La naturaleza de la vocación es de tipo sobrenatural, porque su origen está en Dios. Y al manifestarse en el hombre, lo hace de tal manera que, si no tiene un alma, no puede ser duradera.
Cuando decimos que la vocación es una llamada, la asociamos a Dios en términos de diálogo, de comunicación. Es decir, Dios se dirige al hombre, lo llama, y al hablarle es su Palabra el medio por el que se puede mantener viva la comunicación y, por lo mismo, hacer de la vocación una experiencia.
En realidad el llamamiento no puede existir sin el medio por el cual se expresa. La vocación sin la palabra de Dios no se da.
El libro del Génesis testifica la llamada de Dios a la existencia por medio de su Palabra: “Entonces dijo: -Ahora hagamos al hombre a nuestra imagen” (Gn 1,26). La existencia del hombre es la primera gran llamada que recibe por la palabra de Dios. En los profetas sucede algo similar: “El Señor se dirigió a mí, y me dijo: -Antes de darte la vida, ya te había yo escogido” (Jer 1, 4.5). Ellos encuentran la misión profética gracias a la palabra de Dios que los llama.
De manera que la palabra de Dios tiene un papel constitutivo en la experiencia vocacional; la vocación se da a través de ella. Es necesario escucharla con una atención que sólo la fe nos puede dar. Después tiene que meditarse, de modo que se pueda no sólo entender lo que Dios pide, sino que se logre asimilar hasta el punto de que sea una realidad propia; porque puede darse el caso de que uno la acepte, pero la siga experimentando como algo ajeno e impuesto. Ante una experiencia así, todas las veces que Dios le hable a su elegido, éste lo escuchará con reverencia y le responderá consecuentemente.
No es difícil que la crisis vocacional que viven varios institutos en la Iglesia se deba a la falta de la palabra de Dios en la formación espiritual. De la misma manera, la falta de vocaciones en general, tal vez se deba a que no hay una catequesis bíblica, o a que no se ha llegado, en el caso de que se enseñe, a traducir en una espiritualidad.
La vocación es una experiencia de fe, y la fe, como dice san Pablo, nace de la predicación (cf. Rm 10,17). Por eso, cuanto más se predique la Palabra, más respuesta encontrará Dios entre los hombres. Así la vivencia religiosa dejará de ser acciones hechas por costumbre y se convertirá en una experiencia de fe, que desembocará en el reconocimiento de la vocación propia. Su fruto más eminente serán las vocaciones misioneras.
Así que, sea para el que vive su vocación como para el que no la percibe, es de vital importancia buscar, atender, alimentarse de la palabra de Dios. Quien vive empeñado en fomentar la vocación consagrada tiene que considerar la necesidad de la Palabra para lograr su objetivo.
Cultivo, discernimiento, perseverancia de la vocación requieren de la palabra divina, si se quiere que todo ello tenga vitalidad. Tenemos que lograr que la palabra de Dios no sea sólo un acto de piedad, una costumbre santa, sino una fuente de alimentación y de vitalidad para la vocación, así como para la vida cristiana en general.
Si acaso tienes miedo de que se vacíe o que pierdas un día la vocación, no te preocupes; procura siempre escuchar al Señor y la llamada estará viva. Nunca dejes la palabra de Dios y siempre tendrá alma tu vocación.
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