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Cuando el matrimonio va de mal en peor
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P. Juan José Juárez P., msp
En los nuevos modelos de matrimonio, en los que tanto el esposo como la esposa trabajan –e incluso en los más tradicionales, en los que la mujer vive como ama de casa y el esposo como un jornalero que da el sustento a su familia–, es cada vez más común escuchar a muchos esposos y esposas decir que el amor se va acabando; que ya no es lo mismo que al principio; que los sentimientos están cambiando y se van diluyendo; que ya no sienten preocupación por lo que le pase al otro; que están cada vez más distantes… y lo que es peor aún, también es ya muy frecuente oír a muchos esposos decir que se sienten mejor con otras personas del sexo opuesto que con su propio cónyuge.
Todo lo anterior es causado por la ausencia de elementos fundamentales en la vida matrimonial. Primero, la ausencia de Dios que poco a poco va dejando vacíos muy profundos en la vida personal y en la relación interpersonal y, en segundo lugar, la falta de interés por seguir conociendo a la persona con quien se decidió emprender esta aventura de amor, olvidando que para lograr esto, es necesario el compromiso de comunicarse frecuentemente. Como en cualquier empresa humana, es necesario alimentar el amor. Incluso en la vocación de las personas consagradas, si el que es llamado por Dios no se comunica con Él, no se entiende su voluntad y entonces viene la deserción y el desánimo. Y esto mismo ocurre en la vida matrimonial. Cuando desaparecen estos elementos y el compromiso se rompe, así sea en pequeñas cosas, la soledad invade a la pareja y se arriesga a dar lugar a intervenciones de extraños, tal vez necesarias, pero siempre dañinas para el matrimonio, porque los los extraños no son los receptores adecuados en quienes se deben desahogar las situaciones de la pareja.
La comunicación constante y comprometida va creando puentes de tolerancia, respeto, paciencia, comprensión, reconciliación y amor en los cónyuges. Se van derrumbando los muros que por naturaleza solemos poner en nuestras relaciones humanas; se van adentrando el uno en el otro como una inevitable fusión entre dos fuegos, y lógicamente, la llama de su matrimonio se hace cada vez más fuerte e indestructible en todos los aspectos, porque gracias al ejercicio de comunicación crece la confianza y, por lo tanto, crece el amor.
Dice la Palabra de Dios: «¡Dichoso el esposo de una mujer buena: vivirá el doble! Una mujer ejemplar hace prosperar a su marido y le alegra los años de su vida. ¡Qué buena suerte es encontrar una buena mujer! Es un regalo que Dios da a quienes lo respetan. Sea rico o sea pobre, estará contento y siempre tendrá la cara alegre. Ver una mujer bella es un placer y si además es afable en su conversación, su marido no tiene igual entre los hombres» (Eclo 26, 1- 4; 36, 22. 23).
No es la belleza física lo que da la perseverancia y hace que se conserve siempre vigoroso el proyecto matrimonial: es el diálogo entre los dos con Dios y entre ellos mismos, porque lo único que perdura hasta el final de la vida es la capacidad para comunicarse, sea con palabras o con muestras de ternura y amor. El diálogo, que debe ser constante, sincero y humilde, motiva para que no se quieran imponer ideas o que uno de los dos lleve la batuta del diálogo, los proyectos y la relación. La comunicación debe ser de calidad. Dispuesto uno para escuchar al otro y llegar a acuerdos, admitiendo sanas discusiones que concluyan en lo que sea lo mejor para ellos y si es el caso, para los hijos.
La recta intención de hacer el bien para el otro debe ser el motor de la comunicación que hace efectiva la solidaridad de los esposos: «en la alegría, en la adversidad y en el dolor, en salud y en enfermedad, en pobreza y en prosperidad». Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, los hizo con el fin de que fueran, el uno para el otro, de mutua ayuda y compañía. Cada uno debe ser para el otro la persona con quien pueda contar siempre en las necesidades, la primera a quien habrá de llamar para compartir las penas y las alegrías (cf. Gn 2, 18-25).
La mutua ayuda debe ser habitual, y darse especialmente en los momentos de necesidad extrema. El anhelo profundo de los que se casan es el de tener compañía en las buenas y en las malas. Y el matrimonio ofrece la esperanza de garantizar esta ayuda y esta compañía. Cuando en el matrimonio las cosas van de mal en peor se debe reestablecer el diálogo con Dios, que es la fuente de amor y diálogo entre los cónyuges que comprometieron sus vida para siempre. Ésa es la mejor manera de luchar para evitar sufrimientos que destruyan el proyecto de amor en la vida matrimonial… dialogar, un arte tan sencillo, salva cualquier relación de caer en el precipicio de la desesperación y el vacío.
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La educación familiar es un binomio: cariño y sistema
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Lic. Rebeca Reynaud
Toda forma de educación se puede traducir en dos palabras: «cariño y sistema», o bien «amor y autoridad». Es un binomio inseparable y, si falta uno de los dos, la educación se desequilibra. Una educación integral toma en cuenta la educación del carácter, es decir, la asimilación de las virtudes humanas. Existen 187 virtudes o comportamientos éticos. Al educar, se ha de centrar la atención de los hijos en el desarrollo de sus mayores posibilidades. Hay que educar hijos para la autonomía –que no quiere decir independencia–, para que tengan el gobierno de sí mismos, para que actúen de acuerdo a lo que su conciencia les diga. Antes, claro está, se debe formar bien su conciencia.
La Dra. Marveya Villalobos dice que «la auténtica paternidad es la espiritual, es el acompañamiento que le demos a las personas, hacer que se sepan queridos y, sobre todo, aceptados. Lo más trascendente en el proceso de la educación de la persona es lo inmaterial: el acompañamiento. Es necesario que los hijos aprendan a decidir y a asumir las consecuencias de sus decisiones. Si permitimos que los hijos se comporten en base a sus impulsos –como puede ser la ira–, se inhiben sus capacidades».
¿Qué quiere un hijo? Ser escuchado, ser querido y ser aceptado. A un hijo se le ha de corregir cuando actúa mal, pero con serenidad y en el momento adecuado, pues de otro modo siente que le falta el apoyo de la autoridad paterna o materna. Luego le ha de quedar claro que se le ama y se le acepta. Cuando al hijo no se le ponen reglas –por blandura de parte de los padres o por falta de carácter–, ese hijo sufre, no sabe a qué atenerse, siente que le falta «algo», y ese «algo» es el respaldo de la autoridad. Es más fácil decir que sí a los hijos, que decirles «no», pero es necesario ponerles límites, por su mismo bien, para que haya orden y ley, y para que no se vuelvan tiranos.
Los dos grandes pecados de la familia, dice la doctora Villalobos, son la ignorancia y el egoísmo. Hay que conocer a los hijos, hay que darles tiempo y energía. La única manera de ayudarlos a que fortalezcan su voluntad es hacerles tener más tolerancia ante la frustración, enseñarles a afrontar lo difícil y lo desagradable con optimismo y espíritu de lucha.
La única tarea de los padres es hacer hijos buenos. Ser hijos buenos implica ser buenos amigos, buenos estudiantes, buenos hermanos, buenos novios, buenos esposos, buenos padres, buenos ciudadanos... Para que los hijos sean buenos hay que escucharlos, orientarlos y aceptarlos. Hay que ayudarlos a que sean capaces de recuperarse de los golpes de la vida, de personas, y de adaptarse a las circunstancias.
Los hijos son seres capaces de hacer aportaciones: pueden llegar a ser focos de iniciativas, por eso hay que escucharlos, ayudarles a pensar en los pros y los contras de sus decisiones. Muchas veces lo que no habían pensado por sí mismos, lo piensan cuando hablan con sus padres y amigos, pues el exponer los proyectos les ayuda a profundizar.
Cuando un padre de familia o un profesor quieren educar, deciden buscar los medios adecuados para lograr la mejor instrucción; se hacen más conscientes de la profundidad o la falta de profundidad de las virtudes en sí mismos y en los demás. Toda virtud procede del amor y del propio conocimiento. Por lo tanto, la profundidad del amor y la humildad en el corazón dicta la profundidad de toda virtud. Lo que más ilustra a los hijos y a los alumnos es la ejemplaridad, que es el medio por excelencia para educar, así como la congruencia.
Hoy que se discute tanto sobre si se ha de dar educación sexual en el jardín de Niños o no, es obvio que serviría mucho más dar a los niños una educación en las virtudes humanas, es decir, educación de la voluntad para que tengan hábitos buenos: que sean generosos, templados, fuertes, sinceros, honestos, responsables, alegres y respetuosos de los mayores.
Benedicto XVI dijo recientemente: «Tened un gran respeto por la institución del sacramento del matrimonio. No podrá haber verdadera felicidad en los hogares si, al mismo tiempo, no hay fidelidad entre los esposos (...). Al mismo tiempo Dios os llama a respetaros también en el enamoramiento y en el noviazgo, pues la vida conyugal que, por disposición divina, está destinada a los casados es solamente fuente de felicidad y de paz en la medida en que sepáis hacer de la castidad, dentro y fuera del matrimonio, un baluarte de vuestras esperanzas futuras» (Discurso del Papa a los jóvenes en el estadio de Pacaembu, en Sao Paulo, Brasil, 9 mayo 2007). |
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