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Predicar vigorosamente a Jesucristo

P. Moisés Vivar Martínez, msp

predicarEl tema de moda en las reuniones y congresos católicos será sin duda el de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe: discípulos y misioneros.
Pastoralistas, misioneros, teólogos de diferentes especialidades serán convocados en distintas instancias eclesiales para hablar del tema. Siendo especialistas en sus materias harán buenas exposiciones y sugerencias. En realidad, reflexión sobre el asunto no faltará.
Sin pretender descalificar tales actividades, deberíamos pensar en ir al verdadero punto de partida del discipulado y la misión. Los evangelios son bastante claros cuando nos señalan que el inicio del discipulado cristiano está en la predicación del reino, de la palabra de Dios. Éste es realmente el punto de partida.
Más todavía, la literatura paulina nos hace ver que el impulso apostólico y la honda conciencia misionera radican en la persona de Jesús, en su Evangelio. Basta con una muestra.
El evangelista san Lucas presenta una escena que sigue a la campaña intensa de evangelización emprendida por Jesús. La gente sigue al Maestro, le gusta oírlo. Ese día la cantidad es tal, y la situación un poco apurada, que Jesús decide enseñarles, buscando el mejor sitio. Decide que una de las barcas atracadas a la orilla le puede servir; elige la de Pedro, quien, con sus compañeros, había terminado de pescar. Ese hombre tan espontáneo acepta ponerle a disposición la barca; la separa un poco de la gente, y se sienta a oírlo. Percibe que la palabra de Jesús tiene ese algo divino que dispone el corazón a las tareas más nobles. Una vez concluida la enseñanza, invita a Pedro a pescar; él tal vez no entiende por qué le pide eso el Maestro, pero siente que no puede resistirse. El resultado deja impresionado a Pedro, ha sido mucha la audacia al haber obedecido a aquel hombre. La acción de Jesús toca lo más íntimo de su vida; ya no es igual, ni siquiera su trabajo. Ahora será «pescador» junto con ese nazaretano (Lc 5,1-11) La palabra escuchada se ha convertido en llamamiento que lo impulsa a seguir a Jesús; su vida ha quedado indisolublemente unida a Él, se ha convertido en su discípulo.
La experiencia de Pedro es constancia de que al encontrarse con Jesús abre un universo espiritual nuevo; el pecador, que se siente derrumbado ante Dios, experimenta un perdón que le cambia la vida; pasado, presente y futuro se comprenden de otra manera. Todo ello lo ha llevado a desprenderse de su mundo y empezar a seguirlo.
La evangelización de Jesús suscita discípulos y los invita a seguirlo: «Subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron junto a Él. Instituyó a doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios» (Mc 3,13-15) Los Doce han experimentado que cuanto más cerca de Jesús se está, más se le conoce y resulta menos difícil seguirlo. El evangelio de Juan indica que dos discípulos de Juan Bautista van tras Jesús. Ante la pregunta de por qué lo siguen, ellos piden conocer el lugar donde vive, y se quedaron con Él el resto del día ( Jn 1,38-39). Después de ello, como en cascada, se suceden uno tras otro los que son invitados al seguimiento (Jn 1,40-46); todo inició de la convivencia con el Maestro. Es impensable que conociendo a Jesús no se tome la decisión de seguirlo.
Estas consideraciones sirven para entender que el primer paso que hay que dar para que el tema de la V Conferencia tome cuerpo en la realidad de nuestras iglesias, es predicar con vigor y con unción la palabra de Dios. En cualquiera de las situaciones que se presenten tiene que haber un «púlpito» desde el cual el mensaje cristiano del reino vaya penetrando en el ánimo de los fieles. Una primera exigencia es la de mejorar la calidad de la predicación; tiene que estar muy en sintonía con la palabra de Jesús para despertar el hambre de Dios, que todo hombre esconde dentro de sí. La fuerza kerigmática del mensaje cristiano tiene aquí su principal cometido.
Pero lo que más debe lograr tal predicación es la adhesión a Jesucristo. Tiene que lograr el impacto que causó en Pedro, en los primeros discípulos que, según el evangelio de Juan, lo buscaron y vivieron con Él, para ya no abandonarlo jamás. Jesucristo tiene que llegar a ser el eje sobre el que gire toda la vida de la persona, y el objeto de su fe y de su amor. Jesucristo tiene que ser la última razón de sus actos, de sus decisiones, de su vida ética, de su afectividad, de toda su integridad, para que de ahí se dé el gran salto hacia la conciencia del discipulado y de la misión.
Se trata de no dar por supuesto que la gente ya tiene fe. Que ahora hay que hablarle de lo que es ser discípulo y misionero, para que en automático surjan muchos de ellos.
Es difícil saber en qué proporción y qué tipo de personas ya han dado este primer paso. No es que no haya gente crecida en el camino de fe, a la cual le falta sólo un empujón para ser discípulo y misionero, y a quienes servirán muchísimo las conferencias que se dictarán. Por eso conviene emprender campañas de evangelización en las que la predicación de la palabra de Dios sea lo primero; que se trabaje por acercar el mensaje y la persona de Jesucristo lo más posible.
Sin embargo, la tarea más fuerte corresponde a los obispos, ante todo, a los presbíteros y demás agentes de evangelización, mejorando la manera de comunicar el mensaje. Antes que preocuparse por el método, deberán preocuparse por la comunión con el mensaje y la persona del Señor. Se tiene que lograr mayor unción en las homilías y demás formas de la predicación. No sólo debe haber cuidado de no estar fuera de la ortodoxia de la fe, sino que debe haber mayor cuidado de ser verdaderos instrumentos de Dios al momento de anunciar. Hay que evocar la palabra cálida y vigorosa de Jesús.
Todo esto es posible para la Iglesia que cree; para la Iglesia que se entusiasma y motiva cada vez que habla su Señor. La persona y la palabra de Jesús son las verdaderas causas del discipulado y la misión.

