P. Daniel Escobar, msp
Para algunos, hablar de Pentecostés es reflexionar sobre un tema, un hecho del pasado, una realidad lejana, una experiencia vacía de contenido. Pero, ¿de qué «Pentecostés» podemos hablar y vivir los cristianos que nos alegramos por este acontecimiento todavía hoy?
La Iglesia no realiza su marcha en este mundo movida sólo por un querer humano; no actúa meramente por inercia, no asume su acción en el mundo sin el Amor del Espíritu Santo.
Así que es de vital importancia no adormilarse con comentarios simplones, ni contentarse con aplaudir que «ya llegó» el Espíritu Santo, sino saber vivir los signos perennes del Espíritu que actúa en la Iglesia auténtica, en la Iglesia donde se «ha derramado el Espíritu Santo». Toda comunidad cristiana debe aprender a discernir si es el Espíritu el que mueve y actúa en su interior, o si son las ventajas personalistas y las ideas de moda las que revuelven todo al interior de ella. Donde está el Espíritu hay signos profundos. Veamos cuáles son algunos de estos signos:
Dinamismo vivo y fructuoso
La vitalidad, dirección y fuerza de la Iglesia no se basa en poderes humanos ni en estadísticas deslumbrantes. Es el Espíritu quien dirige los hilos de la Historia de la Salvación, según los planes del Padre. Un ejemplo claro es el apóstol Pablo, cuyo apoyo fue siempre la fuerza del Espíritu. Como predicador insigne de la Resurrección del Señor, Pablo cumplía con este objetivo y su predicación rendía abundantes frutos. El éxito de la Iglesia hoy está asegurado, aunque se desconozca el modo, basta la actitud de esperanza en quienes trabajamos en ella, sea cual sea nuestro papel.
Evangelización sin complejos
«Cristo ha obrado por mi… mediante el poder de prodigios y milagros y el poder del Espíritu» (Rm 15, 18-19). El creyente ejerce su servicio de una vida nueva, vida en el Espíritu y esto lo hace apto para anunciar el evangelio sin complejos. Es el Espíritu quien sostiene la acción evangelizadora y quien la lleva a feliz término; ésta no depende del talento u otras cualidades humanas (2 Co 3, 6-8).
Incluso en la vida eclesial y apostólica, muchos hacen el ridículo con ciertas actitudes y posiciones que detienen y frenan la evangelización por motivos meramente egoístas. Casi siempre se olvidan de que el Señor hace maravillas a través de instrumentos pobres, dóciles en sus manos, y que no se buscan a sí mismos. Pero esta docilidad cuesta «sudor de sangre», y es el mismo Espíritu quien capacita a la persona a sufrirlo.
Carismas, servicio y unidad
Nadie puede decir Jesús es el Señor» sino en el Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu (cf. 1Co 12, 4-11; 13, 1-3). Los dones del Espíritu tienen su propio sello de garantía: la caridad. Son dones para servir a los demás, no para servirse a sí mismo. Se busca siempre, a la luz de estos dones, el bien de los otros, y el compartir con todos lo que se ha recibido para construir la comunión.
La caridad construye el Cuerpo Místico de Cristo en la unidad vital y responsable que proviene de la variabilidad de dones (1Co 12, 12). Cualquier don recibido del Espíritu presenta la garantía de autenticidad, siempre que refleje la actitud de Jesús: dar la vida para salvar al mundo. Es así como en la comunidad cada miembro se realiza según su capacidad de darse, especialmente en las cosas pequeñas y anónimas.
Santidad de vida
«No nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad, por eso, desde que hemos sido «sellados» por el Espíritu Santo (cf. Ef 1, 13) todo nuestro destino está trazado: ser santos y apóstoles. Ese fuego del Espíritu se puede apagar con actitudes tibias, pero estamos llamados a la «plenitud en Cristo», no a la tibieza. Nuestra vocación a la santidad es una exigencia de la Presencia del Espíritu en nosotros. Así, los planes salvíficos de Dios-Amor se concretizan en nuestra transformación en Cristo hasta llegar a ser una prolongación de Él, (Ef 1, 23), hasta llegar al hombre perfecto (Ef 1, 23; 4, 13)
La Vida nueva en el Espíritu
Todo en el cristiano debe ser asumido desde una vida nueva: sus criterios, sus motivaciones, sus actitudes… «Llénense del Espíritu» (Ef 5, 18). Hay que dar testimonio de esa vida en Dios que ha sido derramada en nuestros corazones. La existencia de cada cristiano está hipotecada para hacer realidad esta vida nueva en todos los corazones, porque «el que es de Cristo se ha hecho en Él una nueva criatura» (2 Co 5, 17).
Para llenarse de Dios, de su Espíritu, hay que vaciarse primero de sí mismo, es decir hay que reconocer nuestras limitaciones. Y así, la vida nueva se refleja en un amor que se traduce en caridad sincera, servicio sin medida, un generoso y constante sí, a través del cual se vive sembrando alegría.