P. Moisés Vivar Martínez, msp
La Sagrada Escritura es el testimonio más elocuente de la revelación divina. A través de ella conocemos la voluntad de Dios, pero también la experiencia salvífica tal como la vivieron algunos de los grandes personajes de la historia de la salvación. Iniciamos aquí una serie de reflexiones en torno a la vocación de célebres personajes bíblicos, tratando de encontrar en ella una iluminación para nuestros discernimientos vocacionales.
La historia bíblica nos presenta a un hombre en un momento crucial en su vida y en la historia de un pueblo. La llamada de Dios da un giro radical a la vida de este legendario patriarca. Una voz imperiosa le muestra que más allá de lo ordinario y de sus costumbres, hasta entonces vividas, había algo por alcanzar. El horizonte se ensancha y su corazón intrépido no puede evitar sentirse atraído. Inicia una aventura que se llama vocación.
Aquella voz suena a promesa, pero pronunciada en boca de Dios es certeza de un futuro seguro. La fe, que hasta entonces ha ido madurando, le hace intuir lo confiable de aquella propuesta. Sabe que Dios no puede jugar con la suerte de las personas; pero, sobre todo, experimenta ese algo, que nosotros llamamos gracia, la cual le da seguridad y decisión. Y es que la vocación es iniciativa de Dios.
Poco a poco, Abraham tendrá que ir comprendiendo que aquella llamada era, al mismo tiempo, misión y principio de una larga experiencia espiritual que le deparaba grandes sorpresas. La mayor será la familiaridad con que Dios lo tratará en adelante. Le revela lo que piensa hacer con las grandes ciudades pecadoras de entonces, y acepta litigar con Abraham (cf. Gn 18, 16ss), sacando a flote sus mejores sentimientos; ahora el patriarca entiende cómo Dios agiganta el corazón de quien está cerca de Él. Pero, no sólo es la familiaridad del trato, sino especialmente aquella conciencia de que el Señor está siempre presente, que puede salir a su encuentro en el forastero o cualquier otro necesitado. Eso es suficiente para tener una disposición hospitalaria y ofrecerla como si lo hiciera para Dios (cf. Gn 18,1ss). Alguna ocasión en la que ofrece hospedaje sucede lo inesperado: Dios le ofrece tener un hijo, aquello que ya era imposible anhelar. ¿Cómo no entender que todo lo que se hace por Dios se convierte en bendición? Ninguna obra hecha con fe es estéril, ¿lo podrá ser cuando uno le entrega la vida a Dios?
La experiencia espiritual que vive Abraham lo inicia en un camino para el cual no parecía haber una escuela que lo instruyera. Él tuvo que hacer camino y ser un verdadero padre en la fe. Tuvo que aprender de las pruebas dolorosas que enfrentó. Aceptar la petición divina de entregarle el hijo que con tanto anhelo esperó (cf. Gn 22,1ss); antes le pidió renunciar a un hijo que no era el de la promesa (cf. Gn 16,1ss), Ismael. Abraham recorrió el camino de la fe animado siempre por aquella primera llamada a obedecer y a confiar en Dios, llamada alimentada por las constantes manifestaciones divinas. Abraham es de ese tipo de hombres que están llamados a abrir camino, fundar e iniciar grandes estirpes; es del tipo de hombres dispuestos a explorar nuevos senderos. Es de esos que tienen raíces profundamente religiosas, que nada tienen que ver con el fanatismo.
La vocación es el camino de la vida que uno tiene que recorrer. En este camino es fundamental la fe y la decisión con que uno avanza. Adentrarse en la experiencia de Abraham es descubrir siempre algo nuevo de Dios, de modo que nunca se enfriará la vida espiritual.
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