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Para seguir a Cristo
hay que estar locos de amor
Mireya Reyes, sp |
Soy originaria de Nuevo Corondiro, Mich., y tengo 22 años. Antes de ser servidora de la palabra, mi vida era muy diferente a lo que es ahora, y no para bien sino para mal.
Antes de haber dejado la carrera de la Licenciatura en Informática creía que era feliz, pues también tenía novio y contaba siempre con el apoyo de mis padres. En cierta ocasión mi papá se quedó sin trabajo, y entonces empezamos a vender cenas, pero no era suficiente para solventar todos los gastos de la casa, porque mis padres no sólo me ayudaban a pagar mis estudios, sino también un tratamiento costoso de endodoncia, en el que gastaba mucho en cada cita. Esta situación llegó a estresar mucho a mis papás; en la casa había muchas discusiones, gritos y yo sentía que todo era por mi culpa. Fueron muy frecuentes los reproches a causa de todo lo que invertían en mí, aunque nunca me lo dijeron directamente. Esto provocó que mi autoestima se fuera por los suelos, que bajara mucho en el rendimiento de la escuela y hasta caí en una gran depresión.

Mi padre tomaba mucho y fumaba; después de un tiempo consiguió trabajo y mejoró el aspecto económico de nuestro hogar, pero lo demás no. Tuve que dejar la escuela porque mi papá se fue hundiendo más en sus vicios. Casi no dormía, y enfermó de diabetes. A mi mamá le detectaron quistes en un seno, y esta noticia la llevó también a la depresión. Por ser la mayor de mis hermanos, yo sentía el peso de todos estos problemas. No podía desahogarme con nadie, y me sentía como una olla de vapor a punto de explotar, ya que aparte de todo, mi novio me había dejado por una señora que era 9 años mayor que él.
En medio de toda esta situación, Dios nunca me dejó sola. Por ese tiempo llegaron a mi parroquia tres misioneras de la comunidad de Santa Teresita del Niño Jesús, quienes nos invitaron a unos cursos que impartían. Nos propusieron a otras chicas y a mí que lleváramos un seguimiento vocacional, pero sólo yo acepté, pues todo lo que yo vivía con ellas me llenaba de paz. Mi familia se burlaba de esto y me decía que estaba loca, y un día en que las monjitas me invitaron a la casa que tenían en Jalapa, mi padre no me dejó ir.
Las religiosas dejaron de trabajar en mi parroquia, pero dos meses después llegaron dos seminaristas diocesanos. Ellos invitaron a los jóvenes de la parroquia a un encuentro en Querétaro, y en esa ocasión sí me permitieron participar. Cuando veníamos de regreso, uno de los seminaristas me preguntó cómo me encontraba; no pude contenerme y le conté que estaba resentida con mi papá por no haberme dejado ir con las misioneras a Jalapa. Él me dijo unas palabras que siempre he recordado bien: «Dios sabe el momento: si eso es para ti, sin duda Él pondrá los medios, y cuando menos lo esperes se te abrirán las puertas del lugar donde el Señor desea que lo sirvas. Tú persevera, porque esto que sientes se llama vocación, es un llamado que Jesús mismo te ha hecho».
Cuatro meses después, y aun cuando no veía ninguna señal, en el mes de octubre llegó un seminarista Misionero Servidor de la Palabra a mi parroquia, pues había ido a difundir la revista INQUIETUD NUEVA. Ya en otras ocasiones la habíamos adquirido, pero nunca había puesto atención en la página en que se invita al retiro vocacional. Ésta vez, sin embargo, no lo pensé más, y me organicé con mis primos para participar de dicho retiro, que ya se aproximaba.
Los obstáculos no se hicieron esperar. El jueves de la semana en la que había decidido ir a vivir el retiro, me pasó algo muy raro. En la hora de la comida, mis papás no se encontraban en casa, mis hermanos y yo nos disponíamos a comer cuando se me empezaron a entumir las manos, y sentí que en el pecho algo me apretaba. Al mismo tiempo, sentí muchas ganas de llorar, sin motivo alguno. Todo mi cuerpo y mis labios me hormigueaban fue hasta que una vecina localizó a mis papás los cuales me llevaron de inmediato con una doctora, que primero me tranquilizó y después, al checarme la presión, se dio cuenta que la traía muy baja. Me dio medicamentos y me recomendó que me controlara, pues de lo contrario me enviaría con el psicólogo. Las pastillas que me recetó sólo me provocaban que todo se me olvidara, y que me diera mucho sueño, por lo que decidí dejar de tomarlas, pues incluso no podía leer, como tanto me gusta.
¡Ah! Pero mi decisión de ir al vocacional con los MSP seguía en pie. Llegó ese día y nos fuimos mis primos y yo. Era sábado, y reflexioné en unas palabras que especialmente me inquietaron: «Ocúpate de las cosas de Dios que Él se ocupará de las tuyas». «Si me dicen que yo necesito ayuda de un psicólogo, pensé, quien mejor que Dios, que me conoce mejor que yo misma. Y si mi familia necesita ser rescatada de la muerte del pecado en que se encuentra por todo lo que vive, quien mejor que el Resucitado para ayudarme.»
Por gracia de Dios fui admitida para estar en la formación durante seis meses, y luego, para ofrecer un año de mi vida en el servicio a Jesús que es Camino, Verdad y Vida. Dios me ha permitido ver también los frutos de mi ofrecimiento, pues ha bendecido mucho a mi familia: en verdad, si tú te ocupas de las cosas de Dios, Él se ocupa de las tuyas.
Por mi parte, busco cada día enamorarme más y más de nuestro Señor Jesús, y si antes me decían que estaba loca, ahora confirmo que es verdad. Para decidirse seguir a Cristo hay que estar locos, pero locos de amor por Él.
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Dios me rescató de una vida
de odio y de maldad
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Mi nombre es Luis Xavier Salazar y emigré en el año de 1986 a los EE. UU., cuando tenía 23 años de edad. Empecé a trabajar y sólo me dediqué a eso, por lo que pronto me encontré en una muy buena situación económica, e hice a un lado a Dios y a mi familia.
El materialismo y el ocio me fueron llevando a alimentar un mundo de fantasías absurdas: comencé a creerme la idea de que Dios es, en realidad, un extraterrestre, tal y como lo dicen los pseudocientíficos que se autodenominan ufólogos. Compraba libros en torno al tema y le rebatía a mi abuela con los argumentos que en ellos leía.
Después me casé y mi matrimonio pronto empezó a ir mal, pero mi bella esposa supo perseverar en la oración por mí, y hoy se lo agradezco mucho. Ella acostumbraba ir a la misa; por mi parte, yo la dejaba a la puerta de la Iglesia e iba por ella después, para luego comenzar a mortificarla diciéndole que aquello era perder Deseo dar a conocer mi testimonio de lo que el Señor ha logrado hacer en mi vida, a pesar de que lo conocí en un lugar donde existe la maldad, el odio, y la muerte. En mi adolescencia fui un joven como cualquier otro. No sé cómo, de pronto, tomé un rumbo totalmente equivocado y empecé a drogarme y a delinquir. Para mí, hacer ese tipo de cosas, en ese momento, era lo más normal. Nunca pensé que era una espina que se clavaba en mi corazón. A los 18 años caí preso; llegué a un mundo diferente, en el que mucha gente pierde valores y principios; un mundo en el que el pez grande se come al pez chico. Y aún estoy recluido.
Este lugar está lleno de todo lo negativo: injusticia, tristeza y maldad. Los que estamos aquí tendemos a apartarnos y a vivir cada uno por su cuenta. Y aunque la cárcel está llena, la soledad está presente, y hay que hacerse muy fuerte y valiente para no hundirse.
Pero un bendito día tuve la fortuna de escuchar la palabra de Dios, predicada con fuerza y claridad. Pude escuchar aquellas benditas palabras: «El Señor es tierno y compasivo; es paciente y todo amor. No nos reprende en todo tiempo ni su rencor es eterno» (Sal 103, 8-9). Nunca olvidaré aquella prédica de una Hermana Misionera Servidora de la Palabra: «Cuando hay arrepentimiento, Dios perdona todos nuestros pecados. A pesar de que uno haya cometido los peores pecados Él nos perdona.» Fueron palabras bellas, fue algo muy especial lo que me sucedió. Yo me sentía hasta entonces como el peor ser del mundo, y de repente me sentí la persona más amada, liberado de toda carga al reconciliarme con el Señor.
Empecé a visitar con frecuencia la Capilla de la «Transfiguración del Señor», ubicada en la Unidad Penal. Al principio iba allí con mucha vergüenza y temor, y cohibido por las burlas de los demás presos. Pero poco a poco desaparecieron todos los temores que tenía. Ahora ya no me importa nada, y con ansia espero el día en que nos reunimos para orar ante el Señor, que me sigue brindando su perdón.

Ya son trece años que llevo yendo a orar en la capilla, donde Jesús vive alimentando mi esperanza, y dándome paz y valor para seguir luchando; porque ser cristiano aquí cuesta mucho, y sin la gracia de Dios es imposible cambiar y perseverar. Como le sucedió a san Pablo, mi vida cambió totalmente. En el fondo, me pasó lo mismo que dijo el profeta Ezequiel: el corazón de piedra que yo tenía me lo cambió el Señor por un corazón de carne. ¡Cada día le doy gracias a Dios por todo lo bueno que me ha sucedido aquí, en el penal en que lo conocí!
Ya no he tenido castigos como antes, ni tampoco he consumido drogas. Cuando recibo a Jesús en la Comunión quedo en una gran paz, y con mucha esperanza para seguir superándome. Es el amor de Dios, su gracia y su perdón lo que ha cambiado mi vida, y le pido que siga teniendo misericordia de mí. ¡Tantas veces le he pedido que me cambie, que me muestre el camino de la verdad y de la salvación para llegar a ser un verdadero cristiano, que estoy seguro que lo está haciendo ya!
Dios ha marcado mi historia con cosas muy bellas, ha puesto en este lugar a personas que hicieron posible que yo pudiera conocer su amor tan grande. Gracias doy a todas ellas, y espero que Dios haga de mí también un instrumento de su amor. |
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