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¿Por qué dañamos a los que más amamos?

P. Rubén Tapia R., msp

familiaEl amor es lo más bello que existe en la vida, y para los cristianos, es lo más grande y sagrado que hay, porque saben que el amor es Dios mismo. «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). El amor es la causa principal de la felicidad del ser humano, ya que provoca una alegría y un gozo mucho mayor que el proporcionado por los bienes intrascendentes de este mundo: dinero, placer, vicios, etc. El amor es el único bien que puede saciar nuestra hambre de plenitud y realización; es la fuerza incontenible que motiva al hombre a entregarse generosamente a Dios, y a favor del prójimo y de la naturaleza. El amor siempre impulsa a realizar el bien de manera universal, y es la condición necesaria para que exista la paz y la justicia.
Muchos matrimonios se prometen amor eterno, pero su relación personal llega a ser un duelo eterno; también son muchos los jóvenes que dicen amar a sus padres, pero no pasan un día sin que no les causen dolor de cabeza. ¿Por qué tantas veces hacemos sufrir a las personas que decimos amar más y a las que más nos aman? Vamos a analizar algunas causas:

Imposición de la verdad. El deseo de poseer el poder y el dominio en cualquier situación y lugar –casa, oficina, escuela, iglesia…– nos lleva a ser intransigentes con las personas que amamos, como si la soberbia fuera más fuerte que el amor. En España, una de las causas más frecuentes de divorcio es el «poder» que alguno de los cónyuges detenta sobre el control remoto. El esposo quiere mandar sobre la esposa, y viceversa; los hijos sobre los padres; los alumnos sobre el profesor; los empleados sobre el patrón.
La sociedad actual nos está educando a ser los primeros en orgullo; «bajar la guardia» es sinónimo de pequeñez, propio de espíritus débiles. Se provoca así que se reduzca la capacidad de escucha y de diálogo, pues sólo existe la imposición. Todos los demás están equivocados, y la única verdad es mi verdad. Hay papás que quisieran dominar toda la vida de los hijos, y olvidan las palabras de Kalil Gibran: «Los hijos no son tus hijos, son hijos de la vida... Llegan a través de ti, pero no llegan de ti...Y aunque estén junto a ti, no te pertenecen...».

Egoísmo. El egoísmo nos hace dañar consciente e inconscientemente a las personas que amamos, pero no podemos negar que todos los actos tienen un nivel de consciencia. El hecho de pensar y actuar poniéndonos siempre como el centro de gravitación de todo lo que existe es causa de que se busque el propio bien por encima del bien común.
Para el egoísta lo más importante es su propia felicidad. Los jóvenes sólo quieren divertirse, tomar, drogarse, pasársela bien con los “amigos”, la novia, el novio, y no piensan que en casa hay personas que están sufriendo, preocupadas mientras ellos gozan. El egoísmo, también se manifiesta como indiferencia, y no existe actitud más dañina que la indiferencia. «Sin quererlo» –porque esa no es la intención– se están clavando dardos en el corazón de las personas que más se aman. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: «La mayor enfermedad hoy día no es la lepra ni la tuberculosis sino el sentirse no querido, no cuidado y abandonado por todos. El mayor mal es la falta de amor y caridad, la terrible indiferencia hacia nuestro vecino que vive al lado de la calle, asaltado por la explotación, corrupción, pobreza y enfermedad.”

Desobediencia. Cuando se pregunta a los adolescentes si aman a sus padres, generalmente responden que sí. Y se ha comprobado que realmente aman a sus padres, y que les desean todo bien, y no el mal. Pero, como es propio de los adolescentes el ser rebeldes, la actitud de desobediencia lastima a los seres queridos. Se ama y se causa un mal, qué contradicción. Tenemos que decir que el amor de los adolescentes –y de todo ser humano– conlleva un largo proceso hacia la plena madurez. En esta etapa, hasta cierto punto, puede decirse que se daña de una manera involuntaria e inconsciente –aunque, hay que admitir, que muchos adolescentes roban, golpean, violan y hasta asesinan con pleno conocimiento del acto que van a efectuar–; los adolescentes desobedientes deben recordar que el amor busca la alegría del otro.

Falta de dominio. La falta de dominio de sí mismo provoca que digamos palabras o realicemos actos contrarios a nuestra voluntad; es éste un buen terreno para dejarse llevar por la ira, es decir, explotar violentamente a causa de una honda rabia o presión. Las personas a quienes les cuesta externar lo que sienten reprimen el sentimiento, dando lugar con ello al odio, que según decía Heráclito, es un amor invertido.

El deseo no es el mal, pero, por ser humanos, muchas veces dejamos que el instinto impere más que la razón, y el mal se realiza. «No entiendo el resultado de mis acciones, pues no hago lo que quiero, y en cambio aquello que odio es precisamente lo que hago», decía san Pablo (Rom 7, 15). No queremos el mal, pero el hecho es que lo hacemos. Cuando se dicen palabras ofensivas en momentos de ira, éstas taladran el corazón de las personas amadas, y difícilmente se olvidan. Entre más se ama a una persona, más se experimenta el dolor por las palabras o de los actos violentos. Es por eso que un mal carácter daña mucho a las personas amadas y que nos aman. Por todo lo antes dicho, podemos afirmar que dañamos a los que amamos porque los amamos mal, con un amor empañado por el egoísmo, el cual necesita ser perfeccionado en la caridad. Hace falta Dios para que nuestro amor sea más sublime. Como ya se ha dicho, «Dios es amor», y por lo tanto, Él nos ayuda para que nuestro amor sea cada vez más perfecto y siempre tienda, de forma real, hacia el bien de todos y de todo, un bien universal. Al acercarnos más a la Bondad perfecta, Dios, Él nos participa más de esta misma bondad.


Los jóvenes preguntan...
Ludopatía: ¿perder el juego o perder la paz?

Hno. Víctor Sandoval C., msp

ludópataSoy Ricardo, tengo 29 años. Hace seis años me titulé como arquitecto, y pronto comencé a ejercer mi profesión en un Bufete. Económicamente me ha ido muy bien, no tengo responsabilidades con nadie, por lo que mi sueldo es integro para mí. Años atrás comencé a frecuentar una diversión que para algunos es escandalosa: acostumbro a asistir a casas de apuestas y a books cruzando apuestas de juegos. Algunos familiares me dicen que eso está mal, que estoy enfermo, que soy un ludópata…

¿Es tan malo divertirse en apuestas?
Sabemos que existen lugares de apuestas legales y otros clandestinos; el que se asista a lugares legales no significa que se esté obrando de la mejor manera. Se podría justificar la acción afirmando que no se causa daño a terceros, pero el hecho de apostar no deja de ser mezquino: se gastan energías, tiempo y dinero en un placer puramente personal, que enriquece a otros. Se inicia como una diversión pasajera que con el tiempo se convierte en un hábito. En ese ambiente de gritos, alegría, sonido de monedas y el deseo de ganar es difícil poner límites y considerar las consecuencias. En el interior del ludópata hay una gran incapacidad de construir relaciones personales de ayuda, de compartir y de escuchar, además de una excesiva preocupación por sí mismo, es decir, de egoísmo. Los jóvenes que tienen fe no rigen su vida sólo huyendo de lo malo –«no apuesto porque es malo»–, sino buscando construir el bien –«no apuesto porque me ocupo mejor de hacer el bien a muchos»–. Todo el tiempo, las energías y el dinero que se podrían gastar en los juegos de apuestas los enfoca al servicio quien tiene a Dios en su vida: «Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.» (Mt 5, 9-10)

¿Apostar es ludopatía?
No todo el que apuesta es por ello un ludópata, pero puede llegar a serlo. La ludopatía es clasificada como la enfermedad –trastorno mental– de aquel que siente crecer sin control una necesidad de jugar y de obtener dinero para jugar. Con frecuencia, se buscan mayores cantidades de dinero o lapsos mayores de tiempo de juego. Cuando pierde repetidamente, el ludópata vuelve a jugar, con el propósito de recuperar lo perdido; lo que menos le duele es el dinero, más bien piensa en que no tendrá la oportunidad de volver a apostar. Es capaz de sacrificar cualquier otra cosa, incluida la propia familia, con tal de jugar. Difícilmente el ludópata se reconoce como un enfermo o adicto al juego, ya sea por desconocimiento o por temor al rechazo social, por ser etiquetado como enfermo o vicioso. En ocasiones hace esfuerzos infructuosos por abandonar o reducir el juego, y en los momentos difíciles de su vida, siente que aumenta la necesidad de jugar. El ludópata no siempre lo fue: pudo haber iniciado con juegos entre amigos, con cantidades insignificantes de dinero. Pero la frecuencia y repetición de los actos conducen al hábito –malo en este caso– que se convierte en vicio. Cuando el control está fuera del alcance de la persona el vicio llega a ser una enfermedad que requiere tratamiento psiquiátrico. En México, 2 millones de personas son enfermos ludópatas.

Los daños
Esta enfermedad trae daños para el adicto y para aquellos que lo rodean, en diferentes dimensiones de la vida. La situación económica del apostador compulsivo llega a ser muy desequilibrada: incrementos frecuentes de deudas, sobrecargo en las tarjetas de crédito, recibos vencidos, empeño de valores familiares. Más del 60% de los apostadores compulsivos cometen crímenes para financiar sus apuestas.
Cegado por su enfermedad, el ludópata difícilmente percibe los daños que causa a su familia, pues pasa más tiempo apostando o pensando como apostar. Esto le hace difícil mantener una vida familiar normal. Tiene constantes discusiones acerca del dinero, se pierde de actividades o celebraciones familiares. Los adictos al juego son más propensos a abusar de su pareja e hijos –verbal, mental y físicamente–, a la separación conyugal, y a la falta de afecto y comprensión en el hogar. También la salud emocional, física y espiritual decrece en el adicto. Su autoestima es baja, sufre de estrés, ansiedad, mal humor, desorden obsesivo. El ludópata puede padecer incluso problemas físicos, tensión muscular, fatiga, insomnio. Es más propenso a consumir alcohol y cigarros. El 80% de los apostadores compulsivos consideran seriamente el suicidio y el 15% lo intenta. Finalmente, el ludópata sufre daños laborales: le es difícil desempeñarse bien en su trabajo, se presenta tarde o falta a él. El 36% de los ludópatas pierde su empleo debido a las adicciones.

La falta de prevención
Existen hombres y/o empresas que trabajan por sus intereses a costa de la manipulación de otros; los ludópatas dejan ganancias millonarias al mercado de juegos y sorteos. Las loterías arrojan cifras oficiales de 5 mil millones de dólares, tan sólo en México, y en el mundo se calculan 200 mil millones de dólares anuales. En apuestas online los españoles apostaron 413 millones de euros en 2006. Existe más interés por parte de algunas empresas para obtener permisos para la apertura de centros de apuestas, que por generar ayuda y atención por este trastorno.
Todos los daños antes mencionados llevan a pensar que, verdaderamente, cuando se busca el bienestar y placer personal por encima del bien común se encuentra perdición. La voz del Evangelio se comprueba cierta: «Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía y por aceptar el evangelio, la salvará» (Mc 8, 35). La prevención y solución a todo tipo de vicios está en la entrega generosa a la construcción del bien. «Si se trabaja por Cristo, hay riqueza; pero si se trabaja para satisfacer el egoísmo, hay pobreza» (Czos. II, 676).
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