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La consigna: ¿acabar con la Iglesia?

P. Demetrio Vargas G., msp

P. Demetrio Vargas

De la misma manera como hace casi dos mil años se confabularon contra Jesucristo quienes se sintieron afectados en sus intereses, hay quienes se siguen confabulando para atacar a la Iglesia Católica por los mismos motivos. Cuando enjuiciaron a Jesucristo le fueron atribuidos delitos que tenían demasiado espacio en la mente de los acusadores. Pero al hacer la acusación y lograr que se llevaran a cabo sus propósitos, lo que estaban procurando los enemigos del Señor era la defensa de sus intereses. Se trataba de preservar la propia hegemonía, sin importarles en lo más mínimo el «beneficio común» que presumían estar defendiendo.

La historia se repite. Las acusaciones se suceden unas tras otras tras el disfraz de buscar un «beneficio colectivo». Si ese fuera el propósito de los enemigos, ¿por qué no le hacen el escándalo al 98% de los casos de pederastia que cometen las personas que no están en la Jerarquía de la Iglesia? ¿Por qué una institución que ha dado a la humanidad un sin número de beneficios, que sólo los ignorantes o las personas de mala voluntad son incapaces de reconocer, tiene que ser enjuiciada como si fuera el peor delincuente? No cabe duda que el juicio contra Jesucristo se repite hoy. Después de todo, la Iglesia es su Cuerpo, que sigue siendo flagelado por los que se sienten dignos de lanzar no sólo la primera piedra, sino todas las demás.

Es cierto que entre los seguidores de Jesucristo hubo un Judas que se convirtió en el traidor, porque no supo entender la razón de su ser discípulo de Jesucristo. Este ex apóstol se sigue encarnando en quienes traicionan los ideales que Jesucristo infundió a su Iglesia. Al traicionar estos ideales, colaboran con quienes buscan afanosamente un poco de lodo para lavar la propia suciedad, o bien para ver qué negocio se puede hacer, pues es evidente la maldad de sus intenciones. Quien hace el bien no lo hace perjudicando a nadie. El que pretende hacer justicia no la hace ofendiendo a quienes a lo largo de casi dos mil años han dado a la humanidad aportaciones de todo tipo: científicas, culturales, etc.

Pero la Iglesia no se edificó sobre el traidor, sino sobre los que permanecieron fieles a pesar de los oscuros intereses de quienes se dedicaron a perseguirlos. Es perverso juzgar a los seguidores de Jesucristo fijándose en Judas y no en los otros once que ofrendaron su vida, los cuales son los mismos en los que se ha mantenido la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Esta Iglesia es la misma que se queda sola en los lugares de desastre, ayudando cuando los demás que fueron a hacerlo se retiraron junto con las cámaras porque ya había suficientes tomas como para lograr la adulación que en realidad buscaban. En esta Iglesia, ahora lapidada, muchos hombres y mujeres, sin percibir sueldo alguno, entregan su vida entera a trabajar por sus hermanos. Ellos van haciendo de verdad, sin reflectores, lo que otros, poniéndose el nombre de «servidores públicos», sólo presumen.

Más de 110 mil instituciones católicas en el mundo trabajan haciendo el bien a sus hermanos en todo tipo de actividades: sanitarias, culturales, obras de caridad… Pero publicar una sola de esas acciones no es negocio para nadie. La verdadera Iglesia está ahí donde la encarnación de los once discípulos se hace presente en quienes siguen los pasos de ellos, y todos detrás de su Maestro. Nada puede justificar la comisión de un delito, pero encarcelar o degradar a la familia entera de un delincuente, tan solo porque es su familia, es más perverso que lo que comete tal delincuente. No podemos llamar asesino al papá o a los hermanos de uno que ha matado a alguna persona, sobre todo cuando nos consta que las enseñanzas de ese padre fueron siempre contrarias al asesinato. Ni merecen ser tratados así los hermanos que siempre escucharon y siguieron los consejos de su padre. Sólo los corazones llenos de odio o las personas que hacen algún tipo de lucro con ello, harían lo posible por condenarlos a todos. Y más perverso aún si lo hacen sabiendo que esa familia no es la única en la que hay hijos asesinos, sino que los hay también en muchas de las familias acusadoras, pues ¿dónde están los que conforman el 98% de los pederastas? ¿Por qué sobre ellos no se pide «justicia»?

 

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