Inquietud Nueva: la revista que lleva a los hogares los valores del Evangelio, promoviendo el amor entre los hombres.

Misión Joven

Jóvenes grandes y buenos líderes

Socorro Becerra, hmsp

Los grandes líderes siempre han llevado al mundo adelante, sea en el bien, sea en el mal. Podríamos señalar una lista incontable de buenos líderes como la M. Teresa de Calcuta, el Papa Juan Pablo II, Gandhi... y, otra, menos larga, de malos, y hasta nefastos líderes, como Hitler.
Hoy es urgente que surjan buenos y grandes líderes, y los jóvenes son un potencial tremendo para ello. Dios los ha puesto en el mundo para transformarlo, sólo hace falta que cada uno descubra las capacidades que ha recibido de lo alto y se ponga a trabajar.
Los cristianos tenemos un ejemplo extraordinario de liderazgo: Jesucristo, nuestro modelo a seguir. Él también sabía de la necesidad de formar líderes, por eso tenía su «banda» de Doce, a los cuales instruyó y les encomendó liderar las primeras comunidades cristianas.

¿Qué se necesita para ser un buen líder?

líderesLo primero es querer, ya que los jóvenes, cuando quieren, se hacen líderes en las diferentes circunstancias que les toca vivir. La humildad es necesaria también porque es la virtud de los realmente grandes líderes.
Se requiere cultivar la sensibilidad a las necesidades de los que no tienen voz, de los que no saben defenderse, de los que no se les respetan sus derechos, y ser generoso con los más necesitados.
Para ser un buen líder, hay que tener la disposición de siempre decir «aquí estoy», «yo voy». Esto capacita, aún cuando no se tengan las capacidades que se requieran para tal empresa. También hay que ser una persona de oración. De la vida interior del buen líder va a depender la empresa que Dios le propone.
Se necesita ser decidido ante las injusticias, sobre todo las que se cometen contra los más indefensos. Obviamente, el buen líder es alguien que sabe amar con todas sus entrañas y donar su propia vida.
No se puede ser un buen líder si no se sabe respetar a las personas como soberanas, porque a la gente no se le manipula. El líder es alguien que motiva y anima a los demás con su buen ánimo y una sonrisa. No se deja distraer por las cosas pasajeras, sino sabe mantener su atención en las altas metas. Es creativo, tiene las mejores estrategias y lleva adelante los planes a realizar. Es abierto a todos. Tiene gran valor en sus empresas; algunas le resultan excelentes, otras no tanto, pero no se cansa de emprender.
Para el buen líder, tener valor no es ausencia de temor, sino la decisión de realizar lo que se propone. El líder no se echa para atrás ante las dificultades. Tiene claras convicciones por las que está dispuesto a morir si es necesario. Es auténtico, honesto y de carácter firme, pues éste le va ayudar en todo tiempo; trabaja con inteligencia, y con perseverancia: es ecuánime. Para ser un buen líder se debe tener conciencia de que no se sabe todo, de que cada día es una lección nueva que Dios da. Se debe ser fuerte para afrontar este mundo seductor y destructor.
Con san Pablo decimos que el joven que desea ser buen líder debe ser ejemplo en el modo de hablar y portarse, en el amor, la fe y la pureza de vida (cf. 1 Tm 4,12). Porque el líder está llamado a influir en los demás con sus palabras, con su forma de afrontar la vida o con su sola presencia; es alguien a quien se le admira, alguien que atrae a muchos a su seguimiento.
Un buen líder nunca dice: «hazlo porque yo te lo digo». Con su estilo propio invita a hacerlo. Él no obliga a nadie a hacer lo que él quiere, y cómo él quiere, antes inspira a los otros a realizar las cosas. Los verdaderos líderes presentan propuestas y soluciones a los problemas, no se quedan con los brazos cruzados, sino que siempre meten el hombro.
¿Cómo se hace para llegar a ser un líder que a su paso por la vida vaya sembrando el bien? Los buenos líderes oran; tienen un fuerte carácter porque Dios les concede su fortaleza y la perseverancia. Este es el secreto para no cansarse: «Así que no debemos cansarnos de hacer el bien; porque si no nos desanimamos, a su debido tiempo cosecharemos» (Ga 6, 9).

 

Hay «emos» porque hay gente que vive sin Dios

P. Daniel Escobar, msp

emosEs necesario que reflexionemos sobre la conducta de los jóvenes emos, porque lo que aplasta la dignidad de una persona no puede ser aceptado como una verdad para el hombre. Vale la pena preguntarse: esas formas de conducta ¿serán fruto solamente del no tener voluntad? A esos jóvenes, ¿se los está comiendo el consumismo que hunde en el sin sentido? ¿fueron educados para no ser responsables de su propia vida?