¿Puede el psicoanálisis ateo sanar de sus angustias a la persona?

Lilián Carapia C, hmsp.

ateoNo negamos que algunos logros del psicoanálisis constituyen una valiosa ayuda en el auxilio de las complejas realidades que se juegan en la psique, y que cuando los psicoanalistas respetan y promueven la dimensión moral y religiosa de sus pacientes obtienen óptimos resultados. Sin embargo, el psicoanálisis de doctrina y praxis abiertamente atea no tiene nada que ofrecer a la persona que busca colmar su sed infinita de felicidad. Como su objetivo primero es destruir el sentido de trascendencia y de vida ética, esta ideología denigra las relaciones interpersonales; pretende liberar al hombre de supuestas ataduras, pero termina condenándolo a verdaderas esclavitudes: es bien sabido que no puede un ciego guiar a otro ciego...

Sólo una ingeniosa novela

Sigmund Freud afirmó en Tótem y Tabú que en la infancia del género humano los hombres de la horda primitiva vivían todos bajo la dependencia de un padre tribal que reservaba para sí a todas las mujeres. Esto dio lugar al parricidio y el incesto primordiales, que luego condenaron a la humanidad al remordimiento. Las religiones surgieron así como el esfuerzo del género humano por expiar retrospectivamente aquella culpa que se convirtió en neurosis colectiva. Freud afirma también que, a nivel individual, Dios es una imagen sublimada del padre, la cual se crea la persona en su primera infancia para sentir protección y consuelo. Cuando la persona deje de lado la fe alcanzará su autoconfianza y autodominio propios del adulto; cuando deje de pensar en un «más allá» y concentre sus fuerzas en este mundo, hará realidad una civilización más llevadera.
No cabe duda que Tótem y Tabú es sólo una ingeniosa novela, y que sobran argumentos científicos para echarla por tierra. Sin embargo, hasta la fecha existen psicoanalistas ateos que siguen las leyendas de Tótem y Tabú; y lo mismo que Freud, ignoran Quién es Dios. Por eso, tampoco su concepción del ser humano es equilibrada, porque a éste sólo se lo entiende a partir de su Creador.

