Los jóvenes en la Biblia
Socorro Becerra, hmsp
Recibir la luz de la Palabra de Dios ayuda a caminar en los horizontes que el mundo depara. Por eso, siguiendo la exhortación del Papa Benedicto XVI: «Queridos jóvenes, os exhorto a adquirir intimidad con la Biblia para que sea para vosotros una brújula que indica el camino a seguir», meditemos algunos textos bíblicos que hablan en principio a los jóvenes.
Fuertes, arriesgados, maduros
El joven se caracteriza por ser fuerte: «Jóvenes, les escribo a ustedes porque han vencido al Maligno» (1 Jn 2, 13). Sólo que hay que abrir bien los ojos para darse cuenta dónde hay que mostrar la fortaleza, ya que el Demonio siempre asedia.
Por naturaleza el joven es también arriesgado: «Un joven fue a ver a Jesús, y le preguntó: Maestro, ¿qué cosa buena debo hacer para tener vida eterna?... Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riqueza en el cielo. Luego ven y sígueme. Cuando el joven oyó esto, se fue triste, porque era muy rico» (Mt 19, 16. 21-22). No obstante que también se muestra su debilidad, este joven se atrevió a abordar a Jesús. Cuando la debilidad se sobrepone a la virtud, el joven termina triste.
Los jóvenes también tienen la capacidad de ser maduros. Pablo dice a Timoteo: «Evita que te desprecien por ser joven; más bien debes ser un ejemplo para los creyentes en tu modo de hablar y de portarte, y en amor, fe y pureza de vida. Mientras llego, dedícate a leer en público las Escrituras, a animar a los hermanos y a instruirlos» (1 Tm 4, 12-13). ¡Qué maravilloso el consejo de Pablo y qué testimonio el de Timoteo! No se avergüenza de su fe, más aún, tiene la fortaleza de leer las Escrituras en público y guiar a sus hermanos.
Libres, apasionados
Al joven no le atrae el sometimiento, sino la libertad, cosa que debe encausar: «Es mejor que el hombre se someta desde su juventud» (Lm 3, 27); «De la misma manera, ustedes los jóvenes sométanse a la autoridad de los ancianos... Dios se opone a los orgullosos, pero ayuda con su bondad a los humildes» (1 Pe 5, 5). Pero al joven no se le pide un «sometimiento de esclavo», sino respeto por los demás y los sentimientos de humildad que favorecen la convivencia más fraterna.
A muchos jóvenes les gusta gozar la vida loca, sin medir consecuencias: «el hijo menor vendió su parte de la propiedad, y con ese dinero se fue lejos, a otro país, donde todo lo derrochó llevando un vida desenfrenada» (Lc 15, 13). Pero también tienen la capacidad de reflexionar: «Regresaré a casa de mi padre, y le diré: Padre mío, he pecado contra Dios y contra ti» (Lc 15, 18). Nunca será demasiado tarde para enmendar los errores. El joven es un ser apasionado: «¡Por eso, disfrutemos de los bienes presentes y gocemos de este mundo con todo el ardor de la juventud!» (Sb 2, 6), y tiene un potencial tremendo para hacer el bien gozando la vida. Pero también es verdad que la pasión es un arma de dos filos: «Huye de las pasiones de la juventud, y busca la justicia, la fe, el amor y la paz, junto con todos los que con un corazón limpio invocan al Señor» (2 Tm 2, 22). Hay pasiones desordenadas y, por supuesto, el joven debe retirarse de ellas.
Alegres, pero sensatos
La Biblia motiva a los jóvenes a saber divertirse y no vivir como amargados: «Diviértete, joven, ahora que estás lleno de vida; disfruta de lo bueno ahora que puedes. Déjate llevar por los impulsos de tu corazón y por todo lo que ves, pero recuerda que de todo ello Dios te pedirá cuentas» (Qo 11, 9). Se les impulsa a ser sensatos: «Anima igualmente a los jóvenes a ser juiciosos en todo, y dales tú mismo ejemplo de cómo hacer el bien» (Tt 2, 6). A veces el joven es imprudente, necesita de alguien que le enseñe a conducirse en la vida y a confiar en el Señor para tener fortaleza: «Hasta los jóvenes pueden cansarse y fatigarse, hasta los más fuertes llegan a caer, pero los que confían en el Señor tendrán siempre nueva fuerza y podrán volar como las águilas; podrán correr sin cansarse y caminar sin fatigarse» (Is 40, 30-31).
Es cuestión de llevar una vida limpia a la luz de la Palabra, porque ella es capaz de orientar como nadie a los jóvenes: «¿Cómo podrá el joven llevar una vida limpia? ¡Viviendo de acuerdo con tu palabra» (Sal 119, 9).
¡No somos homofóbicos!
Fanny Ávila E., hmsp
En primer lugar, ¿qué es eso?
Corre por la mente de muchos la idea de que los jóvenes católicos somos homofóbicos, pero eso no es verdad. La fobia es, de acuerdo a los manuales psiquiátricos, un miedo irracional a un objeto específico, una actividad o una situación que lleva a realizar conductas de evitación. Si una persona con fobia no puede evitar el estímulo que le causa miedo, reacciona presentando ansiedad severa. La persona se da cuenta que su miedo es exagerado pero no puede controlarlo, y así su emoción es intensa. ¿Cuándo un chavo católico ha llegado a tener una ansiedad severa por ver, estudiar o convivir con alguien que se declara homosexual? ¿Cuándo un cristiano católico ha llegado a presentar parálisis, alteraciones cardiacas, y de conducta al pasar por algunas calles y plazas por las cuales desfilan personas homosexuales?
Seamos reflexivos y llamemos a las cosas por su nombre; se puede tener fobia contra las alturas, las ratas, serpientes u otras situaciones, pero que una persona por su forma de ser o de actuar cause fobia es una exageración. Podemos sentir miedo ante un asesino o un ratero, pero eso es normal pues está en riesgo nuestra integridad y vida. Ciertamente algunas personas presentan el llamado «pánico homosexual», pero ese temor tiene que ver con el intuir en sí mismo fuertes conductas latentes de tipo homosexual. Ésas son situaciones personales que no tienen por qué llevar a generalizaciones. Esa etiqueta de “homofóbicos” se ha puesto a los auténticos católicos por su clara postura ante los actos homosexuales, no ante la persona homosexual. No se trata de miedo irracional, sino de la defensa de lo que es conforme a la sana razón y a Dios. Ojalá quedara claro que los cristianos católicos no critican ni rechazan a las personas por experimentar atracción hacia gente de su mismo sexo, sino que reprueban la práctica errónea y egoísta de la actividad homosexual, trátese de hombres o de mujeres.
Sea por la fe, sea por la razón
Comprendemos, con tristeza, que muchos jóvenes llegan a declararse homosexuales después de la fuerte influencia que tienen en ellos las ideas hedonistas –el «placer» por encima de todo como si fuera Dios–. Para la Iglesia Católica, los hombres y mujeres homosexuales son personas necesitadas de orientación y ayuda, generalmente incapaces de adaptarse, agresivos, con experiencias de soledad e inadecuación como resultado del relajamiento moral que ha vivenciado la humanidad en diferentes etapas de su historia. El Catecismo de la Iglesia Católica n. 2357 expresa claramente que la homosexualidad: «Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. (...) La Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”».
Por un momento podríamos dejar de lado la fe y la postura eclesial; utilicemos entonces la razón, y nos daremos cuenta que el cuerpo del hombre y de la mujer están perfectamente diseñados para complementarse, expresar la afectividad y engendrar vida. De los actos homosexuales sólo se cosecha placer momentáneo que engendra y mantiene un alto grado de egoísmo. No se justifiquen los actos homosexuales mirando el reino animal, pues aunque algunos animales tengan conductas de ese tipo ellos son absolutamente instintivos, mientras que los seres humanos poseemos una corteza cerebral y, específicamente, la corteza prefrontal gracias a la cual nos desempeñamos como seres inteligentes, libres, con voluntad, es decir, capaces de optar por lo recto y bueno. Gracias a esa corteza analizamos, sintetizamos y resolvemos problemas y nos comportamos como seres humanos.
Pongamos en práctica nuestras facultades más sublimes y evitemos imitar la conducta absurda que se ha venido siguiendo en otras naciones, pues no son más sabias ni más sanas por aceptar el aborto, la eutanasia y las diversas expresiones de relajamiento moral.
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