Un texto bíblico nos sirve de inspiración para compartir esta reflexión: «Acoge mis palabras, hijo mío, guarda mi enseñanza, que tu oído se abra a la sabiduría, que tu corazón se doblegue a la verdad... entonces penetrarás en el temor de Yahvé y hallarás el conocimiento de Dios» (Prv 2, 1-2, 5).
Incontables padres y madres de familia abdican de sus derechos y responsabilidades en la educación de sus hijos cuando estos entraron ya en la adolescencia o juventud. Es clásico escucharles expresiones como: «ya no sé qué hacer con este muchacho», o entre los esposos quejarse y resignarse: «déjalo que haga lo que quiera, ya está grande». ¿Es que hay que resignarse y dejar que los hijos pierdan el cuidado que necesitan de sus padres?
En la historia se ha pasado de una educación rigorista y autoritaria a una permisiva y laxa. En las familias católicas que han logrado cierta integración, es fácil observar que cuando los hijos son pequeños atiendan a las palabras o ejemplos de sus padres; permiten ser guiados por ellos, en general asisten a Misa, participan en el catecismo y luego reciben sus sacramentos: primera Comunión y Confirmación.
Los hijos asisten a la escuela con mayor asiduidad y toman las orientaciones del adulto con certidumbre y confianza. Pero, al entrar en la adolescencia-juventud, los muchachos se transforman. Los cambios físicos, psicológicos y espirituales se ponen de manifiesto. Aprenden a retar a la autoridad, dudan de las enseñanzas y depositan su confianza en otros: libros, revistas, amigos e ideologías, sustituyendo el acompañamiento de los padres.
¿Pesimismo o realidad?
Nuestro tiempo, postmoderno y globalizado, es especialmente envolvente, por eso no es fácil ver a los jóvenes acercarse a los Sacramentos, a la Iglesia católica y, en general, a Dios. Un buen número de familias están desintegradas: los jóvenes argumentan su necesidad de libertad, autonomía e independencia, sin mirar con detenimiento a sus responsabilidades, y a la par, se observa una cada vez más deficiente formación espiritual de los padres. Cuando los esposos están imbuidos en sus trabajos y en sus propias desavenencias de matrimonio, y se olvidan del hogar, se tiene como resultado una combinación demoníaca y el más propicio «caldo de cultivo» para el extravío que observamos en el entorno.
La crisis estalla cuando un hijo anuncia cosas como: «mí novia está embarazada, no me importa lo que ustedes digan». «Mi novia es de otra creencia y tenemos planes futuros». O simplemente: «Me voy de la casa con mi novio, él y yo vamos a poner un departamento». El hogar se torna un campo de batalla o en un espacio de desconocidos: frialdad, indiferencia y rencor afloran. Se pueden leer en muchas miradas juveniles: «Mis padres están anticuados, viejos, atrasados, equivocados», o la convicción de que, por corregirlos y mantenerse firmes en la verdad, los han dejado de amar. Por su parte, muchos padres se preguntan: ¿Qué hicimos mal? ¿Por qué si les he dado todo en tiempo, dinero y esfuerzo con amor ahora sucede esto? ¿Por qué nuestros hijos se alejan de Dios, si hemos procurado darles el mejor ejemplo?
Jesús fue un Hijo obediente con su Padre del cielo y también con María y José, su padre adoptivo. Sin embargo, en la mayor parte de las culturas y estratos sociales en menor o mayor grado, hoy toma vigencia para muchos padres lo acontecido en la parábola del Hijo Pródigo (cf. 15, 11-32) y en el relato de la creación, cuando Adán y Eva desobedecieron. Esto es causa de dolor y angustia, por la genuina preocupación del porvenir de los hijos. Pero no se debe dar paso a la desesperación, sino poner manos a la obra. Como en los temblores, incendios y catástrofes, lo mejor será mantener la calma, ser pacientes y tomarse de la mano de Dios. Luego de esto, y no antes, hay que emprender acciones.
Siempre será la mejor opción acercarse a Dios para sobrellevar, asistidos por su sabiduría, los problemas del hogar. Porque las pruebas se superan en el campo de batalla, no huyendo, pero poniendo su entera confianza en Dios. El mejor regalo para los hijos serán unos padres convertidos a Dios. Porque sólo así los padres serán sabios para apoyar a los hijos en sus ensayos de libertad y autonomía, pero con la cercanía y preocupación genuina de quien no intenta apoderarse de ellos y de sus propias responsabilidades. El ejemplo de la Virgen María nos puede ilustrar: ella siempre se preocupó de estar cerca de Jesús, sobre todo en la Pasión, pero la cruz la cargó Jesús porque era la plenitud de su obra, y así lo asumió delante de su Padre. |