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Las respuestas de la fe

¿En verdad habrá una purificación final llamada «purgatorio»?

P. Daniel Escobar G., msp

Muchos son los que se creen tan buenos y merecedores de todo que justifican su conducta negativa, y se atreven a proclamar sus propios «dogmas» negando las verdades de la existencia. Esta mentalidad proviene de ideologías que tienden a borrar todo sentimiento de culpa y de pecado, y se unifican en un pensamiento común: “no hay pecado”, “no hay cielo”, “no hay purgatorio”, “no hay infierno”. Por supuesto que están equivocados los que así piensan y se dejan llevar por meras opiniones sin fundamentos; pero ¿por qué sucede, al mismo tiempo, que las mismas personas pretenden hablar de «la auténtica verdad» sobre “purgatorio”?

Mentiras sobre el purgatorio

Fue un invento para sacar dinero: La fe en la existencia del purgatorio está testificada ya en los cristianos de la antigüedad –Tertuliano, Clemente de Alejandría, Orígenes, Cipriano, Agustín (esto es entre 200 y 500 años dC.)– El purgatorio no se invento ni con ocasión de las indulgencias –que también tienen un sentido distinto al que se les ha dado–, ni con la del concilio de Trento. También atestiguan esta fe las oraciones inscritas sobre las tumbas de los primeros cristianos en las catacumbas.
La venganza divina mediante torturas: Es inconcebible considerar que esto sea el purgatorio, por el hecho de que esta idea va en contra de la esperanza liberadora del cristianismo. Y esta afirmación es también la negación de lo que el purgatorio es: una gracia concedida por Dios al hombre para que se purifique con vistas a un futuro junto a Dios. Quienes conciben al purgatorio como el lugar del tormento corpóreo y físico van en contra de la revelación sobre el valor de la persona en su integridad.

¿Qué es entonces el purgatorio?

purgatorioSon numerosos los textos bíblicos que nos conducen a creer que en el encuentro definitivo con Dios cada persona experimentará un cuestionamiento profundo sobre el significado de su vida. La unión que cada uno alcance a tener con Dios dependerá de lo que haya hecho por sí mismo y por otras personas, así como de una purificación necesaria (cf. Mt 5, 26; 12, 36; Ap 21,27-28). Este encuentro definitivo exige una conversión, que es oportunidad para recibir el perdón. Cada persona podrá reflejar, gracias al perdón, la conversión de las estructuras establecidas por el egoísmo fuera y dentro de sí (cf. 1Co 3, 11-15).
Por lo que respecta a la Doctrina de la Iglesia, el Cat. IC dice: «Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados» (n. 1030 y 1031).
La Doctrina sobre el purgatorio fue elaborada especialmente en los concilios de Florencia y Trento (cf DS 1304, 1580, 1820), y Vaticano II reafirma: «Este sagrado sínodo recibe con gran piedad la venerable fe de nuestros antepasados acerca del consorcio vital con nuestros hermanos que se hallan en la gloria celeste o que aún están purificándose después de la muerte» (LG 51).

Los santos y el purgatorio

Tertuliano cuenta en las «Actas del martirio de Santa Felicidad y Perpetua» lo que le sucedió a Santa Perpetua hacia el año 202. Una noche, mientras estaba en la cárcel, vio a su hermano Dinocrates, que había muerto víctima de un tumor en el rostro a los siete años. Ella declara: «Vi salir a Dinocrates de un lugar tenebroso, donde estaban encerrados muchos otros que eran atormentados por el calor y la sed. Por eso, orando con fervor, pedía que fuera aliviado. Cuando me desperté comprendí que había sido sacado de aquel lugar de sufrimientos.» Así, la experiencia de los santos reafirma nuestra fe sobre el purgatorio.
El purgatorio no es una cárcel terrible en la cual el alma está prisionera de la venganza divina, sino una penosa purificación para hacer capaz al alma de gozar plenamente de la felicidad eterna. San Agustín solía decir: «Una lágrima por los difuntos se evapora; una flor sobre su tumba se marchita; una plegaria llega hasta el corazón de Dios». Por eso tenemos fe en que la Eucaristía tiene un valor infinito, cuando oramos y encomendamos a Dios los difuntos, participando bien preparados será mucho más provechoso para nosotros y para nuestros familiares difuntos (cf. 2 Mac 12, 44-45).
Finalmente, digamos que el purgatorio es el amor de Dios, capaz de hacer que todos los hombres amen; no será penuria, sino experiencia de felicidad, porque sólo aquellos que aprenden amar se dejarán transformar en amor, y solo ellos podrán vivir plenamente con Dios: La fe de la iglesia en el Purgatorio conduce a la certeza de que el infierno no podrá dominar sobre la vida del hombre, llamada a su plenitud en Dios.

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