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El complejo de inferioridad

Por: Sheila Morataya F.

Hace unos días mientras preparaba una charla para un grupo de mujeres jóvenes, estuve recordando la historia de aquella niña que creció sintiéndose fea, tonta y rechazada por los demás. Lamentablemente durante muchos años su personalidad se vio truncada por una serie de miedos, inseguridades y dudas acerca de su propia identidad, capacidad y valía.

No cabe duda de que cada una de nosotras nos parecemos en gran medida debido a los genes que heredamos, pero así también cada una es diferente. Los genes influyen en nuestra forma de ser, en nuestra conducta y determinan en gran parte nuestra tendencia al optimismo o a la depresión. Pero además de los genes, las experiencias recibidas en el hogar y en la escuela, los primeros años de la vida van dando forma a nuestro auto-concepto y determinan el grado en que nos sentimos valiosas para los demás.

Uno de los mayores saboteadores de la personalidad es el complejo de inferioridad, y sobreviene cuando no se nos enseñó nunca que cada persona es valiosa, única e irrepetible.

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¿Qué es?
El complejo de inferioridad es lo opuesto al sentimiento de valor personal o auto-estima. Este sentimiento empieza a interiorizarse desde la infancia, tal y como lo hace el sentimiento de auto-estima. Todo comienza al oír de una forma repetitiva expresiones como: «es tan lenta para las matemáticas»; «está feita la pobrecita»; «qué trágico que una niña nazca con una nariz tan grande»; «cuando las tontas nacieron…», etc. Frases como estas no hacen más que asegurar en el fondo de uno mismo aquel pensamiento de que «algo en ti no está bien». Todo esto te hace pensar muchas cosas negativas sobre tu aspecto físico o intelectual. Por ejemplo, empiezas a pensar que no eres suficientemente bonita, que jamás conseguirás ser popular, que tu voz te hace parecer tonta, que debido a tu posición social tal vez nunca podrás alcanzar tus metas. Es así como vas adquiriendo el sentimiento de inferioridad y va siendo reforzado por aquellos que te rodean de una forma muy lenta pero lacerante. De pronto ya te sientes una inútil hasta para los más mínimos retos, entonces te vuelves miedosa y empieza a asomarse el dolor.

¿Cómo duele?
Hondo, muy hondo. Ese dolor no es físico, sino del alma. Es una vivencia íntima, personal, entre el “tú” de fuera y el “tú” de adentro. Es un dolor que te lleva a volverte, la mayoría de las veces, una mujer aislada, retraída y miedosa.

Es muy importante que, como mujer, determines si se manifiesta en ti alguna forma del complejo de inferioridad. ¡Este complejo puede limitarte increíblemente para lograr unas relaciones humanas plenas y satisfactorias! Especialmente  porque, como mujer, eres la que porta la vida, la que tiene el enorme regalo y misión de custodiar la raza humana.

Cuando hay dolor interior, cuando los complejos son más fuertes que el amor y la entrega a los demás, no podemos llevar adelante el ideal de ser luz del mundo y sal de la tierra.

 

 

 

 




 


Echar el dolor
Desde sus inicios la sicología moderna ha puesto mucho énfasis en lo determinante que son los años de la infancia para el comportamiento adulto posterior. ¿Recuerdas lo que tus padres decían de ti cuando eras niña?, ¿recuerdas tal vez frases que te dañaron, expresiones faciales o movimientos de cabeza que utilizaron para transmitirte lo que estaban pensando? O ¿hay algún recuerdo doloroso provocado por tus amigas o amigos? ¿Cómo crees que afectó todo esto en la confianza a tu persona?

Aunque algunos recuerdos parecen demasiado dolorosos como para desvanecerse, tenemos que hacerlo para descubrir nuestro verdadero yo y ponerlo a trabajar a mil por hora. Tú tienes la gran bendición de haber nacido en el seno de la cultura católica.

Al ser bañada por las aguas bautismales, te hiciste acreedora de los siete dones del Espíritu Santo. Cada uno de ellos es un regalo que debes disponerte a recibir para desarrollar al máximo tu personalidad y mantener alejados los complejos que únicamente provocan que sientas lástima por ti y olvides que posees la maravillosa dignidad de ser hija de Dios. Pero hay algo que puedes hacer para seguir caminando a lo largo de tu vida sintiéndote feliz y plena por ser quien eres.

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Una solución excepcional
Esos problemas de personalidad profundos pueden tener una respuesta excepcional, que quizá ni un psicólogo sería capaz de dar. Esa respuesta está en Dios, poniendo en sus manos tu dolor y confiando de la manera más absoluta en su Poder sanador que puede actuar en tu naturaleza emocional, en aquellos recuerdos de tu infancia que no te dejan dar lo mejor.

Así como todos los días te bañas, así como cada día te alimentas o trabajas, no olvides que tu naturaleza interior necesita tener esa comunicación diaria con Dios.

Cada vida es una historia, un guión, una biografía única. Cada biografía, cada nombre está cargado de alegría, luchas, dolor, logros y hasta complejos. Procura siempre encontrar el sentido que se oculta detrás de todo lo que te pasa (pues sin duda «todo lo que Dios permite es para nuestro bien»), y a través de tus propias experiencias ya superadas, ayuda a otros, a los tuyos a enfrentar sus propios complejos y dolor. Como quizá pudiera ocurrirte a ti, yo he tenido mis complejos que muchas veces me alejaron de mis sueños. Un día, escuchando los consejos que mi madre me daba para vencer los miedos, se quedó para siempre grabada en mi memoria la siguiente frase: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil 4, 13) y dije «adiós a los complejos».

El complejo de inferioridad tiene solución: en tu actitud personal, en una visión objetiva de ti misma, pero sobre todo en descubrir que antes que cualquier cosa eres Hija de Dios, viviendo en consecuencia. ¿Quién podría tener un complejo de inferioridad si se supiese hija del Secretario General de la ONU, o del Presidente de su país, o del hombre más rico del mundo? Bueno, pues tú amiga mía, aquí y ahora eres hija de Dios, que es infinitamente superior a cualquier político o empresario. Arroja cualquier complejo de inferioridad, y no olvides acudir a la Santísima Virgen María, ponte a sus pies y cuéntale todo, que ella intercede por todos nosotros todo el tiempo ante Dios. ¡Y eso no lo puede hacer ningún psicólogo!