P. Luis Butera V., msp
Al tener delante el Documento de Aparecida, me viene a la mente la escena que nos presenta el capítulo 5 del Apocalipsis: «Vi también en la mano derecha del que está sentado en el trono un libro, escrito por el anverso y el reverso, sellado con siete sellos. Y vi a un Ángel poderoso que proclamaba con fuerte voz: “¿Quién es digno de abrir el libro y soltar sus sellos?” Pero nadie era capaz, ni en el cielo ni en la tierra ni bajo la tierra, de abrir el libro ni de leerlo. Y yo lloraba mucho porque no se había encontrado a nadie digno de abrir el libro ni de leerlo» (Ap 5, 1-4).
La pregunta que me hago es la siguiente: ¿Quién podrá entender el contenido de este libro para traducirlo en acción?
Como la Biblia, que es el más importante de los libros, no se puede comprender eficazmente si no hay quien la comprenda y la enseñe, partiendo de su experiencia de vida, así este precioso Documento, que quiere hacer revivir la vocación misionera en cada cristiano. Para que sea eficaz en la vida de la Iglesia, será necesario que haya personas que crean profundamente en esta enseñanza y la vivan con pasión apostólica.
La escena del Apocalipsis, arriba reportada, me parece sentirla actual al considerar la importancia del Documento de Aparecida y las relativamente pocas personas que puedan entusiasmarse y ayudar a transformar en acción el contenido del Documento.
Por lo tanto, es sumamente importante preparar, con la fuer-za de destacadas personalidades, a los líderes locales (sacerdotes, religiosos y laicos) en cursos de evangelización que conduzcan a una auténtica conversión.
Recuerdo que, después de la celebración del Concilio Vaticano II, hubo varios teólogos y pastoralistas de España, Francia, Italia y Alemania que dieron una serie de conferencias en diferentes naciones, para ayudar a comprender y aceptar en la vida de las diócesis las nuevas líneas conciliares.
Sería conveniente que algo así se hiciera en ocasión de la publicación del Documento de Aparecida. Esto ayudaría a dar a la Iglesia latinoamericana un rostro nuevo, formando numerosos grupos de discípulos-misioneros.
Es el momento histórico favorable que necesitamos vivir con fe y acción.
Naturalmente, para lograrlo debemos entender que no se trataría de personas que sólo explicaran la importancia del contenido, sino que ayudaran a llegar a una verdadera conversión al estilo del Evangelio. Sin este cambio de vida, toda instrucción dejaría de tener la fuerza que se necesita para transformar a los cristianos en misioneros.
Si no se programa y lleva a cabo una profunda labor apostólica, todo quedará en una acción superficial, que no dará ningún fruto.
El momento histórico que estamos viviendo en América Latina no permite hacer de este Documento un libro más para las bibliotecas.
Resignarse a la salida de la Iglesia de millones de personas que buscan la Palabra de vida en otras comunidades, manifiesta peligrosa anemia espiritual de nuestra parte. Además, la explosión materialista que está vaciando a la humanidad de valores, creando en muchos un tedio desesperante, no permite ninguna resignación. En caso contrario, nos transformaríamos en cómplices de tanta maldad que amarga la vida de los hombres.
Es sumamente urgente planear y llevar a cabo la preparación espiritual de los líderes de nuestra Iglesia, para que a su vez enseñen con el testimonio y la doctrina cómo volverse «de discípulos a misioneros».
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