Lilián Carapia C., hmsp
Nadie ama lo que no conoce, y nada conocemos que no haya pasado por nuestros sentidos. Es un hecho que necesitamos conocer a Dios desde la infancia, para aprender a amarlo y colaborar con su proyecto de salvarnos. Pero, ¿cómo? ¿Dónde vamos a «oírlo»? ¿Dónde vamos a «verlo» y a «tocarlo» para que podamos «conocerlo»? ¡Si vamos a Misa vemos, oímos, tocamos… a Dios, percibimos «su buen olor» en la asamblea de los que le son fieles y «lo comemos»! Todo ello gracias a la analogía de la fe.
Porque en ella «escuchamos» a Dios
Dios nos dirige su Palabra especialmente cuando vamos a Misa, y esta Palabra establece nuestra comunión con Él y con los hermanos. Los hombres y mujeres de Iglesia, al comunicar a los demás nuestra experiencia de Dios, sólo hablamos de lo que: «hemos oído, hemos visto con nuestros propios ojos, hemos tocado con nuestras manos. Se trata de la Palabra de vida» (cf. 1 Jn 1, 1).
Porque en ella «vemos» a Dios
El niño irá aprendiendo que existe una gran diferencia entre Dios y el hombre cuando «vea» que muchos se reúnen para dar culto al Creador y no lo dejan por cualquier cosa. El pequeño no comprenderá en su plenitud que Jesús se ofreció en sacrificio por nosotros, pero sí «verá» acontecimientos que con los años se lo harán entender: irá identificando al sacerdote, el ministro que lo ha dejado todo por ir tras las huellas de Jesús e irá conociendo algo de su importantísimo papel cuando eleva nuestras oraciones a Dios; verá a los que cantan, a los que se dan la mano... El pequeñito «verá» que Dios es Alguien muy grande porque estas cosas se hacen por Él…
Porque en ella le «hablamos» a Dios
En la medida en que crece en este ambiente, el pequeño aprenderá que existen «otros» que son sus hermanos, y que los ve cuando va a la Iglesia. Aprenderá que orar es hablar con Dios, y que orar como Iglesia nos libera del egoísmo y del peligro de despreciar a los otros, porque allí oramos «con ellos» y sin hacer distinciones, como Dios quiere.
Porque en ella «tocamos» a Dios
El niño no podrá besar a Dios o abrazarlo como a sus papás, y sin embargo, se va enterando de que hay que amarlo y buscarlo. Ya se irá despertando en él el deseo de estar con Dios, y lo irá «tocando» por su contacto con todos los signos de la liturgia: cantar, orar, alzar las manos, ponerse en actitud de adoración y desear paz a sus hermanos…
Porque en ella lo «comemos»
He aquí el culmen de la vida de la Iglesia: recibir, «comer», alimentarse del Cuerpo y la Sangre de Cristo, escándalo para los muy racionalistas, vida para los que han creído en su Palabra de vida eterna. Sólo puede hablar de los efectos quien se ha tomado una medicina; sólo puede valorar la Eucaristía quien vive ya de su unión vital con Jesús. El niño se irá preparando a recibir una Primera Comunión y por su constancia, irá experimentando esta necesidad de alimentarse de Jesús siempre.
Y porque nos exige «creatividad»...
Lo que se siembra en el niño da su fruto tarde o temprano. Con esa esperanza debemos perseverar en procurar al niño una educación en la que Dios ocupe el lugar principal; los padres, en primer lugar, yendo con sus hijos a la Iglesia y esforzándose por ser muy honestos dentro y fuera de ella. Los sacerdotes, catequistas y otros evangelizadores, buscando métodos adecuados al desarrollo psicológico de los niños, los cuales les ayuden a «elevarse» hacia Dios. Quien ama es creativo, y si amamos a los niños encontraremos la manera de ayudarles a conocer a Dios por su participación en la Misa.