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Empleamos nuestro verano
en predicar, no en jugar
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No cabe duda que la palabra de Dios, como una espada de doble filo, llega a lo más profundo de las conciencias y de los corazones de los que la predican con amor y de los que la escuchan con humildad de corazón.
Apoyados por las Hermanas Misioneras Servidoras de la Palabra, alrededor de 25 jóvenes de entre los 15 y 25 años nos preparamos para llevar a cabo las misiones de verano, y se nos asignó una misión en una parroquia en la diócesis de Linares. Desde el mes de agosto nos venimos reuniendo frecuentemente, a fin de meditar la Palabra y orar. Por fin, el primer día de este año 2007, y en el marco de una bella celebración eucarística, hicimos nuestra promesa para vivir el espíritu de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia durante nuestro tiempo de misión a la que fuimos enviados. Para ello recibimos la imposición de manos y la oración de toda la comunidad.
Desde la llegada a aquella comunidad, comenzaron a surgir muchas dificultades. Tuvimos que sufrir para conseguir apoyo para transportarnos, pues no contábamos con los suficientes recursos. Pero eso era nada comparado con lo que el Señor nos tenía preparado.
A nuestra llegada, el párroco del lugar se sorprendió muchísimo al ver a los misioneros «tan jóvenes». Inmediatamente nos cuestionó si nos sentíamos preparados para llevar adelante este compromiso. Se sorprendió mucho cuando supo que éramos de Puente Alto y sospechó que teníamos simples inquietudes vacacionistas y que no daríamos el ancho en la misión. Incluso nos prometió un paseo si nos portábamos bien: temía que diéramos mal testimonio. Nos contrarió mucho la actitud del sacerdote, ya que sentimos que no confió en nosotros, y los más jóvenes se desanimaron, pero preferimos pensar que seguramente había tenido muy malas experiencias con misiones anteriores y que aquella era nuestra oportunidad de demostrarle y demostrarnos a nosotros mismos que no habíamos dejado nuestra casa y nuestras vacaciones para ir a jugar a su parroquia.
Por razón de distancias, el equipo misionero se vio obligado a dividirse en dos grupos, lo que también fue ocasión de desánimo. Nos habíamos hecho a la idea de trabajar juntos durante las tres semanas, especialmente para ayudar a los que venían por primera vez. Pero la oración y la meditación de la Palabra nos ayudaron a superar esos inconvenientes. Y empezamos a trabajar en las comunidades de aquella parroquia. No siempre tuvimos la comida segura: a algunos misioneros les tocó caminar hasta 20 kilómetros diarios para llegar a las comunidades más lejanas. No faltaron las quejas por causa de «mamitis», «amiguitis», y otros achaques que padecen los jóvenes, además del cansancio que en muchas ocasiones fue extenuante. Pero a pesar de todo esto nunca bajamos los brazos ni dejamos de esforzarnos ni de sacrificarnos.
La gracia que recibimos en esta misión fue el forjar jóvenes ricos en humildad, paciencia, sacrificio y ge-nerosidad durante esos 23 días. Pudimos experimentar en carne propia la exigencia de la vida misionera, y lo más importante: darnos cuenta de que cuando un misionero vive generosamente los consejos evangélicos, la Providencia de Dios se manifiesta copiosamente. Aunque las comunidades en las que misionó el equipo ya habían sido animadas con anterioridad, la mayoría de las personas se acercaban por primera vez y no tenían Biblia. Jamás habían sentido la fuerza de la Palabra porque no habían escuchado una predicación directa con la Biblia en la mano.
El día en que se clausuró la misión, y a pesar de la lluvia intensa y la lejanía de las comunidades, se llenó el templo parroquial. Cientos de fieles fervorosos se reunieron allí para celebrar una misa al estilo misionero, con mucha alegría y entusiasmo, las personas expresaron su testimonio y agradecieron mucho a los jóvenes por todo su esfuerzo y sacrificio. El párroco no daba crédito a lo que estaba viendo, y sorprendido por nuestro trabajo, nos pidió disculpas por su desconfianza inicial. Pero nosotros nunca olvidamos el consejo que dio san Pablo a Timoteo: «Que nadie te menosprecie por ser joven», por eso, desde el principio decidimos que emplearíamos nuestro verano en predicar, no en jugar. |
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Visitar a los enfermos
fortalece el espíritu misionero
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¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: «Ya reina tu Dios»! (Is 52,7)
Como misionero el Señor me ha permitido ver y realizar muchos y muy diversos apostolados, en los cuales Él se ha manifestado, otorgando el perdón, reconciliando familias. Uno de los principales apostolados de mi comunidad es predicar la Palabra, para que a través de ella las personas descubran al «Dios con nosotros». Pero hoy les quiero platicar de un apostolado que es muy edificante: visitar a los enfermos.
Uno de los hermanos seminaristas de teología me invitó a ir a un hospital para visitar a todos los enfermos de una sección. En el momento en que el hermano me estaba hablando, lo primero que se me vino a la cabeza al escuchar la palabra hospital fue dolor, desesperación y aflicción. Al día siguiente, al ingresar al hospital y hacer una oración para iniciar nuestro apostolado, iba meditando y susurrando un Salmo «...Tú me escrutas, Señor, y me conoces; sabes cuándo me siento y me levanto,... ¿Adónde iré lejos de tu espíritu, a dónde podré huir de tu presencia? Si subo hasta el cielo, allí estás tú, si me acuesto en el lugar de los muertos también ahí te encuentra tú...» (cf. Sal 139, 2b.7-8). Y al pedir permiso para ingresar al primer cuarto de un enfermo, me llevé una sorpresa al descubrir que la persona de ese cuarto no estaba triste como yo lo había imaginado, sino con actitud serena y pacífica. Lo mismo pasó con el siguiente. Cada uno de ellos tenía infinidad de problemas, aparte de su enfermedad, sin embargo su fe les hacía decir: «Dios está conmigo, los problemas quizá pronto se solucionarán, mientras tanto debemos aprender a vivir con la enfermedad para no renegar». Al despedirnos de cada enfermo, estos nos agradecían la visita, porque «un hombre de Dios» –esa era su expresión– los había ido a ver para darles un mensaje de consuelo y paz.
De entre todos los enfermos, dos de ellos llamaron especialmente mi atención. Primero, una niñita de escasos once años que, al llegar a su cuarto, de inmediato se puso por un lado de la cama, con los ojos bien abiertos, como esperando las preguntas y lo que le iba a decir. Pero lo más sorprendente de esta niña no era el que anduviera por todos los cuartos jugando y platicando con enfermeras y doctores, sino su madurez, que se reflejaba en su hablar y en su manera de asimilar la enfermedad. Era consciente de que sus papás estaban haciendo todo lo posible para que pronto se recuperara; ella, por su parte, hacia todo lo que los médicos le indicaban para contribuir a su restablecimiento.
El otro enfermo se hallaba en una situación singular. Esto lo supuse desde antes de entrar a su cuarto, pues fuera de la puerta se encontraban dos policías. Lo más curioso de este enfermo no era por la presencia de aquellos guardias que le custodiaban, sino la expresión de su cara que, al igual que la de otros enfermos, no estaba triste. En un primer momento no me atreví a visitarlo al ver a los guardias, un tanto malencarados, pero, después de pasar varias veces delante de la habitación me decidí a entrar. Le hice la invitación para reflexionar la palabra de Dios y de inmediato aceptó. Cuando yo proclamaba el texto bíblico, él cerró sus ojos, en señal de oración, y cuando inicié la reflexión, él me escuchaba con suma atención. Al terminar me agradeció la visita. Me contó que se encontraba en el reclusorio y que lo acababan de operar, pero que eso no le importaba porque su vida era otra desde que había descubierto a Cristo, precisamente durante su estancia en la cárcel. Los custodios, por su parte, no perdían oportunidad para recordarle que en su condición de recluso no podía hablar con nadie, pero él no les hacía mucho caso.
La actitud de muchos de estos enfermos me dejó una gran enseñanza: la madurez en la vida no sólo se adquiere con los años, sino asumiendo con confianza, paciencia y valentía las múltiples experiencias de la vida. También aprendí que la libertad que no es hacer lo que queremos sino hacer lo que es mejor, es decir, aquello que es necesario para encontrar la vida que Cristo nos vino a dar, siguiendo de cerca sus pasos.
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