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KENIA

¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!

apostolado en el desiertoHna. Teresa Rico, hmsp

Después de casi un año de nuestra estancia en el continente africano, deseo compatir mi experiencia misionera.

Trabajo largas jornadas en el dispensario de la parroquia, con una mujer musulmana que es la responsable del mismo. Ella es muy buena persona; es musulmana porque su esposo lo es (aquí, en Kenia, las mujeres Gabbra no tienen religión, adoptan la del esposo), pero cuando era pequeña fue educada por religiosas. También hay una laica misionera, ella es casada y está aquí por contrato de un año. Tiene mucha experiencia y me ha ayudado mucho.

El trabajo en el dispensario es demasiado; éste es de la parroquia, pues el gobierno no da apoyo de salud pública, ya que hay mucha corrupción. El trabajo comienza a las 8:30 a. m. y termina a las 12:00 p.m., y a veces es ininterrumpido. A las enfermeras les paga la parroquia, y ellas hacen una gran labor siendo a la vez pediatras, ginecólogas, dentistas, ortopedistas… En lugares muy lejanos de la misión se atiende también a las personas. Aquellas comunidades de nómadas se llaman maniatas; se les llevan vacunas y se les da consulta. La gente de Kenia está completamente desprotegida y yo experimento la necesidad de perfeccionar mis conocimientos de enfermería.

Afortunadamente, hemos tenido la oportunidad de hacer ya algunas «campañas» de salud física y espiritual, mediante la predicación de la Palabra que da sentido a la vida. Esto es muy cansado, pues los caminos son muy malos y el calor agobiante. Sin embargo puedo decir con gusto que voy «cansada, pero contenta», porque la sola presencia de una hermana, a quien jamás han visto, significa para los nómadas kenianos la presencia de Dios que los visita. Sólo podemos decirles unas cuantas palabritas y cantar con ellos, y después de esto, ¡a vacunar!

Algunos casos de enfermos han requerido pasar la noche entera en vela. Lamentablemente, el dispensario carece de muchos servicios y esto lo han pagado algunos con su vida. He atendido así muchos casos tristes, como el de una joven de diecisiete años que sufrió mucho en el parto, ya que aquí a las mujeres se les practica una «circuncisión» que ha costado la vida de muchas mujeres y bebés precisamente en el momento del parto. En otra ocasión, vinieron a buscarme porque una señora estaba por dar a luz. Nos íbamos levantando, y mientras buscaba las llaves para abrir la puerta, las personas que traían a la señora la dejaron sola –porque estaba sidosa– y el bebé nació. Lo recogí del suelo en cuanto abrí y lo envolví en una sábana (a esas horas, aquí, en Kenia, sopla un viento muy frío). Esto fue motivo de condenas; decían a la mujer que por causa de su mal no tenía derecho alguno, ni siquiera a un lugar para que su bebé pudiera nacer, y que por eso había nacido en la tierra y no en la banqueta del dispensario. Por muchos detalles como éstos constato que donde no está Dios no hay caridad.

En cuanto a mi apostolado, soy la sacristana de la parroquia. En el mes de septiembre organizamos, en coordinación con los sacerdotes misioneros con los que trabajamos, un programa de temas para el mes de la Biblia. Comenzamos con la entronización de la Biblia desde las afueras del pueblo; después rezamos el rosario misionero y los padres dirigían reflexiones para todos los misterios. Terminamos el mes con un rosario misionero «gigante», el cual hicimos mediante una procesión que terminaba muy cerca de la mezquita.

Las hermanas Andrea y Betzabé comparten conmigo la formación de los acólitos, a los que damos ya los cursos bíblicos. También trabajamos con las mujeres católicas a quienes damos el curso bíblico y manualidades que les ayuden a tener pequeñas entradas de dinero. Los jueves establecimos tres horas de adoración en la parroquia y asisten, por turnos, las mujeres, los trabajadores, los tres sacerdotes, las hermanas, los acólitos y los jóvenes en general. Además damos clases de religión los viernes, en una de las escuelas donde antes las daban musulmanes o pentecostales. Por las noches atendemos el catecismo y esto ha ayudado a controlar los abusos que se daban aquí con respecto de los sacramentos, porque no todos los catequistas que aquí laboran tienen verdadero espíritu cristiano. A mediados de septiembre dimos un retiro, el primer curso, a cinco personas que son las que nos traducen, con muy buenos resultados.

Todas estas cosas hacen sentir la exigencia de dominar pronto el idioma para responder con mayor eficacia, pero, sobre todo, invitar a no desconfiar nunca de la mano providente de Dios. Con responsabilidad y prudencia, en el nombre de Dios, las misioneras que estamos en Kenia tratamos de responder día con día a lo que Dios nos pide.


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