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Un cristiano tiene como necesidad indispensable alimentarse de Dios. Ningún otro bien sobre la tierra puede satisfacer esta exigencia imperiosa de la vida. Así como nuestro cuerpo tiene la necesidad de alimentarse cotidianamente, así nuestro ser profundo tiene el deseo grande de alimentarse de lo espiritual.
Cristo, nuestro Señor, se compadeció de esta hambre profunda y quiso hacerse Pan para poder entrar en nuestra vida. Su frase: «Yo soy el Pan de vida, el que coma de este Pan tiene vida eterna» (Jn 6, 48) debemos entenderla en toda su extensión. Alimentarse de Cristo es el único Camino para mantenerse en pie en esta vida. De otro modo, la angustia, la tristeza, la desesperación irán minando nuestra vida espiritual.
Sin embargo también encontramos en el Nuevo Testamento, sentencias muy duras para todo aquel que pretende alimentarse del Pan Eucarístico sin estar consciente de la presencia de Cristo. Comulgar significa unirse a Cristo para compartir su mismo destino. Así lo afirma el apóstol san Pablo: «Cada vez que comemos de este Pan y bebemos de esta Copa, proclamamos la muerte del Señor... Por eso que cada uno examine su conciencia antes de comer del pan y beber de la copa. De otra manera come y bebe su propia condenación al no reconocer el Cuerpo del Señor» (1 Co 11, 26-28).
Por lo mismo, la Eucaristía no ha de ser presentada solamente como el Pan de Amor, sino también como Pan de compromiso y coherencia. La Iglesia, fiel administradora de los sacramentos y en especial del sacramento de la Eucaristía, ha prescrito la absolución sacramental. No podría ser que una persona que se alimenta del Señor viva estancada en el pecado; esto sería contradictorio y antitestimonial.
Ante esa disyuntiva los fieles cristianos podemos clasificarnos en alguno de estos dos grupos: el primero y ordinariamente el más numeroso: los que pueden comulgar pero no quieren; un segundo más pequeño: los que desean comulgar pero no pueden.
Dentro del primer grupo se encuentran todos los que por no querer convertirse y confesarse se privan de la Eucaristía. Aquellos que no están resueltos a vencer obstáculos y ordenar su vida conforme a la Palabra.
Como señalamos, hay también un grupo no pequeño de cristianos que darían cualquier cosa por acercarse a la Comunión pero su estado o situación se los impide. En este grupo de personas estarían aquellos los que por circunstancias obligadas no pueden participar de la misa o están en comunidades donde no hay sacerdotes. Podrían ser también los ancianos y enfermos que no participan de la misa ni son asistidos por un ministro de la Eucaristía.
Incluidos dentro de este grupo estarían los que por razones de su estado no pueden comulgar sacramentalmente: aquellas parejas que conviven sin tener el sacramento del matrimonio, y los divorciados, vueltos a casar.
Para éstos últimos, la única comunión que puede alimentarlos y aprovecharles para su santificación, mientras no se resuelva su situación, es la comunión espiritual. Los divorciados y vueltos a casar jamás pueden sentirse excluidos de la vida de la Iglesia. Están llamados para participar y comulgar de la Palabra, de la oración; a prestar su servicio pastoral en la comunidad que pertenecen sin frustraciones ni complejos, con generosidad. Se debe aceptar con mucha humildad la postura de la Iglesia que no es, de ninguna manera, una postura discriminatoria, sino objetiva y aclaratoria de particular situación. En «Familiaris Consortio» el Papa Juan Pablo II, expresó que: «una relación posterior al matrimonio contradice el amor eterno e indisoluble que simboliza el matrimonio. Si se diera la comunión en estos casos, se caería en una penosa confusión que induciría a muchos al error pues tenemos como una revelación que el amor de un matrimonio es indisoluble y hasta la muerte».
Es la manera de comulgar efectivamente con Cristo cuando lamentablemente no se está en condiciones de recibir la Comunión sacramental. Jamás puede ser considerado como un equivalente sacramental por una persona que puede arreglar su situación y comulgar como corresponde. Esta forma de comulgar no es un «tapaconciencias» ni un «premio de consolación». Esta forma de comulgar consiste en una entrega absoluta de nuestro ser y querer a Jesucristo, que se hace preferentemente en la celebración eucarística (para aquellos que pueden participar de la misa). Ya que no se puede comulgar sacramentalmente se le pide al Señor con toda humildad, venga a nosotros espiritualmente. Es una oración profunda y confiada en Jesucristo nuestro Señor, que sabe de nuestro dolor y, por ello, nos fortalece para seguir sirviéndole con conciencia tranquila y ánimo renovado.
