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LA GRAVEDAD DEL PECADO MORTAL Y VENIAL
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El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere. El pecado mortal, que ataca en nosotros el principio vital que es la caridad, necesita una nueva iniciativa de la misericordia de Dios y una conversión del corazón que se realiza ordinariamente en el marco del sacramento de la Reconciliación (nn. 1855-1856)
Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica 1-2, q. 88, a. 2, c nos dice que: «cuando la voluntad se dirige a una cosa de suyo contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin último, el pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser mortal... sea contra el amor de Dios, como la blasfemia, el perjurio, etc., o contra el amor del prójimo, como el homicidio, el adulterio, etc... En cambio, cuando la voluntad del pecador se dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero que sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo, como una palabra ociosa, una risa superflua, etc., tales pecados son veniales» (n. 1856).
Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: «Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento».
La materia grave es precisada por los Diez mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: «No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre» (Mc 10, 19). La gravedad de los pecados es mayor o menor: un asesinato es más grave que un robo. La cualidad de las personas lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es más grave que la ejercida contra un extraño.
El pecado mortal requiere plena conciencia y entero consentimiento. Presupone el conocimiento del carácter pecaminoso del acto, de su oposición a la Ley de Dios. Implica también un consentimiento suficientemente deliberado para ser una elección personal. La ignorancia afectada y el endurecimiento del corazón (cf. Mc 3, 5-6; Lc 16, 19-31) no disminuyen, sino aumentan, el carácter voluntario del pecado (nn. 1857-1859).
La ignorancia involuntaria puede disminuir, si no excusar, la imputabilidad de una falta grave, pero se supone que nadie ignora los principios de la ley moral que están inscritos en la conciencia de todo hombre. Los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden igualmente reducir el carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo que las presiones exteriores o los trastornos patológicos. El pecado más grave es el que se comete por malicia, por elección deliberada del mal (n. 1860).
El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Rei-no de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios (n. 1861).
Se comete un pecado venial cuando no se observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno conocimiento o sin entero consentimiento.
El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal. No obstante, el pecado venial no nos hace contrarios a la voluntad y la amistad divinas; no rompe la Alianza con Dios. Es humanamente reparable con la gracia de Dios. «No priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por tanto, de la bienaventuranza eterna» (nn. 1862-1863).
El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos pequeños hacen una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión... (S. Agustín, ep. Jo. 1, 6).
«El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno» (Mc 3, 29; cf. Mt 12, 32; Lc 12, 10). No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo (cf. De V. 46). Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna (n. 1864). |
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¿Cómo influyen las caricaturas en los niños?
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La televisión se impone sobre otros medios de comunicación por penetrar en el hogar en la vida diaria, y llega a formar parte de los hábitos de cualquier persona. La influencia de la TV constituye una fuente efectiva en la creación y formación de actitudes en los niños, ya que presenta estímulos audiovisuales, y desde temprana edad, se somete a los pequeños a su influencia, sin que estos posean otro tipo de información.
Anteriormente, en un mundo menos tecnificado, menos urbano, con menos complicaciones, más rural, los niños tenían otras distracciones. Es en las grandes urbes donde hay pocos lugares para el esparcimiento físico, y mental. Antes las actividades diferentes, los juegos entre amigos a la calle y las calles representaban una distracción. Antes incluso, las caricaturas duraban más minutos, y sólo se transmitían a una hora determinada; ahora duran menos minutos porque el tiempo de atención de los teleniños ha bajado, y porque éstos ya son vistos como un mercado potencial para la venta de productos chatarra de la que son grandes consumidores. Las poderosas motivaciones de la televisión son hacia objetos comerciales y no hacia la formación integral del niño.
Son los niños de los sectores poblacionales más pobres los que quedan inermes ante el acoso mental y psicológico, verdadera distracción «anestésica» de la realidad en que viven, y tienen menos opciones para escoger las imágenes que deben ver y su contenido. Ya desde pequeños, son manipulados por las grandes trasnacionales. No tienen más alternativa que observar en lo que hay qué gastar lo poco que tienen, y lo que se les «ordena», que deben consumir.
Los comerciales de TV proyectan estereotipos en relación a aspectos raciales, sociales, culturales, sexuales, así como también hábitos alimentarios que pueden influyen en la personalidad y la capacidad psicológica de los niños para percibir el mundo. Las características emocionales juegan un papel decisivo: la imitación y la identificación. Entendemos por identificación la adopción de pautas de conducta y actitudes de sus padres y otras personas significativas para el niño: maestros, familiares o bien algún personaje de la TV; esto ocurre en forma natural, como tendencia de imitar lo que ven. Si en las caricaturas se hacen comentarios obscenos, es muy probable que los niños los repitan en la calle conscientemente en tanto que la imitación es consciente.
Los niños recurren a la TV para satisfacer sus necesidades de distracción, reducir las tensiones y como medio para obtener información o porque no le queda otro remedio. En muchos casos constituye la única compañía que el niño tiene y a veces se convierte en una especie de niñera. Podemos sorprendernos de la cantidad de cosas que los niños pueden hacer cuando la televisión está apagada. Tal vez esto nos ayude a promover más que la televisión no esté prendida tanto tiempo durante el día.
Esto nos lleva a realizar un replanteamiento interesante de algunas concepciones del juego infantil; porque, anteriormente el juego era la expresión de distintos acontecimientos que el niño vivía y observaba en su hogar, ahora el juego cubre un espectro más amplio aún y manifiesta las vivencias y experiencias que al pequeño le brinda su exposición frente al televisor, son una especie de radiografía fiel de las enseñanzas «morales asimiladas».
Son dos los países principales productores y exportadores de caricaturas: Japón y U. S. A. y son su misma mentalidad y cultura la que se impone, incluso, los animadores de las mismas están produciendo caricaturas que antes estaban destinadas a un público mayor de 16 años y ahora los dirigen a niños de 8 a 11 años. Las caricaturas japonesas reproducen valores y conceptos morales no occidentales, con los cuales nos resulta difícil identificarnos. La transexualidad, por ejemplo, sutilmente suele presentarse de manera graciosa e inocente, ofreciendo la posibilidad de relacionarse sin conflictos con los dos sexos: de la unisexualidad a la homosexualidad o al lesbianismo.
Existe, por otra parte, un decremento en la sensibilidad emocional del niño ante la violencia, porque las muchas caricaturas contienen escenas sangrientas, imágenes explícitas de asesinatos, muertes por accidentes violentos, sexo y hasta racismo. Así los teleniños se vuelven apáticos a la violencia de la vida real, o bien la utilizan como método para resolver los problemas con otras personas.
Una prohibición expresa o velada hacia el consumo de los medios no resuelve el problema de la gran tendencia a la violencia por parte de las nuevas generaciones. En este sentido son los padres, los maestros y aun los sacerdotes, quienes tienen la tarea de explicar a los niños aspectos importantes de la sexualidad infantil; eso sí, una vez que los entiendan y los comprendan. De otro modo, se recorre el camino más sencillo: censurar la caricatura y eludir una tarea que corresponde.
El niño que por diversas circunstancias no tiene permitido ver alguna caricatura que forme parte de las preferencias de su grupo de iguales, automáticamente es excluido o simplemente deberá conformarse con sólo escuchar, y de ese modo mantenerse informado sobre el contenido de las caricaturas de moda. Este tipo de exclusión tiene un efecto devastador, pues es la exclusión de las relaciones interpersonales que se da entre las nuevas generaciones de teleniños.
En realidad no podemos competir con la poderosa influencias de este medio, lo que sí podemos hacer es regularlo para hacerlo menos dañino en algunos de sus contenidos. Es muy importante clasificar la programación y disciplinar en su uso y moderación, interviniendo más directamente en la persona del niño o adolescente, y no dejar que otros los eduquen con criterios poco sanos, así como abrir el horizonte hacia otras áreas no explotadas de la persona: la lectura, el estudio, la formación de criterios. Los antiguos juegos infantiles eran verdaderas formas de integración social, de solidaridad, formación hacia el lide-razgo, las capacidades motrices e intelectuales, y en cambio, las caricaturas actuales y la T. V. hacen al teleniño aislado y sedentario. Este es el modo como influyen las caricaturas en los niños.
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