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Respetar las leyes
de la naturaleza

P. Luis Butera V., msp

Hay un dicho muy sabio que afirma: «Dios siempre perdona, los hombres a veces, la naturaleza nunca». Los adultos hemos experimentado y continuamos experimentando la veracidad de esta sentencia. Que Dios perdona siempre, no cabe duda. Siempre y cuando dejemos actuar la misericordia de Dios en nuestra vida, nos sentimos liberados de nuestros pecados. El Señor nos lo probó cuando dijo a uno de los ladrones que estaba crucificado a su lado y que se recomendó a Él: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Cada uno de nosotros tiene una larga experiencia de su misericordia. ¡Cuántas veces hemos recuperado la paz interior por el perdón que nos ha otorgado el Señor! La segunda parte de la sentencia nos manifiesta la triste realidad de que en los hombres no siempre encontramos la suficiente generosidad para contar con su perdón o su ayuda. Recordemos, a este propósito, la sentencia del profeta Jeremías: «Maldito aquel que aparta del Señor su corazón y pone su confianza en los hombres» (Jr 17, 5). La tercera afirmación nos exige una mayor reflexión por tratarse de consecuencias graves y sin remedio. Dios ha puesto la naturaleza a disposición de los hombres para que la usaran para su bien. El Salmo 8 lo afirma bellamente: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?... Le diste autoridad sobre tus obras, lo pusiste por encima de todo» (Sal 8, 4-6). Con la Biblia en la mano podemos defender el progreso que científicamente ha ido realizando el hombre a través de los siglos. Usar la inteligencia para mejorar la forma de vivir no sólo es bueno sino, también querido por Dios. Pero, una cosa es usar la inteligencia para el bien del hombre, otra es usarla para acrecentar su soberbia y egoísmo. Esto va en contra de Dios y del mismo hombre. Sabemos, de hecho, que todas las cosas creadas por Dios son en sí mismas buenas. Pero el mal uso de ellas ofende su naturaleza porque distorsiona su finalidad y perjudica al hombre. Así, por ejemplo, el agua, el vino, las drogas, el petróleo, ... son buenos en sí mismos y tienen una importancia extraordinaria para la vida de la humanidad. Pero, el mal uso crea grandes desastres como son las inundaciones, el alcoholismo, la drogadicción y la contaminación. Esta última consecuencia es la que ha puesto en alarma a los científicos, quienes constatan graves efectos negativos para el equilibrio ambiental. Fruto de la contaminación es el calentamiento de la tierra, que está descongelando las inmensas masas polares, dando como resultado el crecimiento de los mares de 17 centímetros cada década. Un fenómeno que provocará dentro de unas cuantas décadas la desaparición de muchas ciudades que hoy gozan de playas y de riqueza turística. Las islas Styl en el mar del Norte, Tuvalu en Oceanía y Santo Tomás en el Caribe enfrentan su eventual desaparición. Según científicos, México no podría resistir que la temperatura de los océanos se eleve en más de 2 ó 3 grados. También aumentarán el número y la violencia de los huracanes, provocando mayores desastres de los que hemos conocido. Además grandes zonas, hoy fértiles, se volverán áridas y consecuentemente improductivas sobre todo en África y en América Latina. En 2025, Estados Unidos, Canadá y Australia, que son los principales exportadores de grano en el mundo, van a perder su potencial para vender alimentos a los demás países. Según el investigador británico Nicholas Stern, en 2048 no habrá ya peces en los océanos a causa del calentamiento de las aguas y de la derrama de desechos y productos químicos al mar. Quién sabe si la humanidad está todavía a tiempo para remediar el mal uso de los productos de la tierra y evitar los enormes desastres que se anuncian. De todos modos, hay que aprender la lección de que toda naturaleza creada por Dios no debe ser violentada por el interés y el placer del hombre, diferentemente se provocará la ruina existencial de la humanidad. Es por eso que la Iglesia siempre ha defendido las leyes de la naturaleza, oponiéndose a los anticonceptivos, al aborto, a la eutanasia y al matrimonio entre personas del mismo sexo. La alarma lanzada por científicos, pidiendo el respeto a las leyes de la naturaleza, debe hacernos más reflexivos y obligarnos a evitar lo más que se pueda la contaminación material y moral.