Lic. Juan García Látigos
En estos últimos años se ha agudizado la sensibilidad colectiva contra la pederastia. Antes, aún conociendo la gravedad del problema, se prefería seguir la norma del dicho popular: «la ropa sucia se lava en casa». Eso explica la acción de algunos obispos, que no denunciaban a las autoridades fuera de la Iglesia a algunos sacerdotes que cometían tales nefastos delitos. Para ellos había fuertes llamadas de atención, castigos canónicos y casas de recuperación moral y psicológica.
El juicio que hoy se hace contra algunos obispos, hay que hacerlo teniendo presente la mentalidad común que se tenía en el tiempo en que sucedieron los delitos.
Ahora, providencialmente, ha aumentado la sensibilidad ante estos horrores, y se exige que se apliquen en todo su rigor las leyes civiles relativas a ellos.
Lo que no parece justo y efectivo para afrontar el problema es la superficialidad con que se procede.
Sabemos que es un problema gravísimo, porque, entre otras cosas, propicia el contagio del SIDA, y perjudica la defensa de la castidad antes del matrimonio.
Además, se trata de un fenómeno universal que daña espiritual y psicológicamente al 10% de los niños del mundo, los cuales sufren abusos sexuales, según estadísticas de la ONU.
Esto quiere decir que, si hay hoy más de seis mil millones de seres humanos en el mundo, más de seiscientos millones de personas han sido violadas.
Concediendo, sin afirmarlo, que de parte de los sacerdotes hayan sido víctimas sesenta mil en todo el mundo, esto equivaldría a que uno por cada sesenta mil víctimas lo haya sido por culpa de sacerdotes católicos.
¿No es ridículo y sumamente injusto hacer tanto escándalo por un delito y callar otros cincuenta y nueve mil novecientos noventa y nueve?
No se está actuando para desenraizar este infernal vicio sino que se está dejando expandir el mal. Lo que se busca es «destruir un enemigo», que es la Iglesia católica, contraria a la maldad de quienes sí promueven conductas perversas.
¿Por qué no luchar para acabar con este nefasto mal ayudando a crear una conciencia sensible para que todos los predadores – abuelos, padres de familia, hermanos, primos, amigos, vecinos, maestros, médicos, ministros de todas las religiones – dejen de destruir la vida de tantos inocentes?
¿Por qué callar ante el turismo de prostitución infantil, que se propicia en casi todas las naciones del llamado tercer mundo con el dinero de los del primero?
La plaga es grave y mundial. No podemos quedarnos satisfechos con gritar escandalizados por descubrir la pelusa en el ojo ajeno, cuando en el propio hay troncos.
Si hoy abundan los suicidios –más de 20 millones de personas lo intentan cada año– y la homosexualidad descarada, se debe, en gran parte, a los traumas que han causado los pederastas.
Ha llegado el tiempo de hacer un periodismo honesto y a la altura de las exigencias de hoy. Solamente infundiendo valores, los auténticos que brotan del Evangelio, podemos empezar a construir una sociedad sana y respetuosa de las demás personas, sobre todo de las indefensas.
Mariana Lozano Bravo, hmsp
Conmovidos escuchamos a nuestro padre; a aquél que con su vida y sus palabras ha sostenido y animado la vocación misionera de miles de personas.
El agradecimiento a Dios por enviarnos a su mensajero fue la nota predominante de la celebración del 50 aniversario sacerdotal de nuestro fundador,
el padre Luis Butera Vullo.
Una alegría festiva y familiar llenó el Centro Nacional de Reconciliación desde temprana hora de aquel 7 de abril, fecha elegida para la reunión; aun cuando la fecha precisa del aniversario había sido días antes, el 2 de abril, viernes santo. La meditación compartida por el padre Luis fue el primer alimento del día, como siempre, fuerte y cuestionante.
El auditorio del CNR estaba rebosante de misioneros y misioneras, tanto religiosos como laicos, que querían felicitar al padre Luis en ese día especial, más de un millar. Todos tuvieron alguna participación en la fiesta: algunos dirigiendo el programa, otros preparando los alimentos, sirviendo las mesas, presentando números alusivos a la ocasión, fungiendo como ingenieros de sonido, amenizando con música… en fin, nadie quería quedar fuera.
Y no sólo en aquél auditorio había hijos gozosos por el aniversario del padre, sino que, gracias a la Internet, los hermanos y hermanas que se encuentran en Vietnam, Filipinas, Kenya, Tanzania, Chile, Brasil, Venezuela, Costa Rica, República Dominicana y varias comunidades de México y los Estados Unidos, compartieron también la gran fiesta.
Es que no todos los días se celebran 50 años de servicio sacerdotal, fecundo y lleno de amor. Por la mañana de ese miércoles, después de presentar a los hermanos del fundador de los MSP, Salvatrice y Calogero, y a su cuñada Franca, que desde Italia vinieron a compartir el feliz momento, un grupo de hermanos y hermanas MSP entonaron un canto escrito por el mismo padre Luis para la ocasión: «Gracias Señor por 50 años de experimentar tu amor, por hacerme sacerdote, por hacerme misionero, Servidor de la Palabra, de tu amor».