Dios no tiene origen…

Son errados los argumentos del psicoanálisis ateo sobre el «origen» de Dios. La Metafísica –que no se funda en cuentos– tiene la capacidad de demostrar racionalmente que Dios no tiene origen ni fundamento alguno; tampoco es una idea o representación, y mucho menos de origen psicológico. El amor o la necesidad que una persona experimenta con respecto de otra no es lo que «hace surgir a Dios en la imaginación». En primer lugar, Dios es su propio Ser, y es el Principio y Fundamento de todo cuanto existe. Y en segundo lugar, la necesidad que el hombre tiene de Dios es real. Re-ligión es un término que lo expresa bien: estamos re-ligados a Dios una vez por ser criaturas, y otra, por ser conscientes, como dice Basave. Esto se comprueba fácilmente: el ser nos ha sido dado y ningún animal se da cuenta de eso, ni se angustia frente a la muerte, ni se conmociona ante el amado…

El hombre no anhela la «nada»…

El ser humano concentra sus energías justamente para el «más allá»; no hay una vida más llevadera cuando se hace pensar al paciente que todos sus anhelos acabarán con el fracaso más radical: la muerte. La experiencia confirma que muchas personas se libran de la neurosis cuando encuentran el fuerte apoyo que es la fe en Dios y en su amor, y que existe más bien neurosis atea cuando se traba la función religiosa de lo inconsciente en ciertos ambientes sociales. Y esto lo demostró el propio Karl Gustav Jung, discípulo de Freud.

Niegan a Dios porque les conviene

Ciencia y religión no se contradicen cuando ambas buscan y respetan la verdad; ya san Agustín decía que niega a Dios sólo aquel a quien le convendría que no existiera. Al negar a Dios, el psicoanálisis ateo hace lo que le conviene; no acepta que no se basta a sí mismo para sanar al hombre de toda dolencia psíquica porque hay en él un aspecto trascendente al que ni es capaz de llegar ni tiene derecho a violar.
Y tenemos entonces psicoanalistas que afirman a priori: no hay Dios. De esto se sigue: no tiene sentido llevar una vida conforme a valores morales: éstos son impuestos por la cultura, la sociedad o la educación. Se sigue algo más: hay que dejar al homosexual que dé rienda suelta a sus instintos; hay que dejar que el joven deje atrás el tabú del sexo en el matrimonio y que lo practique aún el adolescente; hay que dejar que los casados tengan otras parejas, una vida promiscua y sin represiones… (Curiosamente, la panacea que recetan los psicoanalistas ateos para curar todo mal es el desenfreno sexual, como buenos discípulos del primer Freud).
La verdad que no aceptan estos pseudoespecialistas del alma es que, en una sociedad en la que crece el número de desesperados, angustiados y suicidas, aún entre los más jóvenes, lo que se necesita no es un mayor número de psicoanalistas ateos, sino amor. Falta Dios, porque Dios es amor.

 

 


Meditando con mi Biblia Misionera
¡Urge que el ser humano sea coherente con su identidad!

