Pbro. Benjamín Pérez Zamora
La familia tiene un papel fundamental en la sociedad y en la Iglesia, pues así como en la sociedad existen toda clase de personas, lo mismo ocurre –y surge– en la familia.
Hay de matrimonios a matrimonios
Hay casos muy tristes, jóvenes que, sin principios morales cristianos e incluso sin un mínimo de cultura, se «juntan», al parecer sólo para satisfacer sus pasiones corporales gratis, sin interesarles en lo más mínimo los hijos y su formación. Como carecen de educación y nobles sentimientos, al surgir los más leves problemas, en vez de dialogar, consultar y orar, toman la decisión de separarse y de seguir cada quien por su lado, en busca de nuevos romances, sin pensar más en los hijos que han dejado desamparados.
Otros matrimonios se proponen vivir juntos y no desamparar a los hijos, pero los esposos se pelean, se ofenden o hasta se golpean delante de los pequeños. Incluso, son infieles y los hijos llegan a saberlo. En un ambiente así, los hijos se dañan moralmente o se trauman, y al crecer, inconcientemente tienden a seguir el mal ejemplo recibido, y serán una calamidad.
Hay familias ejemplares
Existen también matrimonios en los que los dos esposos se esfuerzan por llevarse bien, dialogar, perdonarse, hacerse correcciones fraternas y orar juntos. Enseñan la palabra de Dios a sus hijos, los preparan para recibir los sacramentos: confesión, primera comunión y confirmación; les inculcan buenas costumbres: ser generosos y servir a los demás, tener buenos sentimientos, ser honestos, respetuosos y justos. Son una maravilla de matrimonios.
Hay familias en las que, al crecer los hijos y comenzar a trabajar, le dicen al papá, ya jubilado y enfermo: «Papá, tú gasta tu pensión en lo que quieras, váyanse a pasear tú y mi mamá, a donde quieran; nosotros nos haremos cargo de los gastos de la casa». Las hijas, por su parte, le dicen a la mamá: «Mamá: no te preocupes por la atención de la casa, nosotras nos vamos a turnar por una semana para preparar la comida, hacer el aseo y lavar la ropa.» Sin duda, en este tipo de familias, los papás se sienten orgullosos y platican y disfrutan a sus hijos con agrado.
Yo conocí una familia numerosa que vivía en un rancho. La hija mayor, a sus 20 años, le dijo a su mamá que ya no quería que se levantara a las 4:00 a. m. todos los días: «¡Mamá: tú duerme otro ratito, descansa. Yo me voy a levantar a hacer los quehaceres.» La joven se ponía a moler el nixtamal en el metate, a tortear, a hacer el café, sopes, guisados y frijoles. Al amanecer hablaba a su mamá y a sus hermanos: ¡ya levántense a almorzar! Esta buena hija llegó a ser religiosa y murió a los 87 años de edad. Ella fue un testimonio de la buena formación de los hijos.
Un impresionante testimonio es el de la familia Goretti, en la que creció santa María Goretti, en Italia. María era la hija mayor de una familia de campesinos pobres; su mamá quedó viuda con siete hijos a los que ella y su esposo amaron mucho y siempre se preocuparon por educarlos en el amor y en la fe en Dios. Cuando María tenía once años, ella, su madre y sus hermanos vivían en un cuarto grande, el cual rentaban con duros trabajos.
En otro cuarto de la misma casa habita un hombre vicioso e infeliz, Juan Serenely, el padre de Alejandro Serenely. Juan acarreaba a Alejandro revistas pornográficas, y le hacía beber con él y visitar lugares inadecuados. Al crecer Alejandro, se desatan en él las pasiones más bajas, y comienza a ver a María Goretti con muy malos ojos. Ella era una niña bella y bien desarrollada; Alejandro intenta violarla, pero no lo logra. En el tercer intento, la mata a puñaladas. Antes de morir, María ora por su asesino y lo perdona.
Años después de este trágico suceso, en la misa de canonización de la santa, Alejandro, su asesino, estaba presente, convertido en un hombre religioso. Alejandro lloraba amargamente y agradecía a María por su conversión.
Parece mentira, pero en una misma casa crecieron una santa y un criminal. Esto puede suceder en cada familia, y por ello los padres deben vigilar con atención el bienestar material, pero sobre todo moral, de sus hijos.