Luego de que una de nuestras hermanas religiosas compartiera una breve biografía del padre Luis, el auditorio fue convertido en una gran capilla, donde se realizó la adoración del Santísimo Sacramento. Casi al final de la oración, todos los sacerdotes MSP presentes fueron convocados a imponer las manos y dar la bendición al padre Luis. ¡Qué momento tan emotivo! ¡Los hijos bendiciendo al padre! Uno de los sacerdotes msp, que presenciaba el evento por Internet en República Dominicana, hizo saber después al padre Luis que él también, desde allá, se puso de pie y extendió su mano para participar de esa dicha.
Y así, en oración, nos preparamos todos para el momento central: la Eucaristía, acción de gracias por excelencia. El ensayo de los cantos para la misa, compuestos para estrenarlos en aquel irrepetible día, dispuso el ambiente comunitario. Nos sentíamos como un solo corazón, dando gracias al Padre celestial, unidos a Cristo en el Espíritu. Fue en este marco litúrgico donde el padre Luis pronunció la homilía, embargado de gran emoción. La felicidad no podía ser mayor; la del padre, por ver sus esfuerzos coronados y bendecidos en abundancia: Dios le ha regalado una gran familia, que lo quiere y sigue sus pasos; y la de los hijos, por haber sido bendecidos con un padre tan amoroso y valiente, siempre decidido a cumplir el plan de Dios.
Al terminar la celebración eucarística nos dispusimos a compartir los alimentos y continuamos por la tarde con diversas actividades: el rezo del Rosario, los cantos dedicados al padre Luis, exposición del trabajo apostólico en las misiones, nacionales y extranjeras, videos, poesías, la presentación del librito conmemorativo «Servidores de la Palabra nos hizo Dios», un melodrama musicalizado que representaba la importancia y valor de la misión. El padre Luis concluyó diciendo: «estoy asombrado por la creatividad e inventiva que han mostrado; y veo que están asimilando la espiritualidad. Soy feliz porque los veo felices».
Las horas pasaron más rápido de lo acostumbrado y de pronto la noche cayó sobre nosotros. Muchos emprendieron el camino de regreso a sus misiones; otros, los cercanos, decidimos quedarnos un poco más junto a nuestro fundador. Su cansancio era inevitable después de la larga jornada, pero la sonrisa que brotaba desde lo hondo de su corazón sencillo, como el de un niño, nos dejó una gran lección: la entrega generosa de la vida, en medio de sacrificios y renuncias, recibe siempre su recompensa. Como nos ha dicho tantas veces el mismo padre Luis: «Dios no se deja vencer en generosidad».
Homilía del Padre Luis
«Bendeciré al Señor con toda mi alma;
bendeciré con todo mi ser su santo nombre.
Bendeciré al Señor con toda mi alma;
no olvidaré ninguno de sus beneficios.
Él es quien perdona todas mis maldades,
quien sana todas mis enfermedades,
quien libra mi vida del sepulcro,
quien me colma de amor y ternura,
quien me satisface con todo lo mejor
y me rejuvenece como un águila.»
( Salmo 103, 1-5)
«Con estos versículos del Salmo 103, quiero resumir todos mis sentimientos de gratitud al Señor por haberme dado gozar 50 años de sacerdocio, por encima de mis límites y miserias.
En realidad, lo que ha sobresalido, en estos 50 años de Ministerio Sacerdotal, no han sido mis acciones positivas o negativas, sino el triunfo de su Misericordia y Providencia.
Sin duda, Él ha tenido un proyecto para mi vida, que ha realizado, a pesar de mi pobreza. Ha sido su infinito Amor, y mi deseo de aceptar siempre ese proyecto divino, procurando hacer su voluntad, por encima de toda conveniencia humana.
No creo tener mérito alguno, pero, sí, disposición constante de aceptar todo lo que ha sido su voluntad.
Romanos 8, 28 ha sido la receta segura de mi salud espiritual y de todo éxito apostólico: “Todo lo que Dios dispone es para bien de los que lo aman”
Lo he experimentado miles de veces, y lo he querido comunicar a los demás, para que gozaran del amor de Dios.
Que hayan nacido y crecido las dos Comunidades Religiosas y el Movimiento de Laicos Evangelizadores, con todo lo que esto incluye, como también haber publicado artículos, revistas y libros, no lo atribuyo a mis limitadas capacidades, sino a la aceptación del proyecto de Dios en mi vida.
En realidad, todo proyecto de Dios en la vida de cada persona es importantísimo, porque vale una eternidad feliz. Y, además, es proyecto de un Padre sumamente bondadoso.
Por eso, al celebrar mi acción de gracias, solamente con ustedes, una porción de mi familia, quiero resaltar el secreto de todo lo que ustedes ven y admiran, para que, conociendo la causa de todo esto, sigan el ejemplo.
No quise que se conmemoraran estos 50 años de sacerdocio con el ruido y las distracciones que destruyen la sencillez, alegría y devoción de nuestro ambiente familiar, para gustar más la presencia amorosa de nuestro Señor.
Que este encuentro representativo de la gran familia de los Misioneros Servidores de la Palabra, nos llene de gratitud a Dios, y deje una huella profunda de su presencia en cada uno de nosotros.
Por ser solamente una representación de los que el Señor me ha dado como hijos, recuerdo y recomiendo de manera especial a los que están más lejos físicamente: los de Kenia, Tanzania, Vietnam y Filipinas.
Que de todos el Señor reciba nuestros sentimientos de gratitud, y a todos nos envuelva en su misericordia y providencia por intercesión de Nuestra Madre, la Virgen del Magnificat.»