El modo de ser del «emo»:

Son jóvenes con exceso de sentimentalismo, que no tienen forma mental propia. Dependen de agentes exteriores; les repercute cualquier presión; quedan marcados constantemente por cualquier situación agobiante, por la circunstancia familiar; todo llega a pesar más que ellos mismos. Los jóvenes así se dejan manejar como títeres no tienen personalidad.

Son jóvenes sin carácter, escurridizos, con el cerebro débil de un niño recién nacido. Muchas veces, se comportan como un parásito, siempre dependiente del medio en que vive. Están llenos de sueños superficiales; son ilusionistas con su propia realidad; inventan historias que nunca van a fructificar realmente.

Son inseguros y susceptibles. No tienen una base de ideas firmes; se dejan llevar por los acontecimientos, por ideas pesimistas; se sienten abandonados porque nadie les hace caso; se deprimen por cualquier apreciación que se les hace. El emo es un joven inseguro, pusilánime, inhibido.

Son débiles de voluntad: No pueden superarse, y no porque les falte capacidad, sino porque tienen la voluntad paralítica. El emo es alguien que muy fácilmente deja de luchar.

Jóvenes sin Dios

Para responder a las preguntas ¿Quién soy? ¿Qué papel juego en este mundo? ¿A dónde voy? no se requieren emociones fuertes y cambiantes, sino un punto sólido y convicciones fundamentales que constituyan a la persona. Sin Dios, tales preguntas quedan suspendidas y no se puede asumir la vida como es; sin Dios, la vida es azarosa, vacío; sin Él nos volvemos seres-para-la-desgracia. Jóvenes que piensan así experimentan la decepción de la vida convertida en tristeza, vestimentas negras, depresión y constante desilusión.

Cómo salir de esa conducta-vestimenta:

–Uniendo el pensar y querer: Dice un dicho popular: «obras son amores y no buenas razones». La ejecución de lo que uno tiene en la cabeza es la prueba que mide la fuerza de las ideas y de los sentimientos. Realizar los proyectos requiere que se superen obstáculos. Cabe preguntarse: ¿Cómo hará una madre que lucha con resistencia increíble cuando se ve en la necesidad de defender a sus hijos?; de igual manera ¿qué no alcanzará un joven con coraje y valentía teniendo convicciones sólidas al enfrentar la vida? La dignidad de una persona reclama algo más que emociones, estómago o sexo: exige fundamentos adecuados a nuestras decisiones para forjar nuestra personalidad.

–Fortaleciendo la voluntad: Cuando no se tiene voluntad se da mil vueltas a las preocupaciones y a los problemas: «no tengo ganas de hacer nada»; «no tengo tiempo»; «es muy difícil». La Escritura dice: «para no trabajar, el perezoso pretexta que en la calle hay un león al acecho» (Prv 26, 13). Hace falta tener voluntad para superarse y no dejarse llevar por cualquier actitud que debilita. «Es urgente forjarse una disciplina que sea aceptada libremente. Esta disciplina debe estar iluminada por la palabra de Dios» (czo. 847). Y entender que «dejarse influir por la conducta de los demás es falta de carácter» (czo. 817).

–Reconociendo y aceptando a Dios en la propia vida: Primero es necesario reconocer que seremos fuertes si contamos con la ayuda de Dios. Para aceptar esta realidad hace falta humildad en muchos jóvenes; la mayoría no ve en Dios el Valor Absoluto porque no se han dado cuenta de que «la vida vale en cuanto permanece en el amor de Dios» (czo. 25). El joven tiene que ser consciente de que se pierde la identidad cuando, viviendo sin Dios, se convierte en un animal irracional y sin amor; tiene que dejarse moldear por Dios que lo creó, para que adquiera una personalidad auténtica, alejado de los antivalores, que en vez de ayudar desfiguran la vida.

La conclusión que sacamos de todo lo que hemos dicho es que para dar forma a nuestra juventud se requieren decisiones y convicciones sólidas, no efímeras y pasajeras como las modas. Todas las palabras de un joven deberían ser palabras de honor: quien no las cumple se deshonra cada vez más, y por eso, un joven no debe evadirse de la vida real en sueños emotivos, soñando en grandes oportunidades, sino demostrar cada día el valor que tiene para vivir. Un joven no debe ser «emotivo y sentimentalista», sino firme, sin perder flexibilidad, evitando las actitudes de los inconstantes.

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