Lilián Carapia Cruz, hmsp
La verdadera ciencia, la que progresa en el bien, ha aportado grandes favores y le ha resuelto muchos problemas al género humano: «Cuando la investigación metódica en todos los campos del saber se realiza en forma verdaderamente científica y conforme a las normas de la moral, nunca se opondrá realmente a la fe, porque tanto las cosas profanas como las realidades de la fe tienen su origen en el mismo Dios» (GS 36). Al reconocer lo anterior y también la autonomía de las realidades terrenas, la Iglesia no pide a la ciencia que se ciña a sus criterios, pero sí que busque, ante todo, el verdadero bien de la humanidad. Sin embargo, uno de los desafíos de nuestro tiempo es la creciente pérdida de fe en el mundo entero, con sus terribles consecuencias, pues son muchos los que participan activamente en la promoción y difusión del ateísmo. Y entre ellos, lamentablemente, vemos a un buen número de profesos del ateísmo cientificista.
No hay progreso sin ética
«Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior, no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo» (Spe Salvi, 16). La idea de que el progreso de la ciencia nos traería la salvación comenzó a ganar fuerza desde Bacon, y sobrevive hasta nuestros días, aunque ya no con tanto optimismo dados los resultados. Esta idea pretendía, entre otras cosas, que al desterrar a Dios maduraría la humanidad, pues ésta desarrollaría libremente la ciencia y se apropiaría del paraíso que otrora le fue arrebatado… Pero esta idea sumió a la humanidad en un profundo sueño de hadas, el cual se convirtió en una pesadilla. Porque la ciencia sin Dios hizo al hombre capaz de progresar enormemente en el mal (cf. Spe Salvi, nn. 16–23). Esto es lógico, pues para el ateísmo resulta absurdo no sólo creer en la existencia de Dios, sino también en la principal de sus consecuencias: el valor de la persona humana. He aquí un problema que no debe dejarnos en paz: «Si desterramos a Dios, la dignidad humana también desaparecerá» (S.S. Benedicto XVI).
Cuestión de fe y de inteligencia
No sólo la Iglesia, sino también muchos bien pensantes, se han manifestado contra las falsas ideas de progreso. Heidegger denunciaba ya en el seno de la Segunda Guerra Mundial que sus contemporáneos padecían las consecuencias de tener un enfoque limitado y tecnológico del mundo, e ignorar la gran cuestión de la existencia. Tales consecuencias las padeció en carne propia un gran hombre, el neurólogo y psiquiatra austriaco Víctor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración de Auschwitz y Dachau. Frankl constató también que cuando el hombre entiende la importancia de la fe, sí que encuentra razones para vivir, y demostró que para la salud mental de toda persona es preciso encontrar un significado a la vida. Sus profundos estudios demuestran que el padecimiento de «una vida sin propósito» es la peor enfermedad de nuestra época, porque es la época en la que –endiosando a la materia– el hombre se ha olvidado como nunca de Dios.
El cientificismo ateo no es redentor
«No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor» (Spe Salvi, 26). Algunas estadísticas mencionan que hoy mueren muchos más por causa del suicidio que por guerras y asesinatos, y esto es porque falta el amor. Puede parecer que el dato es exagerado, pero pensemos que, curiosamente, los países donde la ciencia y la técnica se encuentran más desarrolladas son los que van a la delantera en los casos de suicidios. No se puede afirmar que toda la culpa es de los científicos ateos, pero sí que las esperanzas que el hombre puso en la ciencia han sido defraudadas.
En cualquier caso, es necesario que los ateos cientificistas revisen su postura soberbia, porque el género humano queda expuesto al más grave peligro cuando «no hay» Dios. Millones y millones de víctimas –por aborto, eutanasia, manipulación de embriones humanos, sofisticación armamentista, etc.– han derramado, ”en nombre de la ciencia”, sangre inocente que clama al cielo; claman justicia frente a los atropellos de aquellos a los que resulta fácil actuar sin escrúpulos una vez que han negado a Dios.