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Y tú ¿lo harás? |
Hno. Gonzalo Gonzalez Alvarado, msp
Tú eres joven, tú eres hijo de unos padres, tú eres una persona, tú eres un ser humano, tú eres alguien único, tú eres muy especial, tú eres amigo, tú eres hermano, tú eres ciudadano, tú eres habitante de este mundo, pero lo mejor y más grande, es que eres un hijo de Dios.
Haciendo una comparación, Jesús al encarnarse en una mujer, también fue humano, ciudadano, hijo, etc; y si te fijas bien, Él, tú y yo somos semejantes, pero con la infinita diferencia de que Él por ser también Dios, «se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado» (Heb 4, 15). Y con esto descubrimos que Jesús fue un Hombre en toda la extensión de la palabra. Pero tampoco olvidemos que es una de las tres personas divinas, cayendo en la cuenta de que, Jesús para lograr lo que logró (nuestra salvación), nunca estuvo dividido, sino que al mismo tiempo es Dios y Hombre.
Por tanto, Jesús para predicar, hacer milagros y enfrentar a sus enemigos, se vio continuamente empujado a clamar en la oración a su Padre. Es grato contemplar a Jesús «yéndose a un lugar, solitario para orar», sumer-giéndose en esa inmensidad de la eterna unión con su Padre y el Espíritu Santo. Contemplémoslo orando en el Huerto de los Olivos, poco antes de morir (cf. Mc 14, 32-42 ).
Por otro lado, por la forma en que Cristo vivió, podemos deducir que no se equivocó, y esto porque fue siempre un Hombre iluminado, totalmente seguro de hacer bien lo que hacía. Por ello, jamás tuvo cargo alguno de conciencia, o ese sentimiento de haberla «regado». Nunca manifestó sentimientos de inseguridad, porque nunca perdió de vista el sentido de su vida: oración y disposición para servir a los demás, sin importarle su bienestar.
Aunque, como todo ser humano, experimentó un momento crítico en su vida. Un día expresó a sus apóstoles: «siento en mi alma una tristeza de muerte» (Mc 14, 34). Y es aquí donde «nos demuestra que había asumido una naturaleza humana verdadera, con todas sus inclinaciones naturales» (Sto. Tomás). Y, ¿qué ser humano no ha sentido miedo? Más aún, Jesús sintió «miedo de muerte», es decir, llegó al extremo de esa debilidad. Sin duda, Jesús ha sido el hombre más sensible por el inmenso amor que tenía, por eso pudo intuir lo que se aproximaba, supo leer los signos de los tiempos: ¡iba a morir como un criminal, cruci-ficado! (cf. Fil 2, 7-8); pero, por su misma condición humana limitada, no sabía con exactitud el tamaño de los dolores, sufrimientos, humillaciones y demás cosas que le acarrearía el «calvario», y es éste, creo yo, uno de los motivos de su miedo de muerte.
A diferencia de Él, en el común de los hombres, el miedo viene como consecuencia del pecado, o ante la agresividad de la naturaleza (terremotos, inundaciones); pero también, y da pena decirlo, el miedo se suscita entre nosotros mismos, cuando surgen amenazas de guerra, violencia intrafamiliar, o cosas similares.
Ahora reflexionemos en otro de los motivos de ese miedo mortal en nuestro Señor. Jesús «humana y divinamente» iba a asumir, a cargar, a encarnar TODOS los pecados de TODOS los hombres, es decir, se acercaba el momento de «aceptar ser víctima por el pecado» (cf. 2 Co 5, 21), para destruir en Él mismo al pecado, con todo el peso y el amor de su poder. A pesar de esto tan difícil de imaginar, todos sabemos que así fue. Y como dato adicional, uno de los evangelistas menciona que tanta era la presión en ese momento decisivo que, incluso, «sudó gotas de sangre» (Lc 22, 44). ¡Qué sufrimiento tan inmenso vivió nuestro Señor por amor!
