P. Moisés Vivar M., msp
Los recientes acontecimientos al interior de la Iglesia nos muestran un esfuerzo por responder a los tiempos y un firme propósito de cumplir con su misión.
Sin embargo, las cosas no han sido fáciles, y conforme avanza el mundo se hacen más difíciles. El tamaño de nuestro catolicismo latinoamericano rebasa, según nos muestra la experiencia, la capacidad de la Iglesia misma.
No nos queda sino trabajar bien concentrados en los fieles que están más ligados a la vida eclesial –porque pertenecen a movimientos o están ligados a asociaciones religiosas-, para que a partir de ellos se trabaje con los más alejados. Con estos fieles se tiene que desplegar una labor evangelizadora encaminada a forjar el discipulado que comparta la tarea de conducir y alimentar a un pueblo de grandes proporciones. Querer atender a la gran cantidad de católicos es un intento destinado a fracasar. Por ese motivo la atención mayor se ha de concentrar en los más participativos.
Para estos laicos la primera invitación tiene que ser evangélica; tiene que ser eco de la invitación que Jesús hizo a los primeros discípulos en Galilea. Así la huella que marque la espiritualidad y religiosidad de quienes deberán ser agentes apostólicos será la que deja el Evangelio. Conviene fijarnos en algunos acentos que Jesucristo marcó en relación a la obra del Reino de Dios y de la evangelización.
Cuando Jesús empezó a anunciar la llegada del Reino, lo hizo en términos de conversión: «Ya se cumplió el plazo señalado, y el reino de Dios está cerca. Vuélvanse a Dios y acepten con fe sus buenas noticias» (Mc 1,15). Se trata de una conversión, o metanoia, que propone un cambio de la mente, una especie de nueva sintonía. Una manera distinta de ver el cosmos que incide de un modo determinante en la construcción de la realidad. Esta conversión es fundamental para tener una Iglesia misionera. El cristiano necesita esa cosmovisión que da el Evangelio y que le hará entender la naturaleza y la trascendencia de la propuesta de Jesús. De manera que los términos en que se ha tomado la religión se superen y adquieran un significado relevante. Tiene que quedar atrás la actitud infantil de quien espera que le den, la concepción meramente asistencialista de limitarse a satisfacer las necesidades más urgentes. Nuestros cristianos tienen que abrir horizontes y vivir una religiosidad propositiva en el espíritu del Evangelio. Insistir en la conversión es un trabajo de cimentación que no se puede postergar.
La cosmovisión de la que hablamos tiene su mejor expresión en el discurso inicial del llamado «Sermón de la Montaña»: «Dichosos los que tienen espíritu de pobres, porque de ellos es el reino de los cielos…» (Mt 5,3-12). En este discurso programático Jesús propone una inversión de valores que combatan los principales focos de infección social: el materialismo, el hedonismo, la soberbia, la injusticia, la impiedad, la impunidad… Imposible para un cristiano trabajar en la evangelización contaminado de alguna de las formas de vida típicas del paganismo salvaje que ha generado las situaciones que lastiman al hombre. Más todavía, estos principios del Evangelio tienen que formar el cuadro mental en el que se tiene que mover el cristianismo netamente evangélico.
Para poder predicar con fuerza el mensaje de las bienaventuranzas es fundamental tener muy claro lo que ellas significan; tienen que ser la base de la espiritualidad del cristianismo evangelizador. Está más que claro que el problema de muchas de las sociedades mayoritariamente cristianas es una crisis de espiritualidad, en el sentido de que falta una base de principios evangélicos que se concreticen en una verdadera práctica cristiana. No puede quedar relegado el mensaje que abre el camino seguro hacia la felicidad. Frente a un mundo de dolor y frustración se hace más urgente el anuncio de las bienaventuranzas.
Jesús tuvo la inspiración de ver a quien aceptara el camino del Evangelio como un fermento de la sociedad, y no sólo como un individuo de «buenas costumbres». El Evangelio es la propuesta de Jesús para ser fermento del mundo. Abrazar la fe en Jesucristo no implica evadir la realidad ni huir del mundo; se trata de impregnarlo de un nuevo sentido y de una nueva luz. El recto entendimiento del Evangelio se traduce en compromiso con Dios, con el hombre y con el mundo. La consigna de Jesús se expresa en estos términos: «Ustedes son la sal de este mundo. Pero si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor? Ya no sirve para nada, así que se la tira a la calle y la gente la pisotea. Ustedes son la luz de este mundo… procuren ustedes que su luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que está en los cielos» (Mt 5,13-16).
La existencia cristiana es portadora de sentido, de sabor, es una experiencia iluminadora y luminosa. Diferentemente, se hace digna de ser despreciada. La experiencia nos confirma esto cuando ante los grandes testimonios se hace un reconocimiento público y se gana autoridad moral, o cuando ante los malos ejemplos se condena y denigra a quien los comete, quitándole cualquier credibilidad, arrastrando tras de sí a la Iglesia, sobre todo si se trata de algún eclesiástico. Ojalá podamos hacer entender a nuestros fieles que es aquí donde la vida en lo individual, como la vida comunitaria tienen un valor evangelizador incalculable. Y que una dinámica de este tipo es la que logrará que el Evangelio llegue a los más alejados. Testimonio y testificación son dos actividades típicamente evangélicas; son del tipo de expresiones que mejor reflejan la luz que viene de Dios.
La única manera de llegar a esto es a través de compartir la vida con Jesucristo. Con razón, cuando llamó a los discípulos les hizo entender que para aprender todo esto es básico vivir con Él: «Fueron, pues, y vieron dónde vivía, y pasaron con él el resto del día, porque ya eran como las cuatro de la tarde» (Jn 1, 39). La práctica religiosa de nuestros fieles tiene que llegar a ser de una intensa comunión con Jesucristo. Afortunadamente la Iglesia católica cuenta con elementos para llevar al cristiano a vivir con Jesús. Está la práctica sacramental, la vida de oración, la escucha, meditación y predicación de la Palabra. En este punto es donde el trabajo de los pastores de la comunidad y de los ministros tiene un papel central. Siendo animadores de las comunidades, tienen que propiciarles ambientes de intensa vida espiritual y de encuentro con Jesucristo.
El trabajo es intenso y la labor es titánica ante una realidad que nos rebasa. Pero consideramos que trabajando con mucha fe y con estrategia es como podremos responder a los retos evangelizadores de estos tiempos. Trabajar con espíritu evangélico es trabajar con Jesucristo y en su más propio estilo.