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El terremoto nos impulsa a ser creaturas nuevas

Hno. Eduardo Flores, msp

«Sabemos que Dios no quiere el sufrimiento de su pueblo. Prefiere sufrir Él para expresarnos su cercanía y su consuelo. Ya lo hizo en la Cruz, allí, por el amor y el dolor nos abrió las puertas de la eternidad.» Son las palabras que dirigió Horacio Valenzuela Abarca, Obispo de la diócesis de Talca en la región del Maule, una de las más azotadas por el peor cataclismo de la historia del país chileno.
El 27 de febrero tuvo una madrugada tranquila como muchas otras, pero esta tranquilidad fue irrumpida por un terremoto de 8.9º en la escala de Richter. Nadie podría imaginarse la magnitud de aquel sismo que duró casi 3 minutos, pero para quienes lo vivimos su duración parecía mayor de lo estimado. En lo personal no salí de mi habitación; esperé y como nunca oré, pidiendo a Dios que aquello terminara pronto. Mis palabras eran: «esto tiene que terminar». Sólo se escuchaba el estruendo de todo lo que caía, los vidrios que se rompían y la desesperación de la gente.
En cuanto el terremoto terminó, salí. Esperaba ver lo más aterrador de mi vida, acompañado por la falta de comunicaciones y los servicios básicos que sólo se restablecieron después de cinco días, pero no fue así. Afortunadamente, las construcciones nuevas en Chile son todas de madera, pero las casonas más antiguas, de adobe — incluidas las iglesias, y los santuarios — estaban todas hechas polvo. Se calcula que 57 templos en la provincia de Talca y Curicó, que es la diócesis a la que pertenecemos, están dañados, y las cifras requeridas para la reconstrucción son cerca de 32 millones de dólares, sólo en una diócesis.
Sin embargo, el dolor por las pérdidas que ocasionaron el terremoto y el posterior tsunami, hicieron brotar en el corazón de los chilenos una fraternidad que estaba adormecida, y que será germen para mejores tiempos, más humanos y más felices.
Mientras la tierra seguía moviéndose por las fuertes réplicas, el corazón también se movía hacia la solidaridad. Es algo de lo que hay que admirar de los chilenos, con sus famosas frases que han dado vueltas a todo el país: «Fuerza, Chile», «Levantemos Chile». Se ve claramente que la destrucción es opacada por la fuerza interior de todos los que habitan esta bella tierra.
Desde el instante del terremoto la ayuda no ha dejado de fluir, y nuestra labor como Iglesia ha sido ir al encuentro de los más necesitados. Nos hemos encontrado con tristes historias de gente del campo que lo ha perdido todo — casa, lugares de trabajo, escuelas — mas nunca la fe, que es el motivo de su solidaridad. De hecho, las celebraciones de Semana Santa ganaron en solemnidad; aunque no hay templos, la Iglesia no deja de trabajar. Nunca se había vivido una Cuaresma tan llena de sentido en sus prácticas. Ahora sí estamos viviendo la austeridad, la penitencia y la solidaridad. Nos quedamos sin casa, parroquia, santuario, pero el corazón arde más por querer ver a Chile levantado, como Cristo en su gloria.
El que vive en Cristo es una nueva creatura. Este terremoto nos lleva a encauzar nuestra vida hacia Cristo para ser creaturas nuevas en Él; nos impulsa a dejar todo lo que no nos servía, y nos dispone a trabajar por el reino de Dios. El tiempo de llorar ya pasó. Ahora es tiempo de construir en Cristo.

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