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El mundo necestia apostóles de la Divina Misericordia
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Hno. Victor Zúñiga, msp
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«En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.”» (Mt 11, 25-27)
Son muchas las personas que han hecho vida el pasaje bíblico que se presenta arriba. Una de estas personas, a quien Dios quiso revelar directamente la Misericordia encarnada, es santa Faustina Kowalska. A ella, a quien consideraban y ella misma se consideraba miserable, el Señor Jesús le dice: «Quédate tranquila hija mía. Justamente por tu gran miseria quiero manifestar la virtud de mi Misericordia». El Señor pidió a esta santa mujer que nos hiciera saber a todos que el mundo necesita apóstoles de su misericordia. (Diario Sta. Faustina).
Sor Faustina, la visionaria

Sor Faustina, cuyo nombre de pila era Elena, fue de cuna muy humilde y la tercera de diez hermanos. Nació en una aldea escondida en Glogowice, Polonia el 25 de agosto de 1905. A los 5 años, tuvo un sueño en el que se veía en el Paraíso, de la mano de la Santísima Virgen. A los 7 años, no se sabe cómo, Dios la llamó por su nombre y le confió un secreto que ni a su madre contó. Siendo ya una joven, intentó dos veces entrar a un convento, pero no tuvo el apoyo de su familia. A los 18 años, estando en un baile, vio cerca de ella a Jesús, despojado de sus vestiduras, atormentado, todo lleno de heridas. Y el Señor le dijo: «¿Hasta cuándo te voy a soportar? ¿Hasta cuándo me vas a decepcionar?» Luego de este acontecimiento, se dirigió hacia la Catedral de San Estanislao, donde se postró ante el Santísimo Sacramento pidiéndole que le diera a conocer lo que debía hacer. Entonces escuchó las palabras: «Anda a Varsovia; allá entrarás al convento». Así fue como sor Faustina ingresó en la Congregación de Nuestra Señora de la Misericordia, y en él recibió asombrosas revelaciones que el Señor mismo le pidió dejar consignadas en su diario.
El primer domingo de Cuaresma, el 22 de febrero de 1931, sor Faustina tiene una visión que cambiará el curso de su existencia, pues se convertirá en apóstol de la Divina Misericordia. He aquí la demanda que le hiciera nuestro Señor: «Quiero que los sacerdotes proclamen mi grandísima Misericordia (…). Quiero que los pecadores se acerquen a Mí sin temor alguno. (…) A los sacerdotes que se hagan apóstoles de mi misericordia, diles que daré a sus palabras un poder y una unción irresistible. ¡Cuánto me hiere la falta de confianza! Habla al mundo entero de mi Misericordia. (…) Mi Corazón sufre, pues incluso las almas consagradas ignoran mi Misericordia y me tratan con desconfianza». Sor Faustina narra que ella misma quiso escapar de esta visión que la conmocionó, pero inmediatamente el Señor le exigió: «Hija mía, si tú dejas de pintar este icono y de proclamar mi Misericordia, en el día del juicio tendrás que responder por muchas almas». Dios llamará a Faustina a su presencia el 5 de octubre de 1938 a las 22:45. Ella no sufrió las angustias de la agonía, y murió teniendo los ojos fijos sobre una imagen de Cristo y de la Inmaculada.
El Papa Juan Pablo II beatificó a sor Faustina el 18 de Abril de 1993 con estas palabras: «Te saludo sor Faustina... ¡Oh, cuán extraordinaria fue tu vida!... ¡Fuiste elegida por Cristo para anunciar a los hombres el gran misterio de la Misericordia Divina! Te saludo a ti que escribiste en tu diario: “Siento claramente que mi misión no termina, sino que comienza con la muerte”»... Y él mismo la canonizó el 30 de abril del 2000.