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Cuando parece que Dios
está lejos
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Seguido se oyen frases como éstas: «Dios se aleja. Dios no me escucha, a Él no le importo». Es entonces cuando los ojos miran el suelo y el desaliento hace presa de la persona.
En ocasiones, son tantas las pruebas, las dificultades, las contradicciones, que lo primero que podemos deducir es que el Señor está lejos. Parece que nos hubiera olvidado.
«Si Dios estuviera cerca, concluimos, no me habrían corrido del trabajo; si Él se preocupara por mí no me hubieran traicionado como lo hicieron; si estuviera al pendiente de mí no habría permitido que me contagiara de esta enfermedad», estos y muchos reproches más podemos lanzar hacia el cielo en un momento de desesperación.
Es verdad que nuestra vida se ve sometida a un sin fin de circunstancias que amenazan con hundirnos en el pesimismo, pero... ¿éstos son signos de la lejanía de Dios?
La Sagrada Escritura nos da testimonio de que la angustia que se vive frente al sentimiento de abandono de parte de Dios no es algo nuevo: «Dios mío, día y noche te llamo y no respondes; ¡no hay descanso para mí!» (Sal 22, 2); «¿Por qué mi dolor nunca termina? ¿Por qué mi herida es incurable, rebelde a toda curación? Te has vuelto para mí como el agua engañosa de un espejismo» (Jr 15, 18); «Pero busco a Dios en el Oriente, y no está allí; lo busco en el occidente, y no lo encuentro. Me dirijo al norte, y no lo veo; me vuelvo al sur, y no lo percibo» (Job 23, 8-9). Desde antiguo el hombre ha tenido que lidiar con situaciones que lo conducen al límite de su resistencia; situaciones que le llevan a creer que no hay otra cosa en su horizonte sino soledad.
Ante estos testimonios que la Biblia nos da, podemos confrontar nuestra propia experiencia. Pero, ¿acaso Dios se ausenta por momentos de la vida del hombre? Desde el terreno de la metafísica, podemos decir sin dudar que, siendo Dios el que da el ser y lo sostiene, desde el momento en que «somos» debemos estar seguros de que Dios está ahí, «sosteniéndonos». Él nos salva de la nada.
Pero, hablando existencialmente podemos decir que es posible experimentar estos «abandonos» de la presencia divina, una cierta desolación interior. El cristiano camina tras las huellas del Maestro, le sigue de cerca y procura asimilar sus palabras y gestos para hacerlos suyos. Basta entonces echar una mirada a la vida de Cristo para constatar que estas desolaciones son parte del camino de maduración de la fe. El pasaje de la agonía en el huerto de Getsemaní (Lc 22, 39-46) refleja una faceta en la vida de Jesús marcada por el sacrificio, un sacrificio que por momentos carga «solo». Las palabras en la Cruz son también expresión de lo que vivía el Señor en medio de la humillación y el maltrato: «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» (Mc 15, 34). Estos momentos de densa oscuridad colocan al hombre en una disyuntiva: confiar o desesperarse, orar (incluso en medio del llanto) o hundirse en el sinsentido. Si optamos por lo primero –la confianza–, saldremos de la prueba fortalecidos, con una fe purificada en el fuego (cf. Stgo 1, 12). El ser humano, diferentemente de otros seres en la creación es perfectible, es decir, cada día se encamina hacia la plenitud; por ello, debe estar dispuesto a crecer. Crecer es madurar, es comprender que cada esfuerzo realizado no será vano, es aprender a caminar en medio de la tormenta, es dejar de mendigar satisfacciones y placeres, es aceptar la vida tal y como es, no como quisiéramos que fuera. Así, el que se topa de frente con un mar agitado, lleno de tribulaciones (físicas, morales, psicológicas, espirituales), antes de huir por los caminos de la superficialidad; más bien, debería reflexionar y orar.
San Agustín llega a decir que si Dios se «oculta» es para que el corazón humano le desee con más vehemencia, para que su alegría se duplique al encontrarlo.
San Juan de la Cruz, maestro de gran talante espiritual, vivió y enseñó que, en medio de la oscuridad más completa, cuando Dios calla absolutamente, cuando el hombre reza y no recibe consuelo, es cuando más brilla la presencia divina. Misterio. Paradoja. Así es la experiencia de la fe: luz y sombra.
Pero, eso sí, podemos estar seguros de que la última palabra de Dios sobre el hombre y sobre el mundo no es la tiniebla ni la ignorancia sino la luz, el pleno conocimiento (vital) del amor con que Dios nos ama. Después de cada anochecer, amanece nuevamente. |
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