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Vigorexia: mente enferma
en cuerpo "sano"

Las corrientes socioculturales de nuestro tiempo tienden a ensanchar el egoísmo y la vanidad. Dentro de las inclinaciones más frecuentes de hoy día está el culto al cuerpo, que se caracteriza porque la persona descuida sus actividades primordiales como son atender a la familia, el estudio, el trabajo, a causa de su obsesión por obtener un lugar privilegiado entre los «cánones modernos de belleza». Esta absurda forma de vivir, sin embargo, sólo convierte a la persona en esclava de sí misma, y nunca le dará plena satisfacción.

El fenómeno social de la vigorexia ha desembocado en patologías o trastornos psico-físicos. Las víctimas de este mal son personas que no se aceptan tal como son y que continuamente se ven a sí mismos imperfectos. La vigorexia, anorexia reversa o complejo de Adonis, la padecen quienes llevan a los excesos todo tipo de entrenamientos físicos para lograr una musculatura abundante y dejar atrás cualquier imagen enclenque o «débil». Además, adjuntan dietas ricas en proteínas y se automedican anabolizantes y hormonas, para favorecer la hipermusculación con el mínimo de dolor.

Esta enfermedad obsesiva por mantener la «belleza» del cuerpo no debe confundirse con la práctica habitual de alguna disciplina deportiva o actividad física recreativa, pues éstas son totalmente saludables. Pero quien pasa más de tres horas al día en el gimnasio, tensa sus músculos más allá de sus capacidades y cede ante la «tiranía de la báscula», pesándose hasta tres veces al día es obvio que debe cuestionarse. Un signo evidente de quien sufre vigorexia es que a pesar de los esfuerzos, siempre se ve, a sí mismo, «enclenque».

Fue el Psiquiatra Harrison G. Pope, del hospital de Mc Lean, en Belmont, E. U., quien hizo los primeros estudios de este trastorno a partir de 1993. Descubrió que uno de cada nueve individuos asiduos al gimnasio termina con serios e irreversibles problemas físicos y fuertes impactos psicológicos difíciles de superar. Esta enfermedad ataca a hombres y mujeres, siendo los más afectados los varones de entre 18 y 35 años. Generalmente, estas personas cuentan con un perfil introvertido y de baja autoestima, y se esconden tras una apariencia corporal perfecta, pero totalmente artificial. Por supuesto que también se excluyen de este problema aquellas personas cuyos cuerpos son excesivamente robustos por causa de algún desequilibrio bioquímico a nivel cerebral.

Es una pena que la persona humana, en su búsqueda natural del bien, quede estancada en situaciones de placer temporal. No se da cuenta de que podría tener plenitud si llevara, junto con sus responsabilidades, una vida interior, iluminada por la palabra de Dios: «No es la fuerza del caballo ni los músculos del hombre lo que más agrada al Señor; a Él le agradan los que lo honran, los que confían en su amor» (Sal 147, 10).

Esforzar el cuerpo más allá de sus propios límites es enfermizo, pero ejercitar al máximo el espíritu es dar pasos grandes y seguros en la construcción de nuestra felicidad. No estamos constituidos sólo de materia, de carne y huesos; también nos constituye una parte espiritual, la cual se inquieta y se empobrece cuando la persona sólo le suministra bienes efímeros.

No practica la confianza en el Señor quien es tonto o quien está enajenado buscando consuelos absurdos sino quien lucha y conquista la verdadera autenticidad, a pesar de sus límites. Este tipo de persona obtiene la más grande de las fuerzas, la del amor, porque confía en Cristo resucitado. Sólo él es capaz de aceptarse como es y, una vez haciendo esta experiencia, podrá «ver como basura aquello con lo que vanamente pretendía llenar su vida» (cf. Flp 3, 7).


Conquistarse a sí mismo:
una verdadera hazaña

«Federico el grande, rey de Prusia, caminaba un día por las afueras de Berlín cuando, accidentalmente, tropezó con un hombre muy anciano. – ¿Quién eres?, preguntó Federico por simple curiosidad cuando los dos se detuvieron.
–Soy un rey, contestó el anciano. – ¿Un rey?, repitió su pregunta Federico. – ¿Sobre qué principado reinas? –Sobre mí mismo, fue la orgullosa respuesta. –Yo me gobierno a mí mismo porque me domino a mí mismo. Soy mi propio súbdito.»

La historia ha sido testigo de grandes hazañas, de muchas conquistas logradas por los poderosos. Recordemos el caso de los romanos, que por varios siglos fueron el Imperio que dominó gran parte de la humanidad. Pero estos poderosos un día se hicieron débiles. Las causas de su decadencia fueron muchas: los excesos que cometían, sus abusos de poder, el derroche, el dar rienda suelta a las pasiones. En una palabra, la burguesía que se dio dentro del Imperio colaboró para que los fuertes se hicieran débiles y vulnerables. Estos poderosos lo conquistaron prácticamente todo, sólo les faltó lo más importante: conquistarse a sí mismos.

Hoy vivimos en una época de logros, en la que todo mundo lucha y se afana por conquistar metas, por superar a otros, por estar a la vanguardia y tener los medios más sofisticados para la realización personal. En muchas de estas luchas somos movidos por el gusto o por el amor exagerado hacia nosotros mismos, el egoísmo. Ante esta realidad, es necesario purificar nuestras intenciones, ya que la verdadera realización personal no depende sólo de los logros externos y materiales, sino de ser dueño de sí mismo. Al respecto nos ilumina el Evangelio: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se destruye a sí mismo?» (Lc 9, 25).

En el camino hacia la conquista de sí mismo es necesario reconocer aquello que, tal vez, inició como un simple gusto personal, pero que ya ejerce cierto dominio sobre la persona, del cual le es difícil sacudirse, y a esto se le llama vicio. Los vicios, a todos los seres humanos, nos hacen ser demasiado débiles y vulnerables ante ciertas situaciones de la vida que reclaman de nosotros fortaleza. Hay que trabajar contra esos vicios, aceptando la ayuda de Dios y la guía espiritual por parte de personas sabias que nos acompañen en el camino para ser fuertes en la voluntad y ejercer dominio sobre el vicio, y no al revés.

No es fácil ser dueño de sí mismo, mas es necesario para triunfar en la vida. En la carta a los Gálatas, san Pablo dice que el dominio de sí mismo es un fruto del Espíritu Santo (cf. 5, 23). Al no abrirnos a la gracia de Dios, seguramente seremos dominados por la soberbia y nos va a pasar como a los romanos antiguos: pareceremos fuertes ante los demás, seremos conquistadores de muchas empresas, dominaremos situaciones etc., pero no lograremos ser dueños de nosotros mismos. Y esto daría paso a un lamentable fracaso.

Decidirse a luchar contra los vicios no es fácil, ya que se presentan los obstáculos. No obstante, no podemos permitir que el desánimo se apodere de nosotros. Lo mejor es abandonarse en las manos de Dios, reconocer con humildad y paciencia la propia debilidad y decir, junto con el Apóstol: «A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece» (Flp 4, 13). Conquistarse y ejercer un dominio sobre sí mismo es ir en contra de la corriente permisivista del mundo, es garantía de felicidad y por lo tanto es una verdadera hazaña.