Ante el ejemplo de Cristo debemos sentirnos movidos a ser más fuertes y más santos cada día que pasa; que nuestros pecados no nos causen miedo, porque éstos, ya ha sido aniquilados por Cristo y es por eso que nos los perdona en la confesión (con esto no quiero decir que hay que pecar sino que hay que empezar una vida diferente); que, más bien, nuestro mayor temor, sea el de fallarle a Dios.
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Y cabe detenernos en otro momento importantísimo de la experiencia de Jesús en esa noche decisiva de la oración en el Huerto. Ante lo que venía, que era en parte desconocido por Jesús, expresa con toda su libertad: «Abbá, o sea, Padre, aparta de mí esta copa...» (Mc 14, 36); y lo suplica con esa voluntad humana que deseaba evitar el sufrimiento. Mas, porque quiere ser un hombre recto se dirige a Dios, añadiendo inmediatamen-te: «sin embargo, no se haga como yo quiero sino como quieres tú» (Mc 14, 36).
Hoy en día, la mayoría de los jóvenes andan con su banderita de «libre para hacer lo que quiero» y tontamente caen en graves errores, que marcan su vida. Y así constatamos, por decir algo, a miles de jóvenes pudriéndose en la drogadicción, el alcoholismo, enfermedades venéreas; otros más, navegando sin una identidad propia, como desquiciados y esquizofrénicos, y unos más, desilusionados por no haber saboreado lo que esperaban en el sexo desenfrenado; en el peor de los casos, hay quienes terminan suicidándose. Y toda esta tragedia, por no saberse dominar, ni hacer uso correcto de su libertad, a la manera del Salvador que dijo: «no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». En estas palabras encontramos auténtica oblación, entrega, disposición, amor; si muchos no vivimos de este modo es por cobardes, simples y egoístas.
Vemos a un Jesús que, pudiendo renunciar a su misión (y por tanto, no salvarnos para la vida eterna), actuó, más bien, con suma generosidad; abriendo su corazón, hizo a un lado su «miedo de muerte» y desde ese «hágase» se dio con toda su humanidad y divinidad por cada uno de los hombres. Esta es la victoria del amor sobre el pecado; nada impidió que Jesús siguiera adelante. Si era necesario morir para hacernos vivir, así lo haría, no se echó para atrás.
Lo más maravilloso y sorprendente, es que tú puedes ser como Él. Tienes la capacidad para ser motivo (con tu vida) de influen-cia para la salvación de los demás. ¿Cómo?, pues recuperando tu dignidad con el perdón de Dios (la Confesión), participando de la mesa celestial, el pan de Vida Eterna (la Eucaristía), la comunión profunda y prolongada con el Padre Eterno (la Oración), sin olvidar las obras de caridad aunque impliquen sacrificio.
Sin duda alguna, el día en que empecemos a dirigir nuestra vida sin rehuir del «huerto de los olivos», nosotros, la juventud, que somos mayoría, arrastraremos a toda la humanidad hacia el cielo; es por ello que necesitamos valentía, fuerza de voluntad, decisión, y unidad.
Deja las sombras, deja el pasado, no tengas miedo de dar este paso importante en tu vida, es hora de cambiar, de «ser otro». Influye positivamente, sin complejos, en tu vida diaria, en la escuela, el trabajo, con tu familia; busca espacios para demostrar amor a tus amigos, vecinos, en fin, se trata de abarcar todo y a todos con ánimo alegre, fe y decisión.

No tengas miedo a ser más de Dios y menos del mundo. Dios se queda en ti, Él no se muda; todo lo demás se pasa, pero una sola cosa es cierta: «sólo Dios basta» y nada más. Te reto a que hagas la prueba y verás que no te defraudará el Señor. Hazlo por Dios, hazlo por los demás, hazlo por ti. El mundo te necesita. Ahora sólo queda la pregunta esperando una respuesta: tú, ¿lo harás?
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