Ma. Guadalupe Lara Pérez, hmsp

identidad«¡Urge una identidad en el hombre!» La frase la escuché en una homilía dominical, y se me quedó grabada. La estuve reflexionando toda la semana; incluso fui al diccionario para consultar el significado de la palabra «identidad». Una de las aplicaciones más precisas del concepto se encuentra en la lógica, en el llamado «principio de no contradicción», según el cual no es posible afirmar y negar algo de algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. En palabras más sencillas diríamos que no se puede afirmar de un mismo sujeto un determinado atributo y su contrario: aquello que es, es; lo que no es, no es.
Trasladado lo anterior al problema de la identidad en el ser humano, diríamos que «el hombre es lo que es como tal y solamente como tal». Ahora bien, en el mundo actual parece ser que el ser humano se ha propuesto negar en sí mismo el principio de no-contradicción. Hoy el hombre se encuentra como desubicado, no se identifica consigo mismo. Parece como si «no fuera lo que es». Tan es así que existe una confusión general en los distintos ámbitos del quehacer humano: espiritual, social, político… a tal grado que no sabe qué o quién es la persona humana, a dónde se orienta, cuál es su fin.
Leemos en la Biblia misionera, en el libro de nuestros orígenes, que «Dios ha creado al hombre y a la mujer, les da su amor misericordioso y los lanza a la eternidad para gozar siempre con Él. Los hombres deben respetarse y respetar a los demás porque en cada uno está la imagen de Dios. Hoy se habla mucho, y justamente, de respetar los «derechos humanos». Los cristianos están llamados a algo más: a respetar los derechos divinos en cada hombre, porque en cada uno de ellos está la imagen de Dios. Quien se siente hijo de Dios, debe sentirse hermano de los demás, y actuar consecuentemente, respetando, amando y sirviendo al prójimo» (Comentario a Gn 1, 26-27). Y es así. El ser humano debe identificarse primero con su propia sexualidad: «hombre», o bien «mujer»; de lo contrario la persona desequilibra todo su ser. Desgraciadamente, hoy se pugna por una revolución sexual, y la sociedad permisiva ha provocado, en diferentes ambientes, una defensa sin límites del desorden moral. Todo esto hace ver que falta en muchos una reflexión más personal e íntima de lo que «se es» en verdad.
El salmista se une a las interrogantes del hombre de hoy: «¿Qué es el hombre? ¿Por qué lo recuerdas y te preocupas por él? …» (Sal 8, 4-8) El comentario bíblico expresa que este salmo «es la oración de quien ama y sabe alabar a Dios porque reconoce su grandeza y su amor infinito. Dios, cuando creó al hombre, varón y mujer, lo hizo casi como un dios, lo que no quiere decir que haya muchos dioses o que el hombre mismo sea Dios, sino que el hombre es digno, grande, porque Dios quiso mirarle con misericordia desde la creación. (…) Por eso no debe permitir que ninguna criatura o su propia naturaleza le dominen, ni que el mal se adueñe de su corazón. Y si como hijo ama a Dios, con ternura, bendiciéndolo y manteniendo su amistad, permanece en los labios del hombre la alabanza de los pequeños, de los niñitos de pecho».
Cuando el hombre se reconoce como imagen y semejanza de Dios adquiere su plenitud e identidad (cf. Salmo 95, 6-7). Nuestro origen está en Dios mismo (cf. Sal 100, 2-3; 119, 73), y mientras más nos acercamos a Él, más nos conocemos y nos identificamos con lo que realmente somos: hijos de Dios, posesión de Dios. El magisterio de la Iglesia enseña las mismas cosas: «La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios desde su nacimiento (…). Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos no perciben de ninguna manera esta unión íntima y vital con Dios o la rechazan explícitamente, hasta tal punto que el ateísmo debe ser considerado entre los problemas más graves de esta época y debe ser sometido a un examen especialmente atento» (GS 19).
No hay razones para dejarse envolver por nuestra sociedad que, como torbellino, se lleva fácilmente a aquellos que carecen de una autenticidad y los pierde en sus distintas ráfagas de pecados, vicios y confusiones. ¡Buscar a Dios es encontrarse consigo mismo!


La humildad: ¿actitud pasada de moda o virtud actual?

Flora B. Amador Morales, hmsp

humildad«¡Qué agradable es una persona humilde!», se oye decir con frecuencia. Sobre todo cuando el halago se refiere a aquellas personas que tienen un nivel cultural, económico, artístico… elevado y que, no obstante, nunca hacen alarde de lo que tienen o saben. Y es que ya están aplicando sin saber, lo que San Pablo dice: «Pues, ¿quién te da privilegios sobre los demás? ¿Y qué tienes que Dios no te haya dado? Y si él te lo ha dado, ¿por qué presumes, como si lo hubieras conseguido por ti mismo?» (1 Co 4, 7). ¡Qué desagradable, en cambio, es la persona soberbia!, que lo manifiesta en la prepotencia, en el orgullo, en el hablar tanto de sí mismo, en el no aceptar la corrección, en el no saber perdonar, en el creer que todo lo sabe, que todo lo puede… Es por eso que San Pablo dirá también: «El hombre digno de aprobación no es el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien el Señor alaba» (1Co 10, 18).
El sublime rostro de Jesucristo
La humildad es el rostro de Jesucristo, «el mismo ayer, hoy y siempre» (Ap 1, 8) y su enseñanza siempre es actual. Llama mucho la atención que la única vez que Jesús se pone como modelo a seguir es cuando dice: «Aprendan de mi que soy paciente y de corazón humilde» (Mt 11, 29). Realmente es para maravillarse por la humildad de Quien no sólo tiene todo, sino que lo es todo porque por Él fueron hechas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra. Él es Dios todopoderoso, omnipotente, único… En un bello himno Cristológico, san Pablo sintetiza la humanidad y divinidad de nuestro Señor Jesús nuevamente resaltando su humildad: «El cual, aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con Él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera» (Flp 2, 6-7).

Piedra de toque de la fe cristiana
Una de las enseñanzas medulares del Evangelio es, sin lugar a dudas, la necesidad de ser humildes. Jesús insiste: «Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra prometida». «Cuando alguien te invita a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, pues puede llegar otro invitado más importante que tú, y el que los invitó a los dos puede venir a decirte: “Dale tu lugar a este otro”. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado, y el que se humilla, será engrandecido» (Mt 5, 5; Lc 14, 8-9. 11).
Santo Tomás de Aquino, por su parte, define la humildad como: «la virtud que modera nuestras almas para impedir que tienda a las cosas grandes, contrariamente a la recta razón». Jesús no tiende a las cosas grandes porque Él es el grande, y su humildad consiste en hacerse pequeño: «Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz» (Flp 2, 8). ¿Será posible mayor humildad que la de Jesús, que renuncia a su propia gloria y se hace como cualquier mortal? ¿Habrá mayor humildad que la de Quien obedeció al Padre al grado de morir en una cruz? Este es Jesús humilde, que fue capaz de reducirse a la nada, siendo todo. Jesús toma esta condición de siervo porque quiere enseñarnos que la grandeza del hombre no está en el poder o en el tener, sino en un corazón manso y humilde, que sobre todo sabe amar, servir, perdonar aun las ofensas más graves; un corazón que es capaz de sonreír en medio de tribulaciones, que sabe obedecer porque no cree ser el más grande.

Fruto del amor, secreto para ser felices
Jesús no es un tonto que baja la cabeza, para que otros lo insulten y hagan de Él lo que quieran, ni es eso lo que pide a sus discípulos. Jesús es el Hombre, con toda su inteligencia, el Sabio que, teniendo ideales grandes y claros, domina la batalla contra el enemigo, la cual sólo se gana contribuyendo con su obediencia al cumplimiento de los planes de Dios. Jesús quiere que todos los hombres se salven, y para ello es necesaria su obediencia; pero su obediencia no hubiera sido posible sin la humildad que es fruto del amor.
Cuando en nuestro corazón buscamos con sinceridad hacer la voluntad de Dios nos podemos dar cuenta que Él quiere que seamos felices, pero ¿cómo pueden ser felices los esposos que ya tienen tiempo que no se hablan, los hermanos que pelean por nimiedades, los parientes que se guardan rencor de mucho tiempo…? Y todo por no tener la humildad para decir «perdóname», o para tomar la iniciativa y buscar el diálogo o, simplemente, para aceptar el propio error.
«Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas en el cielo, en la tierra y debajo de toda la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 9-11). El humilde no es el derrotado, sino el que al final gana siempre. Gana una esposa dichosa, porque sabe pedir perdón; gana un trabajo seguro, porque sabe esperar y servir; gana un hijo fiel, porque lo va a buscar… El humilde gana desde ahora la vida eterna. Miremos a Jesús, que no terminó en una cruz sino que, por su mucho amor y grande humildad, fue glorificado, y recibió el Nombre exaltado sobre todo nombre. Su sumisión amorosa fue la condición de su gloria. Aprendamos de Jesús el secreto de toda buena convivencia humana, y de la estabilidad y la paz en todo estado de vida, la humildad.


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