La manera de compartir con sor Faustina la misión de ser apóstol de la misericordia es sencilla. La Solemnidad de la Divina Misericordia se celebra el segundo domingo de Pascua, y los nueve días precedentes se reza la Novena a la Divina Misericordia, iniciado el viernes santo. La novena consiste en rezar el Rosario de la Misericordia cada día. A las tres de la tarde –hora de la Misericordia por ser ésta en la que Jesús dio su vida por los pecadores–, hay que rezar el «Rosario de la Misericordia». Se reza un Padre Nuestro, Ave María y Credo. En las cuentas del Padre Nuestro se reza: «Padre eterno, te ofrezco el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de tu amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero». En las cuentas del Ave María se reza: «Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero». Al terminar las 5 decenas, se dice 3 veces: «Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero».
Si se desea la conversión de alguna persona en particular, el Señor le enseña a sor Faustina esta otra oración: «¡Oh Sangre y Agua, que brotaste del Corazón de Jesús como una Fuente de Misericordia para nosotros, en Ti confío!» De parte del que reza debe haber una gran fe y un corazón contrito, porque el Señor Jesús también enseñó a sor Faustina que: «no hay conversión sin sacrificio».
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Mariana I., Lozano, hmsp
El hombre en busca de consuelo
«Señor, respóndeme; ¡tú eres bueno y todo amor! Por tu inmensa ternura, fíjate en mí. Las ofensas me han roto el corazón; ¡estoy sin ánimo y sin fuerzas! Inútilmente he buscado quien me consuele y compadezca» (Sal 69, 16.21).
El hombre no se contenta con una vida de frustración y tristeza. No está hecho para ello, por eso busca mil y un medios para superar u olvidar sus crisis de desaliento: antidepresivos, alcohol, obsesión por el trabajo, aventuras amorosas, diversiones fugaces… pero ¿llega el consuelo a su vida?

El consuelo se define como descanso y alivio de la pena, molestia o fatiga que aflige y oprime el ánimo. Sería bueno saber si acaso con los medios citados anteriormente se consigue el consuelo. A lo más, lo que se logra es olvidar por un rato el motivo del sufrimiento, pero el efecto que se genera después es devastador, al descubrir que el problema que nos aflige sigue ahí, sin resolverse, quizá más complicado que antes. Se busca entonces, una vez más, otra posibilidad de fuga. Como es de suponerse, entramos en un círculo vicioso en el que, buscando consuelo, nos hallamos cada vez más lejos de la paz que anhelamos.
El suicidio sería la expresión más radical del rechazo a la vida, pérdida de sentido, desaliento y desesperación. Es muy probable que quien sufre durante un período prolongado o se ve sometido a pruebas que lo ponen al límite de su resistencia emocional o física, considere su existencia como un frustrado intento de plenitud, como una búsqueda inalcanzable de felicidad. No hay nada más desalentador que imaginar la vida como un esfuerzo inútil. Así las cosas, ¿alguien o algo tiene la capacidad para sanar en el hombre las heridas provocadas por la lucha de cada día? ¿Es posible seguir adelante cuando parece que se camina contra corriente? ¿Se puede esperar consuelo verdadero en medio de un ambiente de egoísmo?
¿Es posible hallar consuelo verdadero?
En su obra Aproximación al Misterio del Ser, Gabriel Marcel, un filósofo francés y convertido al cristianismo siendo ya una persona adulta, llega a decir: «creo que es preciso responder que la única esperanza auténtica es aquella que se dirige a lo que no depende de nosotros, aquella cuyo resorte es la humildad, no el orgullo».
Es verdad, el auténtico consuelo, el que se funda en una esperanza cierta, no puede venir de nosotros mismos, ni es posible esperar todo de los hombres. ¿Por qué? Por el simple hecho de que somos tan cambiantes, tan propensos al orgullo, a la soberbia, a la envidia que difícilmente podemos afirmar incluso lo que será de nosotros en el futuro. Aquel dicho popular: «nunca digas: de esta agua no beberé» es indicativo de la única constante en el acontecer de la vida humana: la inconstancia. Esto pudiera parecer paradójico, pero, pensándolo con detenimiento, no lo es tanto. El ser humano está cambiando segundo a segundo, fisiológica, intelectual y emocionalmente, esto es parte de su naturaleza contingente; y, como tal, no puede decir a alguien: «siempre estaré contigo». Aunque lo dice sinceramente, no puede saber si morirá al día siguiente, o si, por algún acontecimiento inesperado, tiene que viajar lejos, o si, quizá, su cambio de ánimo le haga buscar la soledad. En fin, explicamos esto para comprender cómo es que el ser humano debe buscar la razón de su esperanza –y por tanto, de su consuelo– en aquello que permanece, más explícitamente, en Aquél que es eterno, y más aún, es Amor eterno. Sólo en Él podemos encontrar el consuelo más auténtico.
Jesucristo, el rostro del consuelo divino
Jesucristo manifestó a los hombres al Dios del consuelo. Ahí donde nadie se atrevía a tender una mano amiga, Él lo hacía; cuando se topaba con alguien que cargaba sobre sus hombros un gran dolor, Él era quien tenía las palabras exactas, capaces de devolver la alegría; cuando nadie era capaz de entender a aquellos que habían fallado terriblemente, Jesús los miraba con ternura y lograba que la miseria humana se transformara en instrumento de gracia.
Los hechos dicen más que mil palabras, pero, por si eso no fuera suficiente, Jesús, en el sermón de la montaña, nos descubrió el rostro misericordioso del Padre, que consuela siempre a los que más sufren (Mt 5, 4); y este consuelo no viene sólo al final de la vida, no, llega desde el momento en que aceptamos el Reino de Dios, por la fe en el Enviado.
Para experimentar el consuelo de Dios debemos ponernos en la sintonía con el Espíritu, es decir, debemos estar dispuestos a entrar en la dinámica evangélica: confianza plena en el Padre; vivir en continua relación con el Dios Trinidad; buscar el bien de los otros, antes que el nuestro; estar dispuestos a la purificación por el sufrimiento; aprender a valorar los pequeños y grandes detalles de amor que la Providencia nos regala.
Si quisiéramos experimentar el consuelo de Dios sin dejar las actitudes del «hombre viejo» (…), aquel que ensucia su corazón con la ambición, la ira, la lujuria, nos comportaríamos como necios, es decir, como quien ignora lo que debería saber y se comporta imprudentemente. Es conocido que el agua y el aceite no se mezclan. Actuar con malicia genera en el interior del hombre desazón, tristeza, angustia, nunca consuelo. Si deseamos experimentar consolaciones debemos vivir como «hombres del Espíritu», caritativos, orantes, misericordiosos. Así seremos como campos fértiles, donde el Dios de la vida podrá sembrar su vida divina. ¡Qué bellos son los consuelos de Dios!, como caricias invisibles e intangibles, que dejan su huella en el alma y le permiten al caído levantarse; maravillosamente eficaces, pues, aun entre lágrimas, nos dan la capacidad de seguir esperando sorpresas en el camino.
Compartir el consuelo
Dice san Pablo: «Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues Él es el Padre que nos tiene compasión y el Dios que siempre nos consuela. Él nos consuela en todos nuestros sufrimientos, para que nosotros podamos consolar también a los que sufren, dándoles el mismo consuelo que Él nos ha dado a nosotros» (2 Co 1, 3-4). Quien vive la experiencia redentora del consuelo, no puede sino compartir con otros lo que ha recibido. ¡Cuántos hermanos nuestros viven ahogados en su dolor, solos, encerrados en su amargura! A ellos hay que mostrar el gesto misericordioso de Dios, con nuestras palabras, con nuestros gestos concretos. Dar consuelo es, a la vez, recibirlo. Y esto es, quizá, la mejor manera de superar el sufrimiento. |
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