Inquietud Nueva: la revista que lleva a los hogares los valores del Evangelio, promoviendo el amor entre los hombres.

Testimonios de Cristo Resucitado

Dios tomó la iniciativa y me rescató de mi rebeldía

Jorge Armando Escobedo M., msp

Soy originario de Ciudad Hidalgo, Mich., y nací el tercero de cuatro hijos. Mis padres, desde que éramos pequeños, tuvieron la oportunidad de conocer a los MSP y pronto se acercaron a escuchar la palabra de Dios. Recuerdo claramente que, cuando yo tenía seis años, ya acompañaba a mis papás a difundir la revista Inquietud Nueva, junto con las misioneras. Una de las misioneras laicas, ahora religiosa, nos tomaba de la mano, a mis hermanos y a mí, y nos enseñaba a ofrecer la revista en las parroquias los domingos.
Estas actividades, a mi corta edad, me divertían mucho. Siendo adolescente, procuraba seguir colaborando en el apostolado con las hermanas, pues le tenía un gran aprecio a la familia de los MSP. La relación con mi familia era buena. Mi papá se preocupaba en ese tiempo de iniciarnos en el oficio de la herrería, pues deseaba que fuéramos hombres de bien.
No sé en qué momento me empecé a alejar de las «cosas de Dios». Ya no iba tan frecuentemente al apostolado, pues sentía vergüenza ante las burlas de mis «amigos». Entre los «cuates» todo era diversión e irresponsabilidad; aprendíamos malas palabras y nos complacía decirlas con descaro. Pasábamos mucho tiempo en la calle.
Cuando fui estudiante de secundaria mi comportamiento empeoró. Constantemente me levantaban reportes. Como era lógico, reprobé el tercer año y tuve que ir a otra escuela para poder terminar. Mis papás estaban desconcertados y trataban de aconsejarme, pero yo no entendía razones. Me molestaba mucho que trataran de corregir mi vida y optaba por ignorarlos. En medio de diversas crisis, provocadas por mi manera de actuar y el rechazo a la familia, recordaba aquellos años de mi niñez y adolescencia; en esos momentos le preguntaba a Dios qué quería de mí.
Por fin, llegó la respuesta. Comencé a sentirme atraído por la vocación sacerdotal; sin entender muy bien por qué, tenía muchas ganas de entrar al seminario. Uno de esos días, llegó un padre a hacer promoción vocacional a mi parroquia. Intenté hacer realidad mi deseo, pero aún no era el momento. Me desanimé un poco ante la imposibilidad de ingresar al seminario, pero, gracias al apoyo de mis padres, no desistí.
En ese tiempo, mi hermano mayor empezó a asistir al grupo juvenil que habían formado las misioneras. Él invitó a otro de mis hermanos a integrarse al grupo, pero a mí ni me tomó en cuenta, porque me consideraba voluble e irresponsable. Ellos iban al grupo, y yo, para no sentirme excluido, buscaba distraerme con los amigos: nos poníamos a tomar, a jugar «cascaritas» de fútbol, a fumar, en fin, una vida sin provecho. El ver a mis hermanos tan contentos e inmersos en actividades evangelizadoras despertó mi curiosidad, no eran los mismos de siempre. Decidí vencer mi orgullo y les pedí que me llevaran a su grupo. Ellos accedieron. Al llegar, contrariamente a lo que pensaba, no me sentí extraño, más bien experimentaba la alegría que años atrás había vivido. Aquellos jóvenes meditaban la Palabra de Dios, hablaban de respetar a los demás, hacían oración, nos invitaban a una vida diferente, y eso me agradó.
Uno de mis hermanos, tomó la determinación de hacer su experiencia misionera por un año en la comunidad MSP. Cuando él se fue, yo me quedé profundamente cuestionado: ¿por qué él sí pudo hacer algo diferente y yo todavía me resisto? Después de seis meses de formación y antes de ser enviado a misión, mi hermano regresó a casa durante tres días. Contento, me enseñaba sus ampollas y moretones, fruto del trabajo en la formación, pues, según me explicaba, el trabajo forja el carácter y dignifica a la persona. Lo que más me emocionaba era escucharlo hablar de cómo lo habían preparado para predicar y, en mi interior, quería hacer lo mismo. Por la tarde de uno de esos días, acudimos al grupo con las misioneras que, ni tardas ni perezosas, me invitaron a participar en una obra de teatro llamada «Por amor a ti». Participé con muchas ganas y, al poco tiempo, decidí dejar todo e ir a hacer mi experiencia de misionero.
Después de mis desórdenes y la inconstancia manifestada en los estudios, mi familia se sorprendió por mi decisión, pero con gusto me apoyaron. Esto significó un giro a mi existencia, pues la exigencia de la conversión me martillaba la mente; muchas cosas empezaron a cambiar en mí, para bien. Viví con intensidad mi período de formación, y esto me preparó para la misión. Como laico fui a predicar a Tuxtla Gtz., Chis, y a Piedras Negras, Coah. El contacto continuo con la palabra de Dios y el ver que la gente hno. Jorgerespondía con generosidad, me impulsaba a seguir predicando. El tiempo se fue volando y pronto me vi ante la disyuntiva de tomar una decisión más definitiva. En el fondo, ya sabía cuál sería mi respuesta: consagrarme para siempre al Señor como Servidor de la Palabra. Actualmente, después del postulantado, noviciado y el estudio de la Filosofía, estoy cursando el tercer año de Teología en el seminario de los MSP. Hace un año tuve la oportunidad de profesar mis votos religiosos perpetuos y hoy me preparo para recibir el diaconado. Aún me es difícil asimilar todo lo que el Señor me ha permitido, pues, no obstante los momentos difíciles de la adolescencia y juventud, encontré el camino que tanto había buscado, no en una vida superficial y hedonista, sino en la entrega de todo lo que soy por el bien de los demás. Dios tomó la iniciativa e iluminó mi andar, indicándome la senda que se dirige hacia la felicidad que no acaba.

 

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