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Los jóvenes y el vicio del alcohol

P. Rubén Tapia Rosas, msp

Ver la realidad, y ser sinceros con ella, es el principio de todo cambio. Por eso, no podemos negar el hecho de que el consumo de alcohol en los adolescentes y jóvenes está en aumento. Los jóvenes que recurren al alcohol han perdido la capacidad de control: cada vez se consume más y de mayor gradación. Esto se puede explicar porque son escasas las instituciones que trabajan sobre el fortalecimiento de la voluntad del joven.

Según una encuesta de la delegación del gobierno para el Plan Nacional sobre las Drogas, la edad media de inicio en el consumo del alcohol entre los escolares es de 13.6 años, en la que, según esta fuente, las chicas registran mayor prevalencia de consumo de alcohol, aunque en menores cantidades.

Otro dato para no estar tranquilos: «Un 80% de las muertes registradas entre adolescentes se deben a causas violentas, y dentro de ellas, las relacionadas con drogas o alcohol representan el 50%, existiendo un mayor porcentaje de suicidios en los adictos a estas sustancias.» (Plan Nacional sobre las Drogas). En otras palabras, el alcohol, al cual se accede en un principio por diversión o para olvidar y evadir realidades, trae consigo consecuencias nada agradables, que sólo aumentan los problemas y que pueden desembocar hasta en la muerte. Muchos, al buscar la diversión encuentran su «conclusión». Por tal motivo, los jóvenes deben evitar, a toda costa, el huir de los problemas; lo que deben hacer es enfrentarlos con voluntad y con fe en Dios.

Ésta es una llamada de atención fuerte para los padres de familia, ya que un gran porcentaje de jóvenes inicia en el alcohol por los problemas familiares, o porque en la misma casa aprenden ese vicio. Un padre o una madre alcohólica es una fuente de enseñanza para su hijo. En muchos casos, el testimonio es una educación visual. Siguiendo en la misma línea, los jóvenes quieren llenar con el alcohol y las drogas el vacío que deja la falta de amor en la familia y la sociedad. El aislamiento es un muy buen motivo para iniciar en los vicios. Los padres no deben dejar solos a sus hijos, siempre será una verdad que la buena educación exige acompañamiento constante. Los jóvenes, por su parte, no deben procurarse la soledad, pues por naturaleza somos sociales. Cuando se busca a personas con valores —lo que bien puede ser dentro de la Iglesia—desaparecen las tentaciones de encontrar soluciones fáciles.

Nadie está a salvo; el vicio del alcohol lo puede tener tanto un rico, como un pobre; una persona culta, como una ignorante. Se le puede denominar «droga legal», porque no hay castigo para quien la consume, y es la puerta de entrada para otras drogas más fuertes. El alcohol es como un mago que, durante la semana, en algunas casas, desaparece el dinero para el pan, pero el fin de semana, lo aparece para mantenerse como vicio, y en ese mismo fin de semana lo desaparece otra vez. ¡Cuánto se podría comprar para el bien de la familia si se ahorrara lo que se gasta en alcohol!

Tenemos que decir con sinceridad que la responsabilidad es de muchos: familia, instituciones de gobierno, Iglesia, educadores. Hay que brindar mejores oportunidades a los jóvenes en educación, trabajo, recreación, creatividad y responsabilidades dentro de la sociedad para combatir el «tiempo muerto». Es bueno recordar lo que enseñaba don Bosco a la juventud: «Si ocupan su tiempo en hacer el bien, no tendrán tiempo de hacer el mal».

Es preciso combatir el estilo de vida que tiene adormilados a los jóvenes y lleva al desperdicio de tan grande potencial. Es una gran responsabilidad para la Iglesia el buscar iniciativas para atraer a los jóvenes que cada vez menos la frecuentan porque no encuentran en ella respuestas concretas para su vida. El joven busca un sentido a su vida, y lo encuentra siguiendo de cerca a Jesucristo que le exhorta: «Joven, a ti te lo digo: ¡levántate!» (Lc 7, 14).

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