bajo los profundos mares; o si se dejan o no entrar capitales privados o extranjeros para la producción petrolera y sus derivados, los potenciales energéticos del país se encuentran detenidos, o a disposición de otros que sean más listos.

Lo que prevalece es el afán de lograr los propósitos a costa de lo que sea, aunque para ello se enarbole un nacionalismo hipócrita o un narcisismo y egoísmo disfrazado de búsqueda de defensa de intereses nacionales. Todas estas cosas que suceden con los mexicanos podrían suceder en cualquier otro pueblo, y son preocupantes porque no dejan oportunidad al verdadero progreso, por no ser éste el objetivo de fondo. Pero en el caso de México, habrá que notar que lo que pasa es el resultado de toda una mentalidad, y ahí está lo más preocupante.

Al ver a tantos miembros de la Iglesia que conocen casi nada de la misma y de Dios; al ver cómo un gran número de jóvenes desperdician su juventud en metas tan triviales, organizándose en «tribus urbanas», sin más meta que la que ven sus miradas entrecortadas y sus voluntades débiles; al ver cómo se contentan varios sectores de la Iglesia con el sólo nombre de «iglesia misionera», o con decir que pertenecen a una Iglesia Misionera, pero que a la hora de hacer misiones no manifiestan mucho de atractivo a sus destinatarios... Al ver cada día cómo va siendo visto el matrimonio cristiano como una carga o como una limitante para felicidad futura, y que para muchos miembros de la Iglesia, el serlo no es cosa significativa (pues así se demuestra en su actitud) y al ver muchas otras cosas más de este tipo, ¿no deberíamos preguntarnos si en la Iglesia estamos en las mismas, es decir con discusiones o actitudes similares a las mencionadas al principio? ¿No será que el «desperdicio de energía», potencial y efectiva de muchos católicos queda a merced de otros «más vivos» por defender un «nacionalismo eclesial» que nos está deteniendo una verdadera reforma en el seno de la Iglesia? ¿O es que tenemos que consolarnos con pensar que las cosas tienen que ser así?

Es preciso que, aprovechando las reflexiones de los obispos, sintetizadas en el Documento de Aparecida, se haga un examen de conciencia eclesial para recuperar del todo la autoridad moral que debe conservar la Iglesia como portadora de la presencia de Dios entre los hombres. Esta presencia debe ser hoy más tangible y convincente y no debiera dejar espacio para la discusión. La santidad que se ve no necesita ser probada. Sólo la que no se ve.

 

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