«Federico el grande, rey de Prusia, caminaba un día por las afueras de Berlín cuando, accidentalmente, tropezó con un hombre muy anciano. – ¿Quién eres?, preguntó Federico por simple curiosidad cuando los dos se detuvieron.
–Soy un rey, contestó el anciano. – ¿Un rey?, repitió su pregunta Federico. – ¿Sobre qué principado reinas? –Sobre mí mismo, fue la orgullosa respuesta. –Yo me gobierno a mí mismo porque me domino a mí mismo. Soy mi propio súbdito.»
La historia ha sido testigo de grandes hazañas, de muchas conquistas logradas por los poderosos. Recordemos el caso de los romanos, que por varios siglos fueron el Imperio que dominó gran parte de la humanidad. Pero estos poderosos un día se hicieron débiles. Las causas de su decadencia fueron muchas: los excesos que cometían, sus abusos de poder, el derroche, el dar rienda suelta a las pasiones. En una palabra, la burguesía que se dio dentro del Imperio colaboró para que los fuertes se hicieran débiles y vulnerables. Estos poderosos lo conquistaron prácticamente todo, sólo les faltó lo más importante: conquistarse a sí mismos.
Hoy vivimos en una época de logros, en la que todo mundo lucha y se afana por conquistar metas, por superar a otros, por estar a la vanguardia y tener los medios más sofisticados para la realización personal. En muchas de estas luchas somos movidos por el gusto o por el amor exagerado hacia nosotros mismos, el egoísmo. Ante esta realidad, es necesario purificar nuestras intenciones, ya que la verdadera realización personal no depende sólo de los logros externos y materiales, sino de ser dueño de sí mismo. Al respecto nos ilumina el Evangelio: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se destruye a sí mismo?» (Lc 9, 25).
En el camino hacia la conquista de sí mismo es necesario reconocer aquello que, tal vez, inició como un simple gusto personal, pero que ya ejerce cierto dominio sobre la persona, del cual le es difícil sacudirse, y a esto se le llama vicio. Los vicios, a todos los seres humanos, nos hacen ser demasiado débiles y vulnerables ante ciertas situaciones de la vida que reclaman de nosotros fortaleza. Hay que trabajar contra esos vicios, aceptando la ayuda de Dios y la guía espiritual por parte de personas sabias que nos acompañen en el camino para ser fuertes en la voluntad y ejercer dominio sobre el vicio, y no al revés.
No es fácil ser dueño de sí mismo, mas es necesario para triunfar en la vida. En la carta a los Gálatas, san Pablo dice que el dominio de sí mismo es un fruto del Espíritu Santo (cf. 5, 23). Al no abrirnos a la gracia de Dios, seguramente seremos dominados por la soberbia y nos va a pasar como a los romanos antiguos: pareceremos fuertes ante los demás, seremos conquistadores de muchas empresas, dominaremos situaciones etc., pero no lograremos ser dueños de nosotros mismos. Y esto daría paso a un lamentable fracaso.
Decidirse a luchar contra los vicios no es fácil, ya que se presentan los obstáculos. No obstante, no podemos permitir que el desánimo se apodere de nosotros. Lo mejor es abandonarse en las manos de Dios, reconocer con humildad y paciencia la propia debilidad y decir, junto con el Apóstol: «A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece» (Flp 4, 13). Conquistarse y ejercer un dominio sobre sí mismo es ir en contra de la corriente permisivista del mundo, es garantía de felicidad y por lo tanto es una verdadera hazaña. |