Mi nombre es Mario Montiel Pérez, soy mexicano, pero resido en Estados Unidos. Ahora tengo cuarenta años. Desde muy joven salí de la casa paterna y empecé a consumir drogas; inhalaba tinher y resistol, además de tomar bebidas embriagantes. Para no sentirme solo, entré en una pandilla de mi barrio. Con los cuates me sentía fuerte. Lo que más hacíamos era pelear, sobre todo con pandillas enemigas. Nos enfrentábamos con cuchillos, cadenas, palos, pistolas y todo lo que pudiera lastimar.
Teniendo entonces 16 años me «junté» con la que era mi novia, Marisol Zacarías. Vivíamos en casa de mis padres y no me importaba faltarles al respeto cuando defendían a Marisol de mis golpizas.
Al paso de un tiempo, ella y yo decidimos mudarnos a los Estados Unidos. Llegamos a la ciudad de los Ángeles, CA. con la esperanza de tener allá un futuro más promisorio, pero lo cierto es que mi situación empeoró. A pesar de mis deseos de «vivir mejor», no renuncié a las drogas, sino que probé otras más fuertes y caras: cocaína, heroína, cristal, crack y ácidos.
Cuando estaba drogado no me importaba nada, ni siquiera poner en peligro la vida de mi familia o la propia. Un día, estando en casa, me enfrenté a la policía porque venía a buscarme. Sin razonar, me metí en una balacera con mi hija mayor en brazos. Terminé en la cárcel, donde pasé seis meses. Al salir, todo era lo mismo que antes.
En medio de las drogas, el alcohol y mi infidelidad, veía como mi familia y todo lo que amaba se desmoronaba, pero no tenía la voluntad necesaria para cambiar de vida. No dejaba de trabajar –en restaurantes, costura, o lo que fuera–, pero no aportaba nada al ingreso familiar, pues todo lo gastaba en mis vicios. Mientras tanto, el gobierno se hacía cargo de mi familia, pues todos mis hijos –ya tenía 5– eran ciudadanos norteamericanos.
Mis padres estaban lejos, pero sufrían porque conocían mi triste situación. Después de ocho años de no verlos, regresé a México por un breve tiempo, pero lo único que conseguí fue mortificarlos más. Los días que estuve con ellos me la pasé en riñas. Al regresar a E.U.A. tomé la decisión de cambiar de domicilio para «cambiar de aires» y, con mi familia, me fui a vivir a Connecticut.
En el fondo anhelaba que con esos cambios de casa, de ambiente, algo positivo sucediera. El gran problema es que no estaba poniendo de mi parte para salir adelante, no me esforzaba lo suficiente, no buscaba ayuda. Así, seguí consumiendo droga. Mi situación se agravaba, pues ya ni siquiera me ocultaba de mis hijos para drogarme. Incluso iba con ellos a comprar los enervantes. En una ocasión me balearon frente a mi familia. Mis hijos, salpicados con mi sangre y cubiertos con los vidrios del parabrisas, me miraban asustados sin saber qué hacer.
Justo cuando mi situación era más desesperada, entre deudas, drogas y problemas legales, un amigo brasileño me invitó a la Iglesia. Nunca nadie me había invitado. Yo me resistí, pero al final, con engaños me convenció de ir. Ahí conocí a una religiosa que me invitó a que llevara a mi familia a la iglesia. Poco a poco me integré a las actividades parroquiales. Encontré mucha gente buena, que me animaba a cambiar y me invitaba a retiros. Incluso se inició un curso de Biblia en mi casa, al que asistía toda mi familia, excepto yo, que no podía asistir por cuestiones del trabajo.
Quien ha tenido problemas con las drogas sabe lo difícil que es salir de ese infierno, pues nunca faltan las ocasiones para reincidir. Lamentablemente, volví a caer. Mi esposa, desesperada por mi estado, pidió ayuda en la iglesia. Una misionera llegó a casa para hablar conmigo y me llené de vergüenza, pues estaba drogado cuando ella legó. Recuerdo que la hermana hizo una oración y me mostró un crucifijo, mientras me decía: «Señor Mario, Dios lo ama, Cristo lo quiere levantar del polvo. Hoy su dignidad está desfigurada, pero aún tiene una familia por la cual cambiar». Muchos sentimientos se cruzaron en mi corazón al mismo tiempo: ganas de llorar, de reir, tristeza por mis fallas, alegría por saber que Dios no me dejaba. Días después visité a mi familia en México, y ahí tuve la oportunidad de participar en una hermosa misa, en la que oraban al Espíritu Santo. Los hermanos reunidos pidieron al Señor por mí y empecé a experimentar una gran paz y fortaleza.
Una vez más volví a Estados Unidos con muchas ganas de cambiar, de ser diferente. Ahora sí, con la gracia de Dios y un empeño serio de mi parte, las cosas fueron distintas. Tomé los cursos bíblicos, me casé por la Iglesia y recibí mi Primera Comunión y Confirmación, tenía entonces 36 años.
Ahora soy un evangelizador, voy a visitar familias con las misioneras, ayudo a propagar la revista Inquietud Nueva y cocino para los jóvenes en los retiros. También me estoy preparando para impartir los cursos bíblicos. De hecho, en el mes de junio tuve la oportunidad de ir 15 días como misionero a Perú, para apoyar a los niños de la calle de una localidad pobre.
Sé que las disculpas no bastan para remediar lo negativo que he sembrado; después de todo el mal que hice, siento que me falta tiempo para compensar todo aquello con obras buenas. Hoy, me siento parte de la familia de los Servidores de la Palabra.
La felicidad que mi familia y yo estamos experimentando es un regalo de Dios, que ha hecho posible el milagro de mi conversión.