Misioneros Servidores
de la Palabra
 
     



 
 
 
 


Una mujer que renunció a todo por amor

Hacía 187 meses que Gustavo no hablaba, ni caminaba, ni iba al baño por sí mismo. En el cenit de una exitosa carrera empresarial –Echavarría era el dueño de Calzado Ger, activo caballista y empresario deportivo– un infarto mandó su cuerpo atlético al hospital mientras disfrutaba de unas vacaciones en Cartagena. Ya repuesto, prometió a sus amigos que seguirían la rumba luego de una operación a corazón abierto. Sin embargo una complicación hizo que dejara de llegarle sangre al cerebro, causándole un daño neuronal irreparable.
Ese hombre que antes la protegió y cuidó con cariño era ahora un vegetal. Cristina supo que ahora más que nunca tenía que estar con él.

«Mis manos, doctor Mesa»
Se conocieron una tarde de 1961, mientras ella y su belleza dulce esquivaban una lluvia de galanteos masculinos en El Palo, una calle del centro de Medellín. De pronto, unos grandes ojos la detuvieron, y el vozarrón de Gustavo, quien en ese momento era vendedor de «Calzado Triunfo Unión», le dijo: «Señorita, que señores tan atrevidos». Ella le sonrió y aceptó su ofrecimiento de llevarla a casa, cerca de la calle Amador. Desde ese día nunca más se separaron.
Él se le declaró pronto, y en tiempos de noviazgos eternos, prefirieron casarse al año. En la pedida de mano, el padre de la novia le preguntó a Echavarría qué tenía para ofrecerle a su hija. «Mis manos, doctor Mesa», le respondió. Y Gustavo se entregó a Cristina. A pulso, el gentil hombre ahorró y compró el almacén para el que trabajaba. Luego abrió un taller de zapatería y fundó su empresa –de hecho, Echavarría es uno de los pioneros de la producción de calzado en serie en el país–, la que le permitió hacerse de una fortuna.
Luego vinieron los viajes y las ferias de calzado alrededor el mundo, a las que siempre llevó a su «Maria Jesú», como llamaba a Cristina. Ricos, jóvenes y hermosos disfrutaron de la vida, tomaron tragos, bailaron, montaron a caballo, criaron cuatro hijas. Como una familia normal, Gustavo y Cristina tenían problemas y crisis. Incluso afrontaron el secuestro de su hija Mónica y del mismo Gustavo en la época del narcotráfico en Medellín.

El milagro
«Durante los primeros cuatro años yo siempre buscaba un milagro, como todas las familias que pasan por esto. La gente le hablaba a uno de José Gregorio, de la monjita tal, que el sacerdote ciego, y yo me iba con él a todas esas cosas», recuerda Cristina. Pero los años pasaban y Gustavo no volvía a la normalidad. En su apartamento, en El Poblado, muchas cosas cambiaron. El lecho marital fue reemplazado por una cama con alturas ajustables y una grúa; de las fiestas se pasó a las canciones que ella le cantaba. Arriba, en «El Tablazo», se acondicionó una pequeña casita para acomodar al nuevo huésped. Le pusieron «La Esperanza». Visitarlos era encontrar al lado de Gustavo la sonrisa de Cristina. Y esos mismos ojos que la habían enamorado hacían ahora lo que sus cuerdas vocales no podían. Desde su silencio miraba como la familia crecía, detallaba los nuevos nietos, pero siempre se detenía en su esposa, y se la quedaba mirando por largo tiempo. Bajaba la vista y con un movimiento tardo se tocaba la cabeza. Después de muchas súplicas, una mañana ella decidió que no esperaría más un favor del cielo. Se encontró con los ojos de su esposo y le preguntó: «¿Tú me quieres?», y él los cerró y los abrió. Se dio cuenta entonces que su amor era el milagro.

Entrega total
«Hice lo que a mí me gustaría que me hicieran si me pasara», afirma Cristina. La idea de la eutanasia o de llevarlo a un hogar nunca estuvieron en su cabeza. Entonces, de mujer de sociedad, fiestas y viajes, Cristina se convirtió en la médica de cabecera de su esposo. Como viviendo en un eterno mutismo, de esos que experimentan los que se aman, ella aprendió a saber cuándo Gustavo quería ir al baño, cuándo tenía hambre, cuándo le dolía algo. De hecho, hace seis años la frialdad de la piel de su esposo le hizo creer que estaba teniendo un infarto, y con la profesionalidad de un galeno llamó al doctor para contarle su diagnóstico, lo que le salvó la vida a «Tavo».
Si bien contaba con los medios económicos para rodearlo de cuidados de todo tipo, Cristina nunca le dejó la responsabilidad a otros. Todos los días se levantaba a las 4:00 a.m. para comenzar un día de atenciones y entrega. «Cuando uno asume las cosas con amor y con alegría, todo es llevadero», sostiene. Muchos pacientes en situaciones similares mueren por escaras o úlceras de posición, que surgen en los discapacitados por estar en el mismo lugar por mucho tiempo. El médico internista Iván Gómez, que trató a Gustavo, confiesa que nunca le vio una en los 10 años que lo atendió.
Aunque nunca se curó, las hijas de Gustavo creen que aún hay milagro: «Muchos dicen que siquiera se murió Gustavo, que descansó». Nosotras decimos que siquiera vivió, y no por lo que representó en sí mismo, sino porque nos permitió conocer a nuestra madre en su verdadera dimensión, la de la entrega y el amor». Cristina no ha podido cambiar su reloj biológico. Se sigue levantando temprano y como no tiene ya a quién cuidar, se pone a meditar y agradecerle a Dios por haberle dado la fuerza para vivir el verdadero amor junto a su «Tavo».

Fuente: www.fluvium.com


En la cárcel conoci a Cristo
y vivo unido a Él


Mi vida era como la de cualquier persona, tenía la esposa que siempre anhelé, un matrimonio estable y muy buenas relaciones con mi esposa y mis dos hijas, que eran mi más grande tesoro; tenía también un buen trabajo. Pero dentro de toda esa felicidad existía algo que lo opacaba todo, algo en mi interior que me hacia sentir un vacío a veces desesperante.
En una ocasión, al dirigirme a mi trabajo, detuve la camioneta y le pedí a Dios que me ayudara a encontrarle sentido a mi vida. Fue en marzo de 2004 cuando, al salir de una fiesta familiar y llegar a casa, me encontré con unos amigos, que me invitaron a quedarme con ellos. Yo acepté sin saber el giro que daría mi vida. Después de un rato, uno de ellos comenzó a agredirme y a buscarme pleito. Después de esto, lo único que recuerdo es que me encontraba en la delegación y posteriormente en el reclusorio.
Los primeros días de estancia en el reclusorio fueron en verdad algo horrible. Me encontraba en «shock», no podía creer lo que me estaba pasando. Mi vida pasaba frente a mis ojos, y aquellos días felices parecían sólo un sueño. En la soledad de mi celda me repetía constantemente: «ahora sí que toque fondo». Pero justo en el momento en que me sentía más sólo, en que la confusión se apoderaba de mí, escuché un murmullo en el aire que me decía: «No temas Yo estoy contigo», en ese momento me puse a llorar como un niño, y le pedí perdón a Dios por todos los errores que había cometido, y una nueva oportunidad para enderezar mi camino.
Llevo ya tres años en el reclusorio, y estoy a unos meses de salir libre bajo beneficios que he alcanzado por mi buena conducta. Pero estos tres años han sido maravillosos, porque durante este tiempo he vivido protegido por un Dios Misericordioso que me ha perdonado y me invita a vivir un nuevo estilo de vida. Él ha mandado a su Hijo Jesucristo, para velar y acompañarnos en todos los momentos de la vida.
Hoy me encuentro en el hospital por unos problemas de salud. Dios se me ha manifestado nuevamente, pues salí bien de la operación a la que fui sometido, y estando en la sala de recuperación en una ocasión recibí una visita inesperada. Eran unos seminaristas Misioneros Servidores de la Palabra que estaban pasando a todos los cuartos de los enfermos a compartir la palabra de Dios y a hacer una oración. Al ver que no pasaban por mi cuarto me llené de tristeza. Pero cuando ya se estaba acercando el final de las horas de visita, uno de ellos se acercó a mi puerta pidiéndome permiso para ingresar. Yo le dije con gusto que sí. Y al escuchar el texto bíblico, y la reflexión que me compartió el seminarista, volví a sentir la mano de Dios, que me ha sostenido en todo momento, reafirmando su amor y perdón.
En la cárcel descubrí la verdadera libertad, una libertad entre paredes y barrotes, que para mí se convirtió en una experiencia única que no cambiaría por nada. Aquí, en la cárcel, conocí y vivo unido a Cristo, quien me ha mostrado el rostro amoroso del Padre que me perdona y que me da una libertad que nunca antes había tenido.
Hoy me encuentro mucho más unido a mi familia, pues me visitan y día con día nos demostramos el amor que nos tenemos. Me da tristeza el saber que existen personas que se encuentran presas en la cárcel de la rutina, del desánimo y de las preocupaciones de la vida cotidiana, y no se han atrevido a clamar a Dios para que les dé la libertad del espíritu.
La libertad y la paz sólo se alcanzan mediante el encuentro con Jesucristo, que hace romper con cualquier clase de cadenas, y nos permiten descubrir que sólo Él puede dar sentio a la vida del hombre que se atreve a escuchar y meditar su Palabra.


 


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