Inquietud Nueva: la revista que lleva a los hogares los valores del Evangelio, promoviendo el amor entre los hombres.

Santidad, condición indispensable
para una evangelización creíble

P. Demetrio Vargas G., msp

P. Demetrio Vargas

Uno de los retos más grandes que hoy enfrenta la Iglesia es el de encontrar la manera de infundir el mensaje del Evangelio a todas las personas, al menos entre los bautizados católicos. Pero el reto no es nada fácil, al contrario, el grado de dificultad es cada vez más grande. Hacer creíble el mensaje evangélico es una tarea que exige ya no sólo métodos y planes de pastoral, a veces muy bien elaborados, pero lejos de la real necesidad.

Mientras tanto, basándose en las visibles deficiencias en la transmisión del Evangelio que tienen muchos miembros de la Iglesia, no faltan los que «hacen su agosto» para debilitar la fe de no pocos católicos. Grupos que aprecian los valores que le fueron confiados primero a la Iglesia, están haciendo que miles de católicos la dejen cada día.

predicar con santidadUn número cada vez más creciente de nuevas colonias carecen de iglesia, de instrucción religiosa, por lo que los valores evangélicos sean cada vez menos conocidos. Pero no sólo eso; quizá más preocupante todavía es el hecho de que las nuevas generaciones ignoran la idea de la «necesidad de Dios» y de lo suyo. Así lo deja ver el también creciente número de parejas que no optan ya por el matrimonio religioso, sino por el matrimonio a prueba de hecho.

Ante estas dificultades por las que estamos pasando como Iglesia, es necesaria la reflexión sobre las causas que las originan. Todo parece indicar que hace falta que los conceptos que se exponen broten de una experiencia vital, y no sólo como un material aprendido, pero poco experimentado en la propia persona.

Cuando uno piensa en el profeta Elías y los falsos profetas, que se yergue ante ellos con una muy firme autoridad para enfrentarlos e impedir que sigan haciendo daño con sus embustes al pueblo; cuando uno piensa en san Pablo y su convicción para anunciar lo que había conocido, y muchos ejemplos a lo largo de la historia de la Iglesia, no puede uno concluir otra cosa que el problema principal no es que carezcamos de un número suficiente de evangelizadores, sino de un número suficiente de santos. No podemos contentarnos con tener un catálogo de los ya canonizados. La evangelización requiere que sean santos los que la realizan hoy, pues de otro modo será muy difícil, si no imposible, que se puedan tener buenos resultados. Es verdad que cuando se anuncia el Evangelio, éste tiene eficacia propia, pues «la Palabra de Dios es Viva y eficaz», pero eso no nos exime de la exigencia de santidad para que la eficacia sea mayor.

Todo parece indicar que el problema no es de conceptos, sino de quien los expone. El mismo concepto no suena igual pronunciado por un santo –esto es, por alguien que en su vida ha aceptado a Cristo y vive en consecuencia–, que pronunciado por una persona con convicciones poco firmes o que tiene otros intereses en el anuncio del Evangelio. Hay muchos que anuncian un evangelio con poca o nula santidad, y por eso lo convierten en una mercancía o en un medio para engañar o sacar ganancias; hacen que las personas que los oyen se hagan vanas esperanzas o se ilusionen y vivan engañados. El trabajo de anunciar el Evangelio debe purificarse y abrigarse de santidad. Entonces se hará creíble y sus resultados los disfrutaremos todos